PARTE 2: LA CAJA DE ERNESTO

La primera carta tenía una fecha de catorce años atrás.

Mi madre la reconoció antes de que el agente terminara de leer el encabezado.

—Esa letra… es de Melissa.

Nadie habló.

El agente se puso unos guantes nuevos y abrió el papel con cuidado.

La carta era corta.

Melissa decía que había descubierto algo sobre el abuelo Ernesto y que tenía miedo de contárselo a alguien.

No explicaba qué había descubierto.

Solo repetía una frase:

“Si me pasa algo, busquen debajo de la cama”.

Mi madre comenzó a llorar.

Yo miré a Mauricio.

Seguía junto a la puerta.

Pero ya no tenía aquella expresión de sorpresa.

Tenía miedo.

La perito lo notó.

—Señor Mauricio, ¿conocía esta caja?

—No.

Respondió demasiado rápido.

El agente sacó entonces los comprobantes bancarios.

Había transferencias mensuales realizadas durante varios años a una cuenta cuyo titular aparecía como “M. S.”.

Las cantidades eran pequeñas, pero constantes.

—¿Quién es M. S.? —pregunté.

Mauricio no respondió.

El agente volvió a mirarlo.

—Señor.

Mi tío tragó saliva.

—No lo sé.

En ese momento sonó el teléfono de mi madre.

Era un número desconocido.

Ella no quería contestar.

El agente le indicó que lo hiciera y activara el altavoz.

—¿Señora Lucía Santos?

—Sí.

Una mujer habló al otro lado.

—Me llamo Teresa. No sé si este número sigue perteneciendo a la familia de Melissa.

Mi madre se quedó inmóvil.

—¿Conoció a mi hija?

—Sí.

Hubo una pausa.

—La conocí hace catorce años.

Sentí un escalofrío.

—¿Dónde está Melissa? —preguntó mi madre.

La mujer respiró profundamente.

—No lo sé.

Mi corazón cayó.

—Pero sé que no se fue voluntariamente.

Mauricio dio un paso hacia atrás.

El agente levantó una mano.

—Señor, permanezca donde está.

Teresa continuó:

—Melissa me llamó la noche antes de desaparecer. Me dijo que había encontrado documentos que demostraban que su abuelo llevaba años enviando dinero a alguien en otra ciudad.

Mi madre preguntó:

—¿A quién?

—A una mujer llamada Beatriz.

La habitación quedó en silencio.

Mauricio cerró los ojos.

Yo lo vi.

Y comprendí que conocía ese nombre.

—Tío —dije lentamente—. ¿Quién es Beatriz?

No respondió.

El agente se acercó a él.

—Necesitamos una explicación.

Mauricio bajó la cabeza.

—Beatriz era la hermana de Ernesto.

Mi madre lo miró confundida.

—¿Y por qué Melissa investigaba sus cuentas?

Mauricio levantó los ojos.

Su rostro estaba completamente pálido.

—Porque Beatriz no era realmente su hermana.

Nadie entendió.

Entonces el agente abrió la última carta encontrada dentro de la caja.

Solo tenía una línea.

“Papá no murió sin decirme la verdad. Ernesto tampoco era quien ustedes creían.”

Mi madre se llevó una mano al pecho.

Yo miré nuevamente la fotografía de Melissa.

Durante catorce años habíamos creído que una adolescente había desaparecido sin dejar rastro.

Ahora teníamos una prenda suya.

Sus cartas.

Sus documentos.

Y una pista que llevaba directamente al hombre que todos habíamos enterrado como un abuelo ejemplar.

El agente cerró la caja.

—Esta propiedad queda bajo investigación.

Mauricio no protestó.

Solo preguntó:

—¿Puedo hacer una llamada?

—¿A quién?

Mi tío miró hacia la ventana.

—A Beatriz.

El agente intercambió una mirada con la perito.

Porque ninguno de nosotros sabía todavía que aquella mujer llevaba doce años viviendo con otro nombre.

Y que esa misma noche, cuando la policía la localizara, pronunciaría una frase que cambiaría todo:

“Melissa nunca desapareció. La hicieron desaparecer.”

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