La firma era de Marcus.
Eleanor miró el documento y después a su hijo.
—¿Qué significa esto?
Mi abogado respondió antes que él.
—Significa que el señor Drexler reconoció por escrito que esta propiedad pertenece exclusivamente a la empresa de la señora Drexler y que no posee derechos de ocupación sobre ella.
El rostro de Eleanor se endureció.
—Marcus, dime que esto es una estupidez.
Él permaneció inmóvil.
Entonces recordé aquella noche, tres semanas atrás.
Marcus había firmado varios documentos mientras hablaba por teléfono, sin molestarse en leerlos.
Siempre había considerado mis asuntos financieros demasiado aburridos para merecer su atención.
Ahora aquella indiferencia acababa de cerrarle la puerta.
—Mamá —murmuró—, podemos hablarlo.
—¿Hablarlo?
Eleanor señaló la camioneta.
—¡He trasladado media casa!
Mi abogado cerró tranquilamente la carpeta.
—Entonces recomiendo trasladarla de regreso.
Uno de los trabajadores de mudanzas ocultó una sonrisa.
Eleanor intentó atravesar la puerta.
Los agentes de seguridad se interpusieron.
—Señora, la propietaria no ha autorizado su entrada.
Aquello finalmente destruyó su compostura.
Se volvió hacia mí.
—Después de todo lo que esta familia hizo por ti…
—¿Qué hicisteis exactamente?
Nadie respondió.
Miré a Marcus.
Durante años había esperado que alguna vez eligiera defenderme sin que tuviera que pedírselo.
Nunca ocurrió.
—Jo, podemos solucionar esto —dijo.
—Ya lo solucioné.
Saqué otro documento de la carpeta.
Su expresión cambió.
No era sobre la casa.
Era una notificación de separación.
Eleanor dejó de hablar.
Pero mi abogado todavía sostenía una última carpeta.
—Josephine —dijo—, hay otra cuestión que descubrimos anoche.
Me entregó varias páginas.
Eran movimientos bancarios.
Durante casi dos años, alguien había transferido dinero periódicamente desde una cuenta vinculada a Marcus hacia una sociedad que yo no reconocía.
Eleanor vio el nombre de la empresa.
Y palideció.
Eso llamó mi atención.
—Tú sabes qué es —dije.
Marcus miró inmediatamente a su madre.
Demasiado tarde.
Mi abogado sacó la última página.
—La sociedad fue constituida hace dieciocho meses.
Deslizó el documento hacia mí.
Leí el nombre de la beneficiaria.
No era Eleanor.
Tampoco era Marcus.
Era una mujer llamada Rebecca Sloan.
Entonces la hermana de Marcus dejó escapar un susurro.
—Dios mío…
Me volví hacia ella.

Tenía una mano sobre la boca.
—¿Quién es Rebecca?
Eleanor cerró los ojos.
Y Marcus comprendió que la casa de Malibú acababa de convertirse en el menor de sus problemas.