El abuelo Crane se acercó lentamente y extendió la mano.
—Dame el informe.
No se lo entregué.
—No.
Adrian me miró sorprendido.
—Nora…
—He pasado dos meses intentando entender qué ocurrió aquella noche. Ahora no voy a entregar mis pruebas a tu familia.
El anciano entrecerró los ojos.
—No quiero hacerte daño. Quiero evitar que alguien manipule esta situación.
—Entonces empiece por su nieto.
Adrian bajó la mirada.
Por primera vez no respondió.
Su abuelo observó el silencio entre nosotros y comprendió que había algo más.
—Adrian, ¿qué le dijiste a esta mujer?
Él apretó la mandíbula.
—No importa.
—Sí importa.
El anciano volvió a mirarme.
—¿Qué te dijo?
Respiré profundamente.
—Dijo que si la mujer de aquella noche estaba embarazada, no permitiría que el niño naciera.
La habitación quedó completamente silenciosa.
Uno de los hombres detrás del anciano bajó la mirada.
Adrian cerró los ojos.
—Estaba enfadado.
—No —respondí—. Estabas decidido.
Entonces ocurrió algo extraño.
El abuelo Crane se volvió hacia Adrian.
—¿Quién te dijo que fue una trampa?
Adrian levantó la cabeza.
—¿Qué?
—La noche de la fiesta. ¿Quién te aseguró que alguien te había drogado?
Adrian permaneció inmóvil.
—Los análisis mostraron sustancias en mi sangre.
—Eso no responde mi pregunta.
Su voz se volvió más fría.
—¿Quién pidió esos análisis?
Adrian no contestó.
El anciano miró a uno de sus guardaespaldas.
—Trae el expediente original.
Diez minutos después, apareció con una carpeta negra.
El abuelo la abrió sobre la mesa.
Revisó varias páginas.
Después encontró una fotografía.
La colocó frente a Adrian.
—Mira esto.
Adrian palideció.
Era una imagen de la fiesta.
Yo aparecía al fondo del salón.
Pero había alguien más detrás de mí.
Un hombre que ninguno de los dos había mencionado.
Adrian tomó la fotografía.
—¿Quién es?
El abuelo Crane respondió:
—El investigador privado que contrataste hace dos meses.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
Adrian levantó lentamente la vista.
—Eso es imposible.
—No lo es.
El anciano señaló la fecha.
—Esta fotografía fue tomada seis horas antes de aquella noche.
Luego sacó otro documento.
—Y aquí está la verdadera sorpresa.
Lo dejó sobre la mesa.
Era un informe médico.
Mi nombre aparecía en la primera línea.
Pero debajo había una anotación que me dejó paralizada.
“Paciente registrada en la clínica tres horas antes del inicio de la fiesta.”
Miré a Adrian.
—Yo nunca fui a esa clínica.
Él tampoco respiraba.
Entonces el abuelo Crane cerró la carpeta.
—Exactamente.
Hizo una pausa.
—Porque esa noche alguien utilizó tu identidad.
Adrian se quedó completamente inmóvil.
Y justo cuando pensé que por fin descubriríamos quién había organizado todo, su teléfono comenzó a sonar.
Miró la pantalla.
Su expresión cambió.
Era un número desconocido.
Contestó.
Una voz femenina susurró:
—Adrian, si quieres que tus hijos nazcan, deja de buscarme.
La llamada terminó.

Y entonces apareció un mensaje con una fotografía.
Era yo.
Dormida.
Tomada la misma noche de la fiesta.