Gabriel avanzó hacia mí.
—Dame el micrófono.
—¿Para qué? ¿Para agradecer también a Camila?
Algunas personas bajaron la mirada para ocultar su incomodidad.
Camila llevó una mano al vientre.
—Señora Costa, esto no es lo que parece.
—Entonces será fácil explicarlo.
Gabriel me sujetó suavemente del brazo.
—Isabel, basta. Hablaremos en casa.
Me liberé.
—No habrá conversación en casa.
Su expresión cambió.
—¿Qué significa eso?
Saqué del bolso un sobre.
—Que esta mañana mi abogada presentó la solicitud de divorcio.
Esta vez los murmullos recorrieron todo el salón.
Gabriel palideció.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Lo suficiente.
Camila dio un paso atrás.
Yo la miré.
—No voy a discutir contigo. Mi matrimonio era responsabilidad de Gabriel.
Aquello pareció desconcertarla más que cualquier insulto.
Entonces me dirigí al presidente del comité de la gala.
—Lamento haber interrumpido su evento.
Dejé el micrófono.
Y me marché.
Gabriel me alcanzó en el vestíbulo.
—¿Estás loca? Acabas de humillarme delante de inversionistas, ministros y socios.
—No. Solo dejé de ayudarte a esconderte.
—¡Podías haber hablado conmigo!
Me volví.
—Tuviste tres meses para hablar conmigo.
—Camila está embarazada.
—Eso ya lo sé.
—Entonces entiéndelo. No puedo abandonarla ahora.
Sonreí.
—Gabriel, sigues pensando que te estoy pidiendo elegir.
Me acerqué lo suficiente para que solo él pudiera escucharme.
—Ya no te quiero como opción.
Subí al coche que Paula había preparado.
No miré atrás.
A las ocho de la mañana siguiente, Gabriel descubrió que la gala había sido únicamente el comienzo.
No porque yo hubiera publicado fotografías.
No lo hice.
Tampoco llamé a periodistas.
El problema vino de otro lugar.
El consejo de Costa Capital convocó una reunión extraordinaria.
Camila había sido contratada directamente por Gabriel y existían dudas sobre decisiones profesionales tomadas durante su relación.
Eso debía revisarse.
Nada más.
Nada menos.
A las diez, Paula entró en mi despacho.
—Camila quiere verla.
—¿A mí?
—Dice que es urgente.
Acepté.
Camila llegó sin maquillaje y con los ojos hinchados.
Ya no parecía la mujer segura de la pista de baile.
Se sentó frente a mí.
—Gabriel cree que vine a pedirle que no me destruya.
—No tengo intención de destruirte.
—Lo sé.
Sacó su teléfono.
—Por eso estoy aquí.
Me mostró varios mensajes.
Eran de Gabriel.
Pero no eran románticos.
Los primeros estaban fechados semanas antes de que Camila entrara en Costa Capital.
Necesito que aceptes el puesto.
Isabel confía demasiado en el equipo financiero.
Solo necesito que estés cerca hasta que cierre la operación.
Levanté la mirada.
—¿Qué operación?
Camila negó con la cabeza.
—Al principio pensé que hablaba de una adquisición.
—¿Y ahora?
—Ahora creo que usted era parte de la operación.
Sentí un frío repentino.
Camila abrió otro mensaje.
Gabriel había escrito:
Después de la gala tendremos todo preparado. Entonces Isabel ya no será necesaria.
—¿Qué significa esto?
—No lo sé.
Camila respiró profundamente.
—Pero anoche, después de que usted se marchó, Gabriel no me preguntó por el bebé.
Hizo una pausa.
—Me preguntó si usted había firmado los documentos del lunes.
Recordé inmediatamente una carpeta que Gabriel me había dejado en casa.
Según él, eran simples autorizaciones relacionadas con una reestructuración interna.
No las había firmado.
—¿Por qué te importa eso?
Camila bajó la voz.
—Porque hace dos semanas escuché a Gabriel discutir con su director financiero.
—¿Sobre qué?
—Sobre unas acciones.
Me quedé inmóvil.
Costa Capital había nacido después de nuestro matrimonio.
Pero una parte importante del capital inicial había salido de la venta de una empresa que yo había fundado antes de conocer a Gabriel.
Camila deslizó una fotografía hacia mí.
Era una página de aquella carpeta.
Había una línea resaltada.
Renuncia y reasignación de derechos económicos.
Sentí que la rabia me subía lentamente.
—¿Dónde conseguiste esto?
—Del despacho de Gabriel.
—¿Por qué me lo das?
Camila tardó varios segundos.
—Porque ayer descubrí que Gabriel también me mintió.
Su mano se posó sobre el vientre.
—Cuando le dije que estaba embarazada, prometió divorciarse inmediatamente.
—No lo hizo.
—No.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Dijo que primero tenía que conseguir su firma.
Entonces mi teléfono sonó.
Era mi abogada.
Contesté.
—Isabel, necesito que vengas.
—¿Qué ocurre?
—Encontramos algo en la documentación societaria que debes ver personalmente.
Miré a Camila.
—¿Qué encontraron?
Mi abogada guardó silencio un instante.
—Una modificación preparada para ejecutarse después de la gala.
—¿Con mi firma?
—No exactamente.
Sentí que el corazón aceleraba.
—Entonces, ¿qué?
Su respuesta hizo que incluso Camila levantara la mirada.
—Gabriel no estaba preparando únicamente un divorcio.
—¿Qué estaba preparando?
—La salida de alguien de Costa Capital.
Hizo una pausa.

—Y, según estos documentos, esa persona no eras tú.
Miré a Camila.
Ella se quedó completamente pálida.
Porque el nombre escrito en la resolución era el suyo.