PARTE 2 — LA ÚNICA FRASE QUE LE DEBÍA

Tang Dian llegó veinte minutos después.

Al ver la marca en el rostro de Lin Xi, no preguntó si había sido un accidente.

Solo tomó su mochila.

—Sube al coche.

Aquella noche, Lin Xi lloró una sola vez.

No por Chen Tao.

Lloró porque finalmente comprendió cuánto tiempo llevaba justificando cosas que jamás debió aceptar.

A la mañana siguiente regresó por el coche.

Chen Tao estaba esperándola abajo.

—Lin Xi.

Ella abrió la puerta del conductor.

—Ayer perdí el control.

—Lo sé.

—Mi hermana sacrificó mucho por mí.

Lin Xi lo miró.

Esperaba una disculpa.

Recibió una explicación.

—Entonces sigue compensándola durante toda tu vida —respondió—. Pero no vuelvas a utilizar mi vida para pagar tus deudas.

Subió al coche.

Chen Tao agarró la puerta.

—¿Cuándo vuelves?

Lin Xi tardó unos segundos en contestar.

—No lo sé.

En realidad, ya lo sabía.

Nunca.

Durante los meses siguientes, Chen Tao apenas la buscó.

Primero creyó que ella regresaría.

Después comenzó a enfadarse.

Finalmente mandó un mensaje:

«Cuando termines con tu berrinche, vuelve a casa».

Lin Xi lo leyó mientras amasaba pan.

Lo eliminó.

Con ayuda de Tang Dian alquiló un pequeño local.

Usó sus ahorros para comprar un horno de segunda mano, dos vitrinas y cuatro mesas.

El viejo cartel con el carácter «Xi» terminó colgado detrás del mostrador.

Poco a poco, aquella pequeña pastelería empezó a llenarse de clientes.

Y Lin Xi volvió a dormir sin miedo a escuchar unas llaves entrando por la puerta.

Hasta aquella noche, seis meses después.

Zhu Guifen llamó otra vez a la mañana siguiente.

Lin Xi estaba sacando pan del horno.

Contestó.

—¿Qué ocurre?

La mujer comenzó a llorar.

—Xiao Xi, Chen Tao está hospitalizado.

Lin Xi guardó silencio.

—Lleva días sin comer bien. Ayer se desplomó. El médico dice que necesita descansar.

—Entonces que descanse.

—Quiere verte.

Lin Xi cerró los ojos.

—¿Él lo dijo?

Al otro lado no hubo respuesta.

Eso bastó.

Zhu Guifen cambió rápidamente de tono.

—Aunque ya no quieras vivir con él, fueron marido y mujer. Ven una vez. Solo una.

Lin Xi miró las bandejas de pan recién horneado.

—Tengo trabajo.

—¡El trabajo puede esperar!

Aquellas palabras le resultaron familiares.

Durante su matrimonio, su trabajo siempre podía esperar.

Sus planes podían esperar.

Su cansancio podía esperar.

Solo las necesidades de la familia Chen eran urgentes.

—No iré.

Colgó.

La segunda llamada llegó al mediodía.

La tercera, cuando estaba cerrando la tienda.

Esta vez Zhu Guifen estaba desesperada.

—Lin Xi, te lo suplico. Chen Tao tiene tu nombre en la boca incluso dormido. Solo quiere verte.

Lin Xi sostuvo el teléfono en silencio.

Entonces escuchó otra voz al fondo.

Chen Qian.

—Mamá, ¿para qué le ruegas? Si todavía tiene corazón, vendrá.

Lin Xi sonrió.

Seis meses.

Y nada había cambiado.

—Señora Zhu.

Su voz fue tranquila.

—Dígale a Chen Tao una sola cosa de mi parte.

Zhu Guifen contuvo el aliento.

—¿Qué cosa?

Lin Xi miró su reflejo en el cristal de la pastelería.

Ya no reconocía a aquella mujer que una vez salió de casa con una mochila y la marca de una mano en la mejilla.

Entonces pronunció la frase:

—Dígale que la mujer que esperaba que él fuera detrás de ella murió el día que levantó la mano.

Y colgó.

Pensó que aquello sería el final.

Se equivocó.

Tres días después, Tang Dian llegó corriendo a la pastelería.

—Lin Xi, tienes que ver esto.

Le mostró el teléfono.

Era una publicación de Chen Qian.

Una fotografía de Chen Tao en el hospital.

Debajo había escrito:

«Algunas mujeres abandonan a sus maridos cuando más las necesitan».

Lin Xi sintió una calma extraña.

—¿Eso es todo?

—No.

Tang Dian deslizó la pantalla.

—Está diciendo que te llevaste dinero de la familia cuando huiste.

Lin Xi dejó lentamente la bandeja que sostenía.

Aquello sí era diferente.

Porque el dinero del que hablaba Chen Qian no pertenecía a los Chen.

Era el préstamo que Lin Xi había pedido años atrás para ayudar a Chen Tao a abrir su primer negocio.

Y ella todavía conservaba cada transferencia.

Cada recibo.

Cada mensaje.

Esa misma noche publicó únicamente tres documentos.

No insultó a nadie.

No contó lo ocurrido en aquella sala.

Solo mostró las fechas y cantidades.

A la mañana siguiente, Chen Qian había borrado su publicación.

Pero Chen Tao apareció frente a la pastelería.

Estaba mucho más delgado.

Llevaba todavía la pulsera del hospital.

Lin Xi salió y cerró la puerta detrás de ella.

—¿Qué quieres?

Chen Tao la miró durante mucho tiempo.

—Quiero pedirte perdón.

—Llegas seis meses tarde.

—Lo sé.

Sacó algo del bolsillo.

Era un manojo de llaves.

Las antiguas llaves de su casa.

—Vendí el apartamento.

Lin Xi frunció el ceño.

—Eso ya no tiene nada que ver conmigo.

—Sí lo tiene.

Chen Tao extendió una carpeta.

—Porque encontré esto mientras vaciaba las cosas de mi madre.

Lin Xi no la tomó.

—¿Qué es?

—Documentos sobre la pastelería de tu padre.

El corazón de Lin Xi dio un golpe.

Su padre había muerto hacía años.

La antigua pastelería familiar había desaparecido poco después.

Zhu Guifen siempre aseguró que el negocio estaba lleno de deudas.

Chen Tao bajó la mirada.

—Mi madre te mintió.

Lin Xi abrió lentamente la carpeta.

En la primera página estaba el nombre de su padre.

En la segunda, el de Zhu Guifen.

Y en la última había un documento de transferencia que Lin Xi jamás había visto.

Levantó la cabeza.

—¿Qué significa esto?

Chen Tao tenía los ojos rojos.

—Que mi familia no te acogió cuando te quedaste sola.

Tragó saliva.

—Vivimos durante años del negocio que tu padre te dejó.

Lin Xi sintió que el ruido de la calle desaparecía.

Entonces Chen Tao pronunció las palabras que hicieron que todo aquel matrimonio pareciera, de repente, una mentira mucho más antigua.

—Y mi hermana siempre lo supo.

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