A las nueve y veinte, Daniel ya me había llamado diecisiete veces.
No respondí.
A las diez, llamó desde otro número.
Lo bloqueé también.
Yo estaba sentada frente a una ventana, desayunando por primera vez en años sin revisar su agenda.
Entonces llegó un mensaje de Laura, mi antigua compañera.
“Daniel acaba de cancelar tres reuniones.”
Después otro.
“El cliente de Singapur quiere hablar contigo.”
Sonreí.
No porque quisiera verlo fracasar.
Sino porque Daniel todavía no entendía algo básico.
Yo no había sido únicamente su asistente.
Durante seis años había construido relaciones con cada banco, proveedor y cliente importante del grupo.
Y el contrato de Singapur era especialmente delicado.
A las once, el director financiero entró corriendo en el despacho de Daniel.
—Tenemos un problema.
—Resuélvelo.
—No podemos.
Dejó un contrato sobre la mesa.
La empresa de Singapur había suspendido la firma de un proyecto valorado en cuatrocientos millones.
Daniel abrió los ojos.
—¿Por qué?
—Falta la aprobación de Meridian Capital.
Daniel frunció el ceño.
—¿Qué tiene que ver Meridian?
Mucho.
Tres años antes, cuando Grupo Vega estuvo al borde de una crisis de liquidez, Daniel estaba demasiado ocupado negociando una expansión imposible.
Fui yo quien encontró financiación.
Fui yo quien presentó el proyecto.
Y fui yo quien convenció a Meridian.
Pero había algo que Daniel nunca supo.
Meridian Capital pertenecía a mi padre.
Yo había ocultado mi apellido familiar durante años porque quería construir mi propia carrera.
Daniel jamás preguntó.
Aquella tarde apareció frente a mi apartamento.
—Elena, necesito que regreses.
Abrí la puerta apenas unos centímetros.
—No.
—Te duplicaré el salario.
—No.
—Entonces dime qué quiere Meridian.
—Habla con ellos.
Su mandíbula se tensó.
—Su presidente se niega a recibirme.
—Qué extraño.
Cerré la puerta.
Una hora después llegó mi padre.
Hacía cuatro años que no nos veíamos.
Colocó una carpeta sobre mi mesa.
—Antes de aceptar tu renuncia, revisé las inversiones relacionadas con Vega.
Lo miré.
—¿Encontraste algo?
—Demasiado.
Durante dieciocho meses, millones habían salido de empresas subsidiarias mediante contratos de consultoría.
El beneficiario final era una sociedad llamada DV Strategic.
—¿Daniel Vega?
Mi padre negó.
—Daniel no figura como propietario.
Pasó la página.
Sentí que se me helaban las manos.
La propietaria era Camila Vega.
La hermana mayor de Daniel.
Pero eso no era lo peor.
DV Strategic había utilizado documentos internos que solo podían obtenerse desde la oficina ejecutiva.
Desde mi propio escritorio.
—Alguien usó mis credenciales.
Mi padre asintió.
—Durante tus vacaciones del año pasado.
Recordé inmediatamente aquella semana.
Daniel había insistido en que viajara sola.
Entonces apareció un documento firmado electrónicamente.
Una autorización para transferir ciertos derechos sobre el proyecto de Singapur.
Mi firma estaba allí.
Yo nunca la había puesto.
Miré la fecha.
Era el mismo día en que Daniel me había pedido el divorcio.
—¿Él sabía?
—No estoy seguro.
Mi padre sacó la última hoja.
Era un correo enviado por Camila a alguien cuyo nombre había sido eliminado.
Solo quedaba una frase:
“Cuando Elena salga del matrimonio y de la empresa, podremos ejecutar la segunda fase.”

Debajo había una respuesta.
Dos palabras.
“Procedan mañana.”
Y entonces comprendí que mi divorcio quizá no había sido el final de mi matrimonio.
Había sido una condición necesaria para algo que llevaban meses preparando.