Alexander recibió el acuerdo firmado mientras desayunaba con Camila en París.
Ryan lo llamó personalmente.
—Señor Shaw, la señorita Miller ya firmó.
Alexander dejó la taza sobre el plato.
—¿Cuánto pidió?
—Nada.
—¿Qué?
—Rechazó los doscientos mil dólares.
Camila levantó la mirada.
Alexander frunció el ceño.
—Entonces aumenten la cantidad. Que sean quinientos mil.
—Señor…
—¿Qué?
Ryan guardó silencio unos segundos.
—Creo que debería regresar.
—Tengo mi compromiso la próxima semana.
—Precisamente por eso.
Alexander perdió la paciencia.
—Habla claramente.
Ryan respiró profundamente.
—Esta mañana, Miller International Group adquirió una participación importante en uno de nuestros principales proveedores europeos.
Alexander dejó de moverse.
—¿Miller International?
—Sí.
—¿Qué tiene que ver eso con Isabella?
Al otro lado de la línea hubo silencio.
Después Ryan pronunció una frase que cambió completamente la expresión de Alexander.
—Isabella Miller figura como accionista del grupo.
Mientras él intentaba entenderlo, yo seguía en el hospital.
Mi abuelo llegó aquella tarde.
Esperaba encontrarme con un hombre rodeado de guardaespaldas y arrogancia.
En cambio, entró solo.
Tenía el cabello completamente blanco.
Se quedó junto a la puerta mirándome.
Sus ojos se detuvieron en mi rostro lastimado.
Sus manos comenzaron a temblar.
—Te pareces muchísimo a tu madre.
No supe qué decir.
Él se acercó lentamente.
—Llegué demasiado tarde.
—¿Por qué mi madre nunca habló de usted?
El anciano cerró los ojos.
—Porque fui un padre demasiado orgulloso.
Se sentó.
Me contó que mi madre había abandonado a la familia después de una disputa.
Él creyó que regresaría.
Ella nunca lo hizo.
Años después, cuando quiso buscarla, ya era demasiado tarde para reparar lo ocurrido.
—Antes de morir me escribió.
Sacó una carta.
—Me pidió una sola cosa.
La colocó frente a mí.
—Que si alguna vez estabas completamente sola, te encontrara.
Miré mis vendajes.
—Supongo que eligió bien el momento.
Mi abuelo no sonrió.
—Isabella, no puedo devolverte los años que perdimos.
Su mirada se endureció.
—Pero sí puedo asegurarme de que nadie vuelva a tratarte como si no tuvieras a nadie detrás.
Negué lentamente.
—No quiero una guerra.
—Bien.
Pareció sorprenderme su respuesta.
—Entonces no tendremos una.
Hizo una pausa.
—Tendremos abogados.
Por primera vez desde el ataque, sonreí de verdad.
Victoria se encargó de todo.
No quería venganza privada.
Quería pruebas.
El hospital documentó mis lesiones.
Las cámaras del estacionamiento habían registrado parte de lo ocurrido.
Los registros de acceso demostraban qué miembros de seguridad estaban allí.
Y, sobre todo, existían comunicaciones que podían ayudar a esclarecer quién había dado las órdenes.
—Esto ya no tiene nada que ver con el divorcio —me explicó Victoria—. Deje que los abogados y las autoridades hagan su trabajo.
Asentí.
Era exactamente lo que quería.
Durante tres años había vivido según las decisiones de Alexander.
Ya no pensaba construir mi nueva vida alrededor de destruir la suya.
Alexander regresó cuatro días después.
No vino al hospital.
Para entonces yo ya había sido trasladada a una residencia privada para recuperarme.
Intentó llamarme.
Bloqueado.
Llamó desde otro número.
Bloqueado.
Finalmente apareció en la sede de Miller International.
Victoria me preguntó:
—¿Quiere recibirlo?
Miré por la ventana.
—Cinco minutos.
Alexander entró.
Parecía no haber dormido.
—Así que era verdad.
—¿Qué cosa?
—Los Miller.
Me reí suavemente.
—Curioso.
—¿Qué?
—Mandaste golpearme y lo primero que quieres preguntarme es cuánto dinero tengo.
Su rostro se endureció.
—Yo nunca ordené que te hicieran tanto daño.
El silencio cayó entre nosotros.
Lo miré fijamente.
Alexander comprendió demasiado tarde lo que acababa de admitir.
—Isabella…
—Continúa.
—Yo solo quería que te sacaran del edificio.
—Cuatro guardaespaldas no necesitaban golpearme para hacer eso.
—Perdieron el control.
—Y tú perdiste una esposa.
Alexander apretó la mandíbula.
—Camila y yo…
—No me interesa.
—El compromiso se canceló.
Aquello sí me sorprendió.
Pero no de la forma que esperaba.
—¿Y?
—¿Eso es todo lo que vas a decir?
—Alexander, puedes casarte con Camila mañana o no volver a verla jamás.
Me incliné ligeramente hacia delante.
—Ninguna de las dos cosas cambia lo que hiciste conmigo.
Por primera vez pareció no tener respuesta.
—Podemos hablar cuando te recuperes.
—Ya estoy recuperándome.
—Sabes a qué me refiero.
—Sí.
Lo miré.
—Quieres esperar hasta que desaparezcan las marcas para poder fingir que nunca existieron.
Su rostro perdió color.
Me levanté despacio.

Todavía me dolían las costillas.
—Tus cinco minutos terminaron.
—Isabella.
—Adiós, Alexander.
La investigación posterior sacó a la luz más problemas dentro de la seguridad corporativa de Shaw Group.
Los hombres implicados tuvieron que responder por sus propias acciones, y las pruebas relacionadas con Alexander quedaron en manos de los abogados y las autoridades.
Yo declaré una vez.
Después me aparté.
Mi abuelo quería saber cada detalle.
—No quiero que mi vida gire alrededor de él —le dije.
El anciano me observó durante unos segundos.
Después asintió.
—Eso lo heredaste de tu madre.
Tres meses después, asistí por primera vez a una junta de Miller International.
Entré usando un traje negro sencillo.
Victoria caminaba a mi lado.
Había pasado semanas enseñándome la estructura del grupo.
No quería ser una heredera decorativa.
Si aquellas acciones realmente eran mías, quería entender qué significaban.
Finanzas.
Adquisiciones.
Consejos de administración.
Fondos