PARTE 2: La garantía que Mauricio nunca llegó a verme firmar

A la mañana siguiente no fui al hospital.

Fui a mi despacho.

Durante años había protegido a clientes que descubrían demasiado tarde que confiaron en la persona equivocada.

Ahora me tocaba aplicar mis propios consejos.

No vacié cuentas.

No escondí dinero.

No llamé a Renata.

Documenté.

Primero revisé las garantías que Mauricio llevaba semanas pidiéndome firmar.

Decía que eran una formalidad para cerrar una ronda de inversión.

No lo eran.

Si la empresa incumplía determinadas obligaciones, parte del riesgo podía terminar afectando bienes que yo había adquirido antes del matrimonio.

Llamé inmediatamente a mi socio.

—Suspende cualquier documento pendiente relacionado con Serrano Capital. No autorizo nada sin revisión completa.

Después envié la grabación del vehículo a un lugar seguro y pedí conservar formalmente los registros relacionados con el accidente.

A las once, Arturo llamó.

—Encontré a Renata.

—Habla.

—Renata Salgado. Veintiséis años. El niño se llama Matías.

Cerré los ojos.

—¿Mauricio figura como padre?

—No en la información que pude verificar.

Aquello me sorprendió.

—¿Quién figura?

—Eso es lo extraño. No encontré un vínculo público suficiente para confirmarlo. Pero sí encontré el departamento que mencionaron en el coche.

—¿A nombre de quién?

—De una sociedad.

Me envió los datos.

Reconocí inmediatamente el nombre.

LSE Patrimonial.

Las iniciales me hicieron sentir frío.

Lucía Serrano.

Ernesto Serrano.

Mis suegros.

Así que ellos no solo conocían a Renata.

La habían ayudado.

Mi teléfono sonó.

Mauricio.

No contesté.

Volvió a llamar.

A la tercera vez respondí.

—Vale, ¿por qué no has venido?

—Estoy trabajando.

—Necesito hablar contigo.

—Descansa.

—Es importante. Los inversionistas vienen el viernes. Necesito tu firma antes.

Ahí estaba.

Hospitalizado, con su doble vida descubierta, y todavía pensaba en mi firma.

—Cuando estés mejor lo hablamos.

—Valeria, no compliques esto.

Sonreí.

—Jamás.

Colgué.

Dos horas después llegó mi suegra al despacho.

Lucía entró sin cita.

—Tenemos que hablar como mujeres.

—Adelante.

Cerró la puerta.

—Mauricio cometió errores.

—¿Plural?

Su rostro se tensó.

—Renata no significa lo que imaginas.

—¿Y Matías?

Silencio.

—Ese niño necesita estabilidad —respondió finalmente.

—También necesitaba estabilidad vuestro matrimonio conmigo, pero parece que eso nunca te preocupó.

Lucía golpeó la mesa con la palma.

—¡No entiendes lo que está en juego!

Entonces comprendí que estaba asustada.

No por el divorcio.

Por la empresa.

—¿Qué ocurre si no firmo las garantías?

Lucía perdió el color.

No respondió.

Mi teléfono vibró.

Era mi socio.

Había terminado una revisión preliminar.

No firmes absolutamente nada. Encontramos una obligación financiera que Mauricio no declaró. Ven a la sala de juntas.

Me levanté.

Lucía también.

—Valeria, piénsalo bien. Si destruyes a Mauricio, destruyes el futuro de todos.

—Yo no he destruido nada.

Abrí la puerta.

—Solo he dejado de firmar.

Esa tarde entendí por qué tenían tanta prisa.

La ronda de inversión no era simplemente dinero para expandir la empresa.

Parte de esos fondos iba a cubrir obligaciones anteriores que los nuevos inversionistas aparentemente desconocían.

Y mi patrimonio iba a servir como respaldo adicional.

Pero había algo todavía más extraño.

Entre los documentos apareció una transferencia mensual hacia LSE Patrimonial.

Llevaba realizándose casi cuatro años.

Matías tenía tres.

Renata había aparecido mucho antes de lo que Mauricio me había hecho creer.

Entonces Arturo volvió a llamar.

—Valeria, conseguí una copia legal del registro corporativo completo de LSE.

—Ya sé que está relacionada con mis suegros.

—Sí, pero ellos no son los únicos.

Escuché pasar unas páginas.

—Hay un tercer beneficiario vinculado desde la constitución.

—¿Mauricio?

—No.

Me quedé inmóvil.

—¿Renata?

—Tampoco.

Arturo pronunció el nombre.

Y durante varios segundos no pude hablar.

Porque la persona vinculada a la sociedad que financiaba la vida secreta de Mauricio era uno de los inversionistas que yo misma había llevado a su empresa.

Alguien que conocía desde antes de casarme.

Y que, dos días antes del accidente, me había llamado personalmente para insistir en que firmara aquellas garantías.

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