PARTE 2: EL JURAMENTO SE CONVIRTIÓ EN PRUEBA

El médico me llevó a una pequeña sala privada.

Cerró la puerta y bajó la voz.

—Necesito preguntarle algo antes de continuar.

—Pregunte.

—¿Su esposo tenía algún problema médico conocido?

Negué con la cabeza.

—Ninguno.

El médico intercambió una mirada con la enfermera.

—Entonces esto no tiene una explicación médica convencional.

No respondí.

Porque yo sabía exactamente qué había ocurrido.

El jade seguía escondido bajo mi vestido.

Y estaba ardiendo.

—¿Pueden separarlos? —pregunté.

—Todavía no.

—¿Por qué?

—Cada intento provoca una reacción física muy extraña. Es como si los cuerpos se resistieran a separarse.

Me quedé mirando al médico.

—¿Cuánto tiempo llevan así?

—Treinta y cuatro minutos desde que llegaron.

Treinta y cuatro.

Exactamente desde que Ethan pronunció aquel juramento.

El médico continuó:

—Hay algo todavía más extraño. La mujer no deja de repetir una frase.

—¿Cuál?

—Que esto no debería estar pasando.

Casi sonreí.

—Probablemente tenga razón.

Cuando regresé al pasillo, había más personas.

Dos familiares de Vanessa.

Un abogado de los Brooks.

Incluso algunos periodistas que habían descubierto el rumor a través de las redes sociales.

Pero nadie parecía saber qué decir.

Ethan seguía cubierto.

Vanessa lloraba.

Margaret caminaba de un lado a otro.

Entonces el abogado se acercó.

—Señora Carter, necesitamos evitar que esto se convierta en un escándalo público.

Lo miré.

—Ya es un escándalo público.

—Podemos controlar la información.

—No quiero controlar nada.

—Entonces, ¿qué quiere?

Me quité lentamente el bolso del hombro.

—El divorcio.

El abogado parpadeó.

—¿Ahora?

—Ahora.

Margaret escuchó.

—¡No puedes hacerle esto a mi hijo mientras está en esta situación!

La miré.

—Su hijo se acordó de mí justo después de necesitar ayuda.

Nadie respondió.

Saqué mi teléfono.

Abrí una conversación con mi abogada.

Había preparado un mensaje tres meses antes.

Nunca pensé que tendría que enviarlo.

“Proceda con el divorcio.”

Pulsé enviar.

En ese mismo instante, el jade volvió a brillar.

Una luz roja atravesó la tela de mi vestido.

La enfermera que estaba junto a mí retrocedió.

—¿Qué fue eso?

Antes de que pudiera contestar, un grito salió de la sala de emergencias.

—¡Doctor!

Todos se giraron.

Un médico salió corriendo.

—¡Se han separado!

El pasillo quedó en silencio.

Entré.

Ethan estaba en una camilla.

Vanessa en otra.

Por primera vez desde que llegaron, estaban separados.

Pero algo había cambiado.

Ethan miraba fijamente sus propias manos.

Vanessa lloraba sin parar.

El médico tomó una carpeta.

—Hay algo que deben saber.

Ethan levantó la cabeza.

—¿Qué?

El médico dejó varias fotografías sobre la mesa.

—Durante el examen encontramos esto.

Eran imágenes de una pequeña marca rojiza en el pecho de ambos.

La misma forma.

El mismo símbolo.

Un círculo atravesado por una línea.

Mi sangre se congeló.

Yo conocía ese símbolo.

Lo había visto años atrás en el joyero de mi abuela.

El médico frunció el ceño.

—No sabemos qué significa.

Yo sí.

Y, por primera vez aquella noche, sentí verdadero miedo.

Porque mi abuela no había dicho que el jade castigaba las mentiras.

Había dicho algo más.

“El jade no crea la consecuencia. Solo revela lo que ya estaba oculto.”

Miré a Ethan.

—¿Qué me estás ocultando?

Él apartó la mirada.

Vanessa empezó a llorar más fuerte.

Entonces una mujer mayor apareció en la puerta.

Era mi tía Margaret Carter.

La última persona de mi familia que conocía la historia completa del jade.

Me miró.

Luego miró a Ethan.

Su expresión cambió por completo.

—Emily.

—¿Qué?

Se acercó y tomó mi mano.

Sus dedos tocaron el colgante bajo mi vestido.

Palideció.

—¿Lo usaste?

Asentí.

Ella cerró los ojos.

—Entonces ya empezó.

Ethan la escuchó.

—¿Qué empezó?

Mi tía lo miró directamente.

—La verdad.

En ese momento, el teléfono de Ethan comenzó a sonar.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Vanessa miró la pantalla.

Su rostro perdió todo el color.

—No…

Ethan tomó el teléfono.

Leyó el mensaje.

Y se quedó completamente inmóvil.

Yo no podía ver la pantalla desde donde estaba.

Hasta que él levantó lentamente la mirada hacia mí.

—Emily…

—¿Qué dice?

No respondió.

Mi tía le quitó el teléfono.

Lo leyó.

Después me lo entregó.

Había una sola frase:

“La prueba de ADN está lista. El niño que esperabas no es de Ethan.”

Vanessa se derrumbó sobre la cama.

Ethan dejó caer el teléfono.

Y yo comprendí que el juramento no había sido el verdadero castigo.

Solo había abierto la puerta.

Porque ahora iba a descubrirse por qué Vanessa había pasado tres años acercándose a mi marido.

Y quién era realmente el hombre al que ella estaba protegiendo.

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