—Pero empiecen por revisar si el señor Chen todavía puede pagar lo que acaba de prometer.
Nadie habló.
Adrian me miraba como si hubiera olvidado cómo respirar.
—Tú…
Su voz salió apenas como un susurro.
—¿Qué haces aquí?
Sonreí.
—Lo mismo que tú.
—Vine a comprar algo que quería.
El subastador miró alternativamente a los dos.
—Señora Sullivan, ¿confirma su última puja?
—Sí.
—Treinta millones exactos.
—Confirmo.
El encargado financiero de la subasta recibió una llamada.
Su expresión cambió rápidamente.
—Señor Chen, necesitamos verificar su capacidad de pago antes de continuar.
Adrian apretó los dientes.
—Mi banco puede confirmarlo inmediatamente.
Sacó el teléfono.
Intentó realizar una transferencia.
Falló.
Lo intentó otra vez.
Falló nuevamente.
—¿Qué demonios…?
Olivia se acercó.
—Adrian, ¿qué pasa?
Él la apartó con un gesto brusco.
—Cállate un segundo.
Su teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era su directora financiera.
Adrian contestó.
—¿Por qué no puedo mover los treinta millones?
La voz del otro lado era claramente audible para quienes estaban cerca.
—Señor Chen, la transferencia fue congelada.
—¿Quién la congeló?
Silencio.
—La señora Sullivan.
Adrian levantó lentamente la cabeza.
Me miró.
—¿Qué hiciste?
—Protegí mi dinero.
—¡Ese dinero era para mi proyecto!
—No.
Lo corregí tranquilamente.
—Era dinero que yo te transferí para tu proyecto.
Su rostro se endureció.
—Somos marido y mujer.
—Exactamente.
Levanté una ceja.
—Por eso esperaba que no utilizaras mi dinero para comprarle un diamante de treinta millones a tu cuñada.
Un murmullo recorrió el salón.
Olivia palideció.
—No es lo que parece.
La miré.
—Entonces explícalo.
No pudo responder.
Adrian dio un paso hacia mí.
—Podemos hablar en privado.
—No.
—Esto es un asunto familiar.
—No mientras estés gastando dinero de mi empresa en una subasta pública.
El subastador intervino con cautela.
—Señor Chen, necesitamos saber si mantiene su oferta.
Adrian cerró los ojos durante un segundo.
—No puedo pagarla ahora.
El silencio fue brutal.
El mismo hombre que minutos antes había sido presentado como el comprador más poderoso de la sala acababa de admitir que no podía cumplir su propia oferta.
El subastador se volvió hacia mí.
—Señora Sullivan, la pieza es suya.
Aplausos.
Yo no sonreí.
Miré el diamante rosa dentro de su vitrina.
Había esperado meses para comprarlo.
Pero en ese momento ya no me interesaba.
—No lo quiero.
El subastador quedó desconcertado.
—¿Señora?
—Retírelo de mi cuenta.
Adrian frunció el ceño.
—Entonces, ¿para qué hiciste todo esto?
Lo miré directamente.
—Para demostrarte que nunca fuiste dueño del poder que presumías.
Su expresión cambió.
—¿Qué quieres decir?
Saqué mi teléfono.
—Mira tus cuentas.
Su teléfono vibró inmediatamente.
Una notificación.
Después otra.
Después otra.
Todas sus tarjetas suplementarias habían sido bloqueadas.
La cuenta de inversión familiar también.
Y finalmente apareció un correo del consejo financiero de Chen Capital.
“Se suspende temporalmente la autorización de Adrian Chen para disponer de fondos corporativos vinculados a la participación de la señora Sullivan.”
Adrian se quedó inmóvil.
—No puedes hacer esto.
—Sí puedo.
—¡Soy el fundador!
—Y yo soy la accionista mayoritaria.
El salón quedó completamente en silencio.
Olivia dio un paso atrás.
—¿Accionista mayoritaria?
La miré.
—¿Nunca te lo contó?
Su rostro se volvió blanco.
Adrian cerró los puños.
—No aquí.
—¿Por qué?
—Porque no quiero discutir nuestro matrimonio delante de todos.
—Qué curioso.
Miré hacia Olivia.
—No parecías preocupado por nuestro matrimonio cuando estabas besándola.
Olivia comenzó a llorar.
—Adrian, yo no sabía que…
Él se volvió hacia ella.
—Cállate.
Fue la primera vez que vi miedo real en sus ojos.
No por haberme perdido.
Por haber perdido el dinero.
Me acerqué a él.
—Mañana recibirás los documentos.
—¿Qué documentos?
—Separación de bienes.
Su rostro perdió el color.
—¿Estás hablando de divorcio?
—No.
Hice una pausa.
—Estoy hablando de recuperar lo que es mío primero.
Saqué un sobre de mi bolso y lo dejé frente a él.
—Tu abogado ya recibió una copia.
Adrian no lo abrió.
—¿Desde cuándo preparaste esto?
—Desde que descubrí que tu supuesto viaje de negocios coincidía con las reservas de hotel de Olivia.
Ella dejó de llorar.
Me miró aterrorizada.
—Eso no…
—También tengo los registros de transferencias.
—Las conversaciones.
—Las reservas.
—Y los pagos que hiciste con mis tarjetas.
Adrian cerró los ojos.
Yo recogí mi bolso.
—Disfruten de la noche.
Di unos pasos.
Entonces escuché a Olivia detrás de mí.
—¡Espera!
Me detuve.
—¿Por qué haces esto?
Me giré.
Ella estaba llorando.
—Yo solo quería una vida mejor.
La miré durante unos segundos.
—Entonces debiste construirla con tu propio dinero.
Me marché.
Pero al llegar al ascensor, mi teléfono vibró.
Era mi directora financiera.
—Señora Sullivan, acabamos de detectar otra transferencia.
—¿De cuánto?
—Cincuenta millones.
Me detuve.
—¿A quién?
Hubo silencio.
—A una empresa registrada esta mañana.
—¿Quién es el beneficiario?
La respuesta hizo que mi expresión cambiara.
—Olivia Lin.
Miré hacia atrás.
Las puertas del ascensor comenzaron a cerrarse.
Y justo antes de que desapareciera el salón, vi a Adrian mirando su teléfono con una expresión de auténtico terror.
No había sido la primera vez que utilizaba mi dinero para ella.
Había algo mucho más grande detrás de aquellos treinta millones.
Y ahora que había congelado sus cuentas…
acababa de impedir que transfiriera los últimos cincuenta millones.
El problema era que nadie sabía todavía qué estaba intentando comprar con ese dinero.
Ni siquiera yo.

Hasta que mi directora financiera envió un segundo mensaje:
“Señora, conseguimos la factura.”
“Los cincuenta millones no eran para Olivia.”
“Eran para comprar una participación de control en una empresa que pertenece a usted.”