Alejandro se agachó frente a Mateo.
—¿Qué quieres decir con que no quería que Ernestina la viera?
Mateo miró a su hermano.
Leo se secó las lágrimas con la manga.
—Doña Ernestina se enoja cuando Clara descansa.
Alejandro sintió un nudo en el estómago.
—¿Desde cuándo?
—Desde siempre —susurró Mateo—. Cuando tú te vas, le da mucho trabajo.
Los niños empezaron a contar cosas pequeñas.
Precisamente por eso resultaban difíciles de escuchar.
Clara comía después que todos.
A veces no comía.
Ernestina la hacía repetir tareas que ya había terminado.
Cuando Clara se sentaba porque se mareaba, la obligaba a levantarse.
—¿Por qué no me dijeron nada?
Mateo bajó la cabeza.
—Porque Doña Ernestina dijo que si te molestábamos, mandarías a Clara lejos.
Alejandro dejó de respirar un segundo.
Antes de poder preguntar más, apareció la doctora.
—¿Familia de Clara Mendoza?
Alejandro se levantó.
—Soy su empleador.
—Está estable. Presenta agotamiento y deshidratación, pero necesitamos hacer más estudios para entender los desmayos. Esta noche se queda en observación.
Alejandro cerró los ojos, aliviado.
—¿Podemos verla?
La doctora miró a los gemelos.
—Un momento y sin cansarla.
Cuando entraron, Clara estaba despierta.
Mateo y Leo corrieron hacia la cama, pero se detuvieron antes de tocarla.
—Tía Clara…
Ella sonrió débilmente.
—Les debo unos hot cakes.
Leo empezó a llorar.
Alejandro esperó hasta que una enfermera llevó a los niños por algo de comer.
Entonces cerró la puerta.
—¿Por qué no me dijiste lo que estaba pasando?
Clara apartó la mirada.
—Necesitaba el trabajo.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Sí la responde.
Su voz seguía débil, pero firme.
—Doña Ernestina dijo que usted confiaba en ella desde antes de que muriera su esposa. ¿A quién iba a creerle?
Alejandro no encontró respuesta.
—¿Y la canción?
Clara lo miró.
—¿Qué canción?
—La de las estrellas.
El rostro de Clara cambió.
—Los niños tenían pesadillas. Leo la tarareó una noche. Yo reconocí la melodía.
—¿De dónde?
Clara permaneció en silencio.
Demasiado tiempo.
—Clara.
Ella cerró los ojos.
—Conocí a Lucía.
Alejandro se quedó inmóvil.
—Eso es imposible.
—No para mí.
Clara abrió lentamente los ojos.
—Trabajé en el centro donde ella recibía apoyo durante parte de su tratamiento. No directamente con ella. Yo ayudaba con tareas administrativas y acompañamiento.
Alejandro retrocedió.
—¿Por qué nunca lo dijiste?
—Porque cuando solicité trabajo en su casa no sabía que usted era su esposo.
—Pero cuando viste a los niños…
—Lo entendí.
—¿Y te quedaste?
Clara miró hacia la puerta por donde habían salido los gemelos.
—Ellos todavía la necesitaban de alguna manera.
Alejandro sintió que algo se quebraba dentro de él.
—¿Lucía te habló de ellos?
Clara asintió.
—Muchísimo.
Luego añadió:
—También habló de usted.
Antes de que pudiera preguntar, llamaron a la puerta.
Era un agente de seguridad del hospital.
—Señor Montes, hay una mujer preguntando insistentemente por la paciente.
Alejandro salió.
Doña Ernestina estaba en el pasillo.
Llevaba el bolso apretado contra el pecho.
—Alejandro, tenemos que llevar a Clara a casa. Está exagerando.
Él la miró como nunca antes.
—No vas a acercarte a ella.
Ernestina palideció.
—No sabe lo que está diciendo.
—Mis hijos me contaron suficiente.
—Son niños.
—Precisamente.
Entonces Clara habló desde la habitación.
—Señor Montes.
Alejandro regresó.
Ella tenía lágrimas en los ojos.
—Hay algo en mi bolso.
La enfermera se lo acercó.
Clara sacó un sobre viejo.
En el frente estaba escrito un nombre.
Alejandro Montes.
Reconoció la letra inmediatamente.
Lucía.
Sus manos comenzaron a temblar.
—¿Dónde conseguiste esto?
—Ella me lo entregó meses antes de morir.
Alejandro levantó la vista, atónito.
—¿Por qué no me lo diste antes?
Clara miró hacia el pasillo.
Hacia Ernestina.

—Porque Lucía me hizo prometer que solo se lo entregaría si algún día descubría que sus hijos seguían viviendo con la misma persona sobre la que ella había intentado advertirle.
Alejandro sintió que se le helaba la sangre.
—¿Qué persona?
Clara no respondió.
No hacía falta.
Desde el pasillo, Doña Ernestina había escuchado cada palabra.
Y acababa de echar a correr hacia la salida del hospital.