Cuando regresé al salón, mi padre ya había convertido mi caída en otra anécdota.
—¡Nuestra Clara siempre fue dramática! —bromeó.
Más risas.
Sophie estaba junto a su nuevo esposo, fingiendo incomodidad sin hacer nada para detenerlo.
Mi madre se acercó.
—Gracias a Dios te cambiaste. Ahora sonríe y deja que tu hermana disfrute de su noche.
—Claro.
Mi tranquilidad pareció inquietarla.
Entonces las puertas principales se abrieron.
Primero entraron dos hombres vestidos de negro.
Después apareció él.
Adrian Cross.
El murmullo se extendió por el salón.
No porque fuera famoso en revistas de celebridades, sino porque cualquiera relacionado con inversiones inmobiliarias conocía Cross Meridian Group.
Adrian había convertido una pequeña firma familiar en una compañía con proyectos en Londres, Madrid y Nueva York.
Y esa semana su nombre aparecía especialmente en las noticias financieras.
Cross Meridian estaba negociando la adquisición de Hart Development.
La empresa de mi padre.
Graham bajó lentamente el micrófono.
Adrian atravesó el salón sin mirar a nadie.
Llegó hasta mí.
—¿Estás bien?
—Ahora sí.
Sus ojos bajaron hacia mi cabello todavía húmedo.
—¿Qué ocurrió?
—Mi padre me empujó a la fuente.
La expresión de Adrian cambió.
No hubo amenazas.
No hubo espectáculo.
Simplemente se quitó el saco y lo colocó sobre mis hombros.
Después me besó suavemente en la frente.
Cuatrocientas personas quedaron en silencio.
—Clara —susurró Sophie—. ¿Quién es él?
La miré.
—Mi esposo.
Mi padre soltó una carcajada nerviosa.
—Eso es absurdo.
Adrian sacó su alianza del bolsillo.
Yo llevaba la mía colgada discretamente de una cadena desde hacía tres años.
Nos habíamos casado en una ceremonia civil pequeña porque yo había pedido privacidad.
No quería que mi familia transformara mi matrimonio en otra competición con Sophie.
Adrian respetó mi decisión.
Quizá demasiado bien.
—¿Tres años? —preguntó mi madre.
—Tres años y cuatro meses.
Graham recuperó la voz.
—¿Y esperas que creamos que estás casada con Adrian Cross?
Adrian lo miró.
—No necesito que me crea.
Mi padre palideció.
Entonces apareció el verdadero problema.
—Señor Cross —dijo Graham apresuradamente—, deberíamos hablar sobre la operación del lunes.
Adrian me miró antes de responder.
—Precisamente venía a hablar de eso.
El novio de Sophie, Nathan, se acercó.
Su familia también tenía dinero invertido en Hart Development.
—¿Hay algún problema con la adquisición?
—La adquisición está en revisión.
Mi padre se quedó rígido.
—¿Desde cuándo?
—Desde esta tarde.
Graham me señaló.
—¿Por ella?
Adrian negó.
—Por sus números.
Aquello hizo desaparecer las últimas sonrisas.
Cross Meridian había detectado inconsistencias en varios proyectos de Hart Development.
Costos inflados.
Contratos duplicados.
Pagos a consultoras externas.
—Eso es imposible —dijo Graham.
—Entonces la auditoría lo aclarará.
Yo observaba a mi padre.
Su miedo era demasiado intenso para tratarse únicamente de una revisión rutinaria.
—Clara —dijo—, dile a tu marido que esto es ridículo.
Me reí suavemente.
—Hace diez minutos ni siquiera creías que tuviera marido.
Sophie se acercó.
—¿Sabías que Adrian estaba negociando con papá?
—No hasta hace dos semanas.
Eso era cierto.
Adrian y yo manteníamos nuestros trabajos separados.
Cuando descubrió que Hart Development era la empresa de mi familia, me lo contó inmediatamente.
Yo no le pedí que cancelara nada.
Solo una cosa.
Que hiciera exactamente la misma revisión que haría con cualquier otra empresa.
Y la revisión había encontrado problemas.
Adrian sacó una carpeta.
—Hay una sociedad que aparece repetidamente entre los proveedores.
Mi padre dejó de respirar.
—¿Cuál?
—Green Hart Consulting.
Reconocí el nombre.
No por la empresa.
Por la dirección registrada.
—Esa es la antigua casa de la abuela.
Mi madre me miró demasiado rápido.
Adrian asintió.
—Green Hart recibió casi tres millones de Hart Development durante cinco años.
—Nunca escuché hablar de ella —dijo Sophie.
—Yo tampoco.
Graham dejó el micrófono sobre una mesa.
—No discutiremos negocios durante la boda de mi hija.
Intentó marcharse.
—Papá.
Se detuvo.
—¿Quién es el propietario de Green Hart?
No respondió.
Adrian abrió la carpeta.
—Legalmente, la sociedad fue constituida a nombre de una persona.
Me entregó la página.
Leí mi propio nombre.
Clara Elizabeth Hart.
Sentí que el aire desaparecía.
—Yo jamás creé esta empresa.
—Lo sé —dijo Adrian.
—¿Cómo puedes saberlo?
Sacó otro documento.
—Porque la firma utilizada para constituirla pertenece a un formulario familiar firmado cuando tenías veinticuatro años. La grafía coincide incluso en una pequeña marca accidental junto a tu apellido.
Miré a mi padre.
Por primera vez aquella noche, Graham no tenía ningún chiste.
—¿Usaste mi firma?
—Clara, esto tiene una explicación.
—Entonces explícala.
Mi madre empezó a llorar.
Sophie parecía completamente perdida.
Y Adrian colocó sobre la mesa una última hoja.
Green Hart no solo había recibido dinero.
También figuraba como garante de una deuda empresarial considerable.
Una deuda que vencía en seis semanas.
A mi nombre.
—¿Cuánto? —pregunté.
Adrian respondió:
—Once millones.
Mi padre cerró los ojos.
Pero fue mi madre quien susurró:
—Graham, tienes que contarle lo de su abuelo.
Giré hacia ella.
—¿Qué tiene que ver el abuelo con esto?
Graham abrió los ojos.
Ya no parecía arrogante.
Parecía asustado.
—Todo.
Miró a Adrian.
Luego a mí.
—Porque Green Hart no la creé yo.
Mi madre comenzó a negar con la cabeza.
—Graham, no.
—La creó tu abuelo, Clara.
Señalé mi nombre en el documento.
—Mi abuelo murió cuando yo tenía diecinueve años.
—Sí.
Mi padre tragó saliva.
—Pero la empresa original no estaba a tu nombre.
Adrian frunció el ceño.
—Entonces alguien modificó posteriormente la titularidad.
Graham asintió.
—Cinco años después.
—¿Quién?
Mi padre miró hacia el otro extremo del salón.
Seguí su mirada.

Allí estaba el único hombre de la familia que no se había reído cuando caí en la fuente.
Mi tío Richard.
Y en cuanto comprendió que todos lo observábamos, dejó lentamente su copa sobre la mesa.
Luego caminó directamente hacia la salida.