PARTE 2: LA MUJER QUE NO ESTABA EN EL ATAÚD

Cuando desperté en el hospital, lo primero que pregunté fue por mi bebé.

La doctora sostuvo mi mano.

—Su hijo sigue con nosotros.

Lloré.

No de alivio completo.

Todavía había riesgos y necesitábamos vigilancia constante.

Pero estaba vivo.

Y Brandon no lo sabía.

Las autoridades ya conocían mi supervivencia.

Mi petición no podía convertir oficialmente a una persona viva en muerta, pero la información médica y ciertos detalles de la investigación quedaron restringidos mientras intentaban determinar qué había ocurrido en aquella montaña.

Dos días después nació mi hijo.

Antes de tiempo.

Pequeño.

Pero vivo.

Lo llamé Nathan.

Cuando lo sostuve por primera vez, desapareció cualquier fantasía que pudiera haber tenido sobre enfrentar personalmente a Brandon.

Ya no quería venganza.

Quería pruebas.

Quería seguridad.

Y quería que nunca pudiera acercarse a Nathan.

Mi abogada llegó aquella tarde.

Traía una carpeta.

—Tenemos un problema con la póliza de cincuenta millones.

—¿Qué problema?

—No fue simplemente una actualización.

La póliza había sido contratada apenas seis semanas antes del viaje.

Mi supuesta firma aparecía en varios documentos.

Yo no recordaba haberlos firmado.

Y la asesora registrada era Gretchen Walsh.

La amante de mi marido.

—¿Walsh?

—Ese es su apellido legal.

Fruncí el ceño.

Brandon también era Walsh.

Siempre había supuesto que era coincidencia.

Mi abogada no dijo nada todavía.

Primero me mostró las fotografías de mi funeral.

Brandon estaba junto al ataúd.

Cabeza inclinada.

Traje negro.

Una mano apoyada sobre la madera.

Gretchen permanecía detrás de él.

Entonces amplié la imagen.

—Detente.

En la muñeca de Gretchen había una pulsera de diamantes.

Mi pulsera.

Brandon me la había regalado por nuestro quinto aniversario.

Yo la había dejado en casa antes del viaje.

La policía revisó las cámaras domésticas.

La noche posterior a mi desaparición, Brandon y Gretchen habían regresado juntos.

Gretchen salió tres horas después llevando una caja con documentos.

Pasaporte.

Testamento.

Registros financieros.

Mis cosas.

La investigación financiera encontró algo todavía peor.

Brandon había iniciado trámites relacionados con el seguro con una rapidez extraordinaria.

Y había presentado una copia de un testamento modificado.

Según aquel documento, todo mi patrimonio pasaría a él.

La firma tampoco parecía mía.

Pero entonces apareció la prueba que convirtió su historia del accidente en algo mucho más difícil de sostener.

Brandon había dicho que yo me adelanté sola por el sendero.

El GPS del vehículo mostraba otra cosa.

Los registros telefónicos también.

Y unas fotografías tomadas a distancia por otros excursionistas mostraban tres figuras avanzando hacia aquella zona.

Brandon.

Gretchen.

Y yo.

La policía recuperó además audio de nuestro sistema doméstico obtenido por las vías correspondientes.

En una conversación posterior al viaje, Gretchen preguntaba:

—¿Cuándo podremos cobrar?

Brandon respondía:

—Cuando terminen con las preguntas. Ya no queda nadie que pueda contradecirme.

Mi abogada cerró el portátil.

—Hay algo más.

Sacó otra póliza.

Veinticinco millones adicionales.

—¿Otra sobre mi vida?

—Sí.

—¿Beneficiario?

Gretchen.

Sentí frío.

—¿Por qué una asistente ejecutiva sería beneficiaria de mi seguro?

Mi abogada giró el documento.

Junto al nombre de Gretchen aparecía una descripción:

“Representante legal de la familia.”

—No entiendo.

—Yo tampoco lo entendía.

Entonces colocó un certificado sobre la mesa.

Era un registro matrimonial.

Brandon Walsh.

Gretchen Walsh.

Fecha: once años atrás.

Lo leí tres veces.

—Nosotros llevamos siete años casados.

—Lo sé.

—Entonces se divorciaron.

—Encontramos una solicitud de disolución.

Esperé.

—¿Y?

—No encontramos constancia final en el expediente que revisamos. Necesitamos verificar exactamente cuál era su situación legal cuando Brandon se casó contigo.

Miré a Nathan dormido.

Toda mi vida matrimonial comenzó a deshacerse de una forma nueva.

Gretchen no era simplemente la amante reciente.

Había estado allí antes que yo.

—¿Brandon sabía que estabas investigando esto? —pregunté.

—No.

Entonces mi abogada sacó el último documento.

—Pero hay alguien más que sí conocía esa relación.

Era el expediente antiguo relacionado con Brandon y Gretchen.

El abogado que había representado a Brandon en aquella época tenía un nombre que conocía demasiado bien.

David Bennett.

Mi padre.

El hombre que siete años atrás me había presentado personalmente a Brandon.

El hombre que me había dicho:

“Confía en él. Viene de una buena familia.”

Mi padre había muerto dos años antes.

Y ahora yo estaba mirando pruebas de que había conocido a Brandon y Gretchen mucho antes de que yo apareciera.

Debajo del certificado había una anotación manuscrita.

Reconocí inmediatamente la letra de mi padre.

“Si Brandon se acerca a Emma, detenerlo antes de que descubra quién es ella.”

Emma.

Mi nombre.

Mi abogada me miró.

—Parece que tu padre no solo conocía a Brandon.

Tragué saliva.

—Entonces ¿qué sabía de mí?

Ella abrió una segunda carpeta.

Dentro había una fotografía tomada veintiocho años atrás.

Mi padre aparecía junto a un hombre mucho más joven.

El padre de Brandon.

Y entre ambos sostenían un documento con el logotipo de la misma aseguradora que acababa de emitir la póliza de cincuenta millones sobre mi vida.

En ese instante entendí que Brandon quizá no me había elegido siete años atrás por casualidad.

Y que el plan que terminó en aquel precipicio podía haber comenzado mucho antes de que yo siquiera conociera a mi marido.

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