—Este es David Miller, el marido de Anna. Su hija está haciendo un berrinche…
Al otro lado de la línea hubo un silencio.
Después, mi padre habló.
—¿Dónde está Anna?
La sonrisa de David desapareció ligeramente.
—Está aquí.
—Ponla al teléfono.
David acercó el móvil hacia mí.
—Papá —conseguí decir—. Necesito ayuda médica.
No tuve que explicar nada más.
La voz de mi padre cambió.
—¿Estás a salvo ahora mismo?
Miré a David y a Sylvia.
—No.
Mi padre respondió con una calma que conocía desde niña.
—Entendido. Quédate donde estás. La ayuda está en camino.
David soltó una carcajada.
—¿Y quién se supone que es usted?
Mi padre dijo su nombre completo.
Uno de los invitados dejó caer el tenedor.
Otro, también abogado, levantó lentamente la cabeza.
—David… —murmuró—. ¿Sabes con quién estás hablando?
David frunció el ceño.
Entonces buscó el nombre en su teléfono.
Su rostro cambió.
Primero incredulidad.
Después miedo.
Sylvia se acercó.
—¿Qué ocurre?
Antes de que pudiera responder, escuchamos sirenas.
Los paramédicos entraron minutos después y se concentraron únicamente en mí.
Nadie pudo impedir que me llevaran al hospital.
Mientras me trasladaban, vi a David intentando explicar lo sucedido.
Ya no parecía el abogado intocable que había presumido ser.
Parecía un hombre que acababa de comprender que sus propias palabras tendrían consecuencias.
Horas después desperté en una habitación del hospital.
Mi padre estaba sentado junto a la cama.
—¿El bebé?
Él tomó mi mano.
—Los médicos están haciendo todo lo posible. Ahora necesitas descansar.
Cerré los ojos, conteniendo las lágrimas.
—Papá, no quiero privilegios.
—No tendrás ninguno —respondió—. Tendrás exactamente lo que David decía conocer tan bien: el debido proceso.
Entonces colocó una carpeta sobre la mesa.
—Pero hay algo que debes saber.
La abrí.
Dentro había copias de mensajes, movimientos financieros y documentos con la firma de David.
—¿Qué es esto?
Mi padre respiró profundamente.
—Al parecer, lo ocurrido esta noche no fue el primer problema.
Pasé la página.
Allí aparecía el nombre de Sylvia.
Debajo había una transferencia de dinero y una fecha de hacía seis meses.
Mi padre señaló el último documento.
—Anna, necesito preguntarte algo.
Levanté la mirada.
—¿David sabía que estabas embarazada antes de que tú misma se lo contaras?
Sentí que el frío recorría mi cuerpo.

Porque la respuesta era imposible.
—No.
Mi padre cerró la puerta de la habitación.
—Entonces tenemos que averiguar quién se lo dijo.