PARTE 2: EL VUELO DE REGRESO

Adrian no sospechó nada durante los tres días siguientes.

De hecho, estaba más cariñoso que nunca.

Quizá porque creía que su plan había funcionado.

La noche antes del vuelo, incluso abrió una botella de vino.

—Clara, mañana empieza nuestra verdadera vida.

Levanté la copa.

—Sí.

Él sonrió.

No sabía que mi vuelo salía seis horas antes que el suyo.

A las cinco de la mañana, mientras Adrian seguía dormido, cerré mi maleta.

No llevé muchas cosas.

Dos abrigos.

Mi ordenador.

Mis documentos.

Tres libros que había comprado durante mis años de investigación.

Y una fotografía antigua en la que aparecíamos los dos con veintidós años.

La miré durante unos segundos.

Después la dejé sobre la mesa.

No quería llevar recuerdos de una persona que ya no existía.

Antes de salir, escribí una nota.

“Adrian, gracias por mostrarme quién eras antes de obligarme a descubrirlo demasiado tarde.”

Nada más.

Cerré la puerta.

No lloré.

En el aeropuerto, mi teléfono vibró.

Adrian.

“¿Dónde estás?”

No respondí.

Volvió a llamar.

Luego llegó otro mensaje:

“Clara, tenemos que salir juntos.”

Miré la pantalla.

Por primera vez, no sentí la necesidad de explicarme.

Apagué el teléfono y subí al avión.

Mientras el avión despegaba, vi Cambridge desaparecer bajo las nubes.

Sentí una tristeza extraña.

No por Adrian.

Por la mujer que había sido antes de él.

Por todos los años en que había confundido sacrificio con amor.

Por todos los sueños que había puesto en pausa para que otra persona pudiera avanzar.

Cuando aterrizamos en Pekín, encendí el teléfono.

Tenía treinta y ocho llamadas perdidas.

Veintidós mensajes.

Y uno de Julian.

“Adrian acaba de descubrir que no estás en el vuelo.”

Sonreí.

Cinco minutos después llegó otro.

“Está furioso.”

No respondí.

Ya no era mi problema.

Pero entonces apareció un mensaje de Adrian.

Esta vez no era arrogante.

“Clara, dime dónde estás.”

Lo dejé sin contestar.

Al salir del aeropuerto, un automóvil negro me esperaba.

El director del instituto había enviado a alguien a recogerme.

—Doctora Jiang, bienvenida.

Miré por la ventana mientras las calles de Pekín pasaban frente a mí.

Edificios.

Luces.

Gente caminando.

Una ciudad que había dejado atrás por amor.

Una ciudad que ahora me recibía por mi propio nombre.

Esa misma tarde firmé mi incorporación al instituto.

Mi antiguo proyecto había evolucionado.

El equipo necesitaba exactamente la especialización que había abandonado años atrás.

Cuando vi los planos sobre la mesa, reconocí inmediatamente el trabajo que alguna vez había soñado desarrollar.

El director me miró.

—Tenemos financiación para cinco años.

Pasé los dedos por el informe.

—Quiero dirigir el proyecto.

Él sonrió.

—Precisamente por eso te llamamos.

Mientras tanto, al otro lado del mundo, Adrian estaba sentado en el aeropuerto de Boston.

Solo.

Había llegado con dos maletas y una dirección.

La dirección de Megan.

Llamó a su puerta.

Ella abrió.

Pero la sonrisa que esperaba no apareció.

—¿Clara?

Adrian frunció el ceño.

—¿Qué pasa?

Megan cruzó los brazos.

—¿Dónde está tu esposa?

Adrian se quedó inmóvil.

—Ella se fue a China.

El rostro de Megan cambió.

—¿Y viniste aquí sin resolver tu matrimonio?

—Nuestro divorcio no está firmado.

Megan soltó una risa amarga.

—Entonces todavía estás casado.

Adrian no respondió.

Ella abrió más la puerta.

—Yo no quiero ser la otra mujer, Adrian.

Él palideció.

Por primera vez, su plan perfecto comenzó a desmoronarse.

Había pensado que yo estaría esperándolo.

Que seguiría obedeciendo.

Que cuando él regresara, encontraría a la misma Clara que había dejado atrás.

Pero aquella mujer ya no existía.

Dos semanas después, recibí un correo.

“Se ha aprobado oficialmente su incorporación como directora del proyecto de investigación.”

Lo leí dos veces.

Después miré por la ventana.

Afuera comenzaba a nevar.

Mi teléfono volvió a vibrar.

Adrian.

Esta vez respondí.

—¿Qué quieres?

Hubo varios segundos de silencio.

Su voz sonó diferente.

Cansada.

—Quiero hablar contigo.

—Ya estamos hablando.

—Clara, cometí un error.

Miré el documento de mi nuevo proyecto sobre la mesa.

—No.

—¿No?

—No cometiste un error.

Hice una pausa.

—Tomaste una decisión.

Él respiró profundamente.

—Te amo.

Cerré los ojos.

Hubo un tiempo en que esas palabras habrían sido suficientes.

Ahora solo sonaban como una puerta que alguien intentaba abrir después de que yo ya había cambiado la cerradura.

—Adrian, mañana tengo una reunión a las siete.

—¿Puedes perdonarme?

Miré mi reflejo en la ventana.

Esta vez no parecía una mujer que hubiera perdido algo.

Parecía una mujer que acababa de recuperarse.

—No necesito perdonarte para seguir adelante.

Colgué.

Y esa noche, por primera vez en muchos años, dormí profundamente.

Porque mi vuelo de regreso no había sido una huida.

Había sido el primer paso hacia una vida que, esta vez, llevaba únicamente mi nombre.

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