—¿Qué abre?
Rosa miró hacia la puerta antes de responder.
—Una caja de seguridad.
—¿Dónde?
—En un banco de Ciudad de México. Nicolás me dijo que solo debía abrirse si alguien descubría quién era Mateo.
Cerré los dedos alrededor de la llave.
—Camila.
Rosa asintió.
—Esta noche encontró una fotografía de Mateo entre mis cosas.
—¿Y por eso discutieron?
—No exactamente.
Su voz se quebró.
—Ella reconoció a Nicolás.
Sentí un escalofrío.
—¿Cómo?
—Porque Camila lo vio después del accidente.
El mundo pareció detenerse.
—¿Cuándo?
—Hace cuatro años.
Dos años después de que Nicolás hubiera sido declarado muerto.
Rosa explicó que conoció a mi hermano meses antes de su desaparición. Cuando quedó embarazada, Nicolás ya estaba investigando movimientos financieros dentro del Grupo Valdés.
El supuesto accidente no había sido improvisado.
Había sido una salida.
—¿Dónde está ahora?
Rosa negó.
—No lo sé. Dejamos de tener contacto hace años.
—¿Por qué?
—Porque alguien encontró una de nuestras cuentas de correo. Nicolás dijo que seguir comunicándonos pondría a Mateo en peligro.
Me obligué a respirar.
—¿Y Camila?
—No sé cuánto sabe. Solo sé que aquella vez que vio a Nicolás salió de una reunión privada de Grupo Valdés.
Eso era imposible.
Camila y yo nos habíamos conocido tres años atrás.
Al menos eso creía.
A la mañana siguiente fui al banco acompañado por mi abogado, Esteban Ruiz.
No llevé a Camila.
Le dije únicamente que necesitaba tiempo.
La caja era pequeña.
Dentro había una memoria USB, tres fotografías y una carpeta sellada.
La primera fotografía mostraba a Nicolás sosteniendo a un bebé.
Mateo.
La segunda mostraba varias matrículas de vehículos.
Pero la tercera me dejó sin palabras.
Nicolás estaba sentado en una cafetería frente a Camila.
La fecha escrita detrás era de cuatro años atrás.
Un año antes de que ella y yo nos “conociéramos” en una gala benéfica.
Esteban abrió la carpeta.
Había registros de transferencias entre empresas subsidiarias y varias sociedades externas.
Una aparecía repetidamente.
CMM Consultores.
—¿Te suena? —preguntó.
Negué.
Hasta que vi el nombre de la antigua administradora.
Camila Montes Márquez.
Las iniciales coincidían.
Pero eso todavía no demostraba que ella hubiera robado nada.
Seguimos leyendo.
CMM había recibido pagos por supuestos estudios de mercado. Algunos estaban autorizados electrónicamente con mis credenciales.
—Yo nunca aprobé esto.
Esteban señaló las fechas.
Varias correspondían a períodos en los que yo estaba fuera del país.
Nicolás había anotado a mano:
“La firma de Alejandro puede estar siendo replicada desde administración central. No acusar hasta identificar acceso.”
Así que mi hermano no creía que yo fuera culpable.
Creía que alguien utilizaba mi autoridad.
Entonces conectamos la memoria USB.
Había una sola grabación.
Nicolás apareció frente a una pared blanca.
Parecía agotado.
“Alex, si estás viendo esto, significa que Rosa tuvo que usar la llave.”
Tragué saliva.
Era la primera vez que escuchaba la voz de mi hermano en seis años.
“No confíes únicamente en las transferencias. El dinero es la segunda parte.”
Esteban y yo intercambiamos una mirada.
“La primera parte está en Harbor Point.”
Harbor Point era uno de nuestros proyectos hoteleros más grandes.
Nicolás había dirigido su adquisición antes de desaparecer.
“Revisa quién recibió mis derechos después del accidente. Yo nunca los cedí.”
Abrimos inmediatamente los archivos corporativos.
Ocho días después de la desaparición de Nicolás, su participación en Harbor Point había sido transferida.
La documentación indicaba que la operación se había autorizado antes del accidente.
Pero había una anomalía.
El documento estaba certificado por un despacho que ya no existía.
Y el beneficiario final era una sociedad que yo conocía perfectamente.
Valdés Meridian Holdings.
La había creado mi padre años atrás para administrar inversiones familiares.
—¿Quién controla Meridian ahora? —preguntó Esteban.
La respuesta apareció en el registro actualizado.
Yo poseía el cuarenta por ciento.
Mi madre había tenido otro veinte.
Y el cuarenta restante figuraba bajo administración temporal.
Esteban acercó la pantalla.
—Alejandro, mira quién fue designada representante de ese cuarenta por ciento hace tres años.
El nombre apareció.
Camila Montes Márquez.
Tres años.
Exactamente cuando había entrado en mi vida.
Mi teléfono vibró.
Era seguridad de mi casa.
—Señor Valdés, tenemos un problema.
—¿Qué ocurrió?
—La señorita Camila se marchó hace veinte minutos.
—¿Sola?
Hubo una pausa.
—No.
Sentí que la mano se me cerraba alrededor de la llave.
—¿Con quién?
—Con un niño.
Me puse de pie.

—Descríbalo.
La respuesta hizo que Rosa dejara de ser la única persona que necesitaba protección.
—Unos siete años, señor. Cabello oscuro. Camila dijo que usted había autorizado que lo recogiera.
Mateo.