A la mañana siguiente, Óscar volvió a escribir.
No les digas que lo sé. Necesito cuarenta y ocho horas.
Mariana entendió inmediatamente.
De acuerdo.
Durante los días siguientes actuó como si nada hubiera cambiado.
Alexander compró maletas nuevas para Aspen.
Renata enviaba fotografías de hoteles.
Patricia hablaba emocionada sobre lo maravilloso que sería que Camila pasara Navidad con “su familia verdadera”.
Mariana no discutió.
Firmó los documentos preliminares del divorcio que Alexander dejó sobre la mesa.
Organizó su traslado a Seattle.
Separó sus cuentas.
Y pidió a su abogado revisar la casa.
Fue entonces cuando apareció la primera sorpresa.
—Mariana —dijo su abogada—, Alexander intentó solicitar una línea de crédito utilizando la propiedad como garantía.
Mariana frunció el ceño.
—No puede. La casa está únicamente a mi nombre.
—Lo sé. Por eso fue rechazada.
—¿Cuándo ocurrió?
La respuesta le heló la sangre.
—Hace seis semanas.
Antes de aquella cena.
Antes de que Alexander pronunciara la palabra divorcio.
Todo estaba planeado.
El 22 de diciembre, Óscar finalmente llamó.
—Ya sé por qué quieren ir a Aspen.
Mariana guardó silencio.
—Renata me dijo que era un viaje para reconectar con Camila —continuó—. Es mentira.
—¿Entonces?
—Alexander tiene una reunión allí con un inversionista.
Mariana cerró los ojos.
—¿Qué tiene que ver Camila?
Óscar tardó en responder.
—Mucho.
Le envió un documento.
Era una copia de un fideicomiso creado años atrás por el abuelo paterno de Camila.
Mariana leyó dos veces.
El fondo contenía acciones de una empresa familiar.
Su valor actual superaba los doce millones de dólares.
Alexander administraría provisionalmente esos activos mientras Camila fuera menor.
Pero existía una condición.
Cualquier operación extraordinaria requería demostrar que el dinero beneficiaba directamente a Camila.
—Alexander quiere utilizar parte del fideicomiso para respaldar una nueva empresa —explicó Óscar.
Mariana sintió que las piezas comenzaban a encajar.
—¿Y Renata?
—Firmará como madre biológica.
Por eso necesitaban apartarla.
No era solo crueldad.
Necesitaban convertir a Mariana en alguien sin voz antes de tocar el dinero de Camila.
El 23 de diciembre, Alexander bajó las maletas.
Camila apareció detrás de él.
Cuando vio a Mariana, corrió a abrazarla.
—Te traeré algo de Aspen.
Mariana tuvo que contenerse para no romperse.
—No necesito regalos.
Besó su cabello.
—Solo recuerda que puedes llamarme siempre.
Alexander la observó.
—No hagas esto más difícil.
Mariana lo miró serenamente.
—No pienso hacerlo.
Una hora después se marcharon.
A las diez y veinte, Mariana cerró su propia maleta.
A las once llegó el automóvil que la llevaría al aeropuerto.
Pero justo cuando estaba cerrando la puerta de la casa, otro vehículo se detuvo frente a ella.
Óscar bajó.
No estaba solo.
Una mujer de unos sesenta años salió del asiento trasero.
Mariana la reconoció por fotografías antiguas.
Eleanor Vance.
La abuela de Camila.
La mujer que había creado el fideicomiso junto a su difunto esposo.
Eleanor sostuvo una carpeta.
—Señora Mariana —dijo—, antes de irse a Seattle necesito que vea esto.
—¿Qué es?
—La última modificación del fideicomiso.
Mariana abrió la primera página.
Su nombre aparecía allí.
MARIANA VEGA — PROTECTORA DESIGNADA DEL FIDEICOMISO DE CAMILA VANCE.
Levantó la mirada, atónita.
Eleanor sonrió sin alegría.

—Alexander tenía razón en una sola cosa.
Hizo una pausa.
—Usted no es la madre biológica de Camila.
Luego señaló la firma realizada tres años atrás.
—Pero mi esposo decidió que era la única adulta de esa familia en quien confiaba para protegerla de sus propios padres.