PARTE 2
Mi madre se cubrió la cara con las manos.
Por primera vez desde que la conocía, no parecía mi madre.
Parecía una mujer pequeña, agotada, sentada en la orilla de una cama de hotel con una mejilla morada y un secreto demasiado pesado.
—Raúl no me golpeó por los 185 mil pesos —dijo.
Lucía y yo guardamos silencio.
—Me golpeó porque lo vi.
Sentí que algo frío me recorría la espalda.
—¿Ver qué?
Mi madre levantó los ojos.
—Anoche, cuando fui a limpiar el despacho, escuché que abría el cajón. Pensé que buscaba unos documentos, pero estaba sacando una libreta negra.
Se detuvo para respirar.
—Luego llamó a alguien. Dijo que ya había hecho las transferencias y que tú no revisarías la cuenta hasta el lunes.
Lucía se acercó.
—¿Escuchó el nombre de esa persona?
Mi madre asintió lentamente.
—Iván.
El hermano de Raúl.
La habitación pareció encogerse.
Iván, el hombre cuya deuda habíamos pagado durante meses. El mismo que me abrazaba cada Navidad y decía que yo era “la hermana que nunca tuvo”.
—¿Qué más dijo? —pregunté.
Mi madre miró sus manos.
—Raúl dijo que, si tú preguntabas, iba a decir que yo había robado dinero. Que nadie creería que él vació la cuenta porque “Mariana siempre defiende a su familia”.
Cerré los ojos.
Y entendí por qué mi madre no me había dicho nada la noche anterior.
No por culpa.
Por miedo de que yo no le creyera.
—¿Por qué no me lo dijiste en la casa?
Su voz se quebró.
—Porque él me miró, Mariana. Cuando me acusó del dinero, me miró como si me estuviera prometiendo algo. Y yo pensé que, si hablaba, también te haría daño a ti.
Lucía tomó su teléfono.
—Vamos a documentar todo. Ahora.
Pasamos las siguientes dos horas revisando movimientos bancarios. Las transferencias no habían sido hechas de una sola vez. Raúl había sacado pequeñas cantidades durante seis meses, siempre desde una cuenta secundaria que yo casi nunca revisaba.
Ciento veinte mil.
Doscientos ochenta mil.
Cuatrocientos cincuenta mil.
Al final, la cifra superaba los tres millones.
El destino era una empresa llamada Grupo Altamira Consultores.
Nunca había oído ese nombre.
Lucía hizo una llamada.
Su expresión cambió mientras escuchaba.
—¿Está registrada a nombre de quién? —preguntó.
Esperó unos segundos.
Luego me miró.
—A nombre de Iván.
Mi teléfono vibró.
Era Raúl.
No contesté.
Volvió a llamar.
Y otra vez.
Al cuarto intento, Lucía hizo un gesto.
—Ponlo en altavoz. No digas nada sobre la cuenta.
Respiré hondo y acepté.
—¿Mariana? Por fin.
Su voz sonaba diferente. Menos arrogante. Más rápida.
—Tenemos que hablar.
—¿Sobre qué?
—Sobre tu madre. Ella está confundida.
Miré a Elena.
—¿Confundida sobre qué?
Raúl guardó silencio un instante.
—No quiero que esto se vuelva peor de lo que ya es.
—Tú la golpeaste dos veces.
—Me provocó.
Sentí que Lucía se tensaba a mi lado.
—¿Te provocó a golpear a una mujer de sesenta y cuatro años?
—No fue así.
—¿Entonces cómo fue?
Raúl soltó el aire.
—Mariana, regresa a casa. Podemos arreglarlo.
Aquella frase me hizo reír.
No porque fuera graciosa.
Sino porque era exactamente lo que decía cada vez que yo cedía.
Podemos arreglarlo.
Como si “arreglar” significara que yo debía olvidar y seguir pagando las consecuencias.
—No voy a regresar.
Su tono se endureció.
—No hagas estupideces. Esa cuenta también es mía.
—Claro que lo es —dije—. Por eso quiero saber dónde están los tres millones.
El silencio al otro lado fue absoluto.
Lucía levantó la vista.
Raúl no respiraba.
—¿Qué acabas de decir? —preguntó al fin.
—Lo escuchaste.
—Tu madre te está llenando la cabeza.
—No. Los estados de cuenta lo están haciendo.
Entonces su voz cambió.
Ya no intentaba sonar arrepentido.
—No sabes con quién te estás metiendo.
Miré a mi madre.
Después a Lucía.
Y sentí que algo dentro de mí se acomodaba, como una puerta que finalmente se cerraba.
—Sí sé —respondí—. Con mi esposo. El hombre que robó nuestro dinero y golpeó a mi madre para encubrirlo.
Raúl colgó.
A las 12:17, Lucía recibió un correo del banco con el detalle de las operaciones.
A las 12:19, enviamos la denuncia.
A las 12:26, llegó un mensaje de un número desconocido.
Solo tenía una fotografía.
Raúl estaba sentado en un restaurante, frente a Iván.
Pero no estaban solos.
A su lado estaba Gloria, mi suegra.
Y delante de ellos había una carpeta idéntica a la que Lucía acababa de preparar para denunciar el robo.
Debajo de la imagen había una sola frase:
“Tu esposo no robó el dinero para Iván. Lo robó para pagar la deuda de alguien mucho más peligroso.”