No tardé ni cinco minutos en escuchar los golpes en la puerta del baño.
—Valeria, abre.
Era la voz de Gabriel.
La misma voz que en mi vida anterior escuché decir que mi sacrificio “era necesario”.
La misma voz que me sostuvo la mano mientras firmaban documentos falsos con mi nombre.
Abrí la puerta lentamente.
No porque necesitara ayuda.
Sino porque quería ver su reacción.
Gabriel me miró.
Sus ojos bajaron a mi rostro pálido, a mis labios hinchados y a las marcas rojas que comenzaban a extenderse por mi cuello.
Por un instante, pareció preocupado.
Pero entonces miró la lonchera sobre la mesa.
Y su expresión cambió.
Demasiado rápido.
—¿Qué comiste?
Su pregunta no fue:
“¿Estás bien?”
Fue:
“¿Qué comiste?”
Sonreí débilmente.
—El arroz que preparó mamá.
Teresa, que estaba detrás de él, se apresuró a hablar.
—No exageres. Solo comió un poco. Siempre ha sido muy sensible.
Camila levantó la cabeza desde la cama.
—Gabriel, no culpes a la señora. Ella solo quería cuidar de Valeria.
La frase era exactamente la misma.
Suave.
Inocente.
Calculada.
En mi vida anterior, esas palabras habían hecho que todos me miraran como una mujer ingrata.
Pero esta vez no.
Porque yo ya sabía la verdad.
Gabriel caminó hacia mí.
—Vamos al centro médico.
Casi me reí.
Centro médico.
El mismo lugar donde me quitaron un órgano contra mi voluntad.
Negué lentamente.
—No.
Él frunció el ceño.
—Valeria, no es momento para discutir.
—Entonces llama una ambulancia.
Hubo un segundo de silencio.
Teresa palideció.
Porque ella sabía algo.
Una ambulancia significaba registros.
Cámaras.
Personal independiente.
Preguntas.
Gabriel también lo entendió.
—No hace falta llamar a nadie. La familia Cruz tiene médicos aquí.
Lo miré directamente.
—Precisamente por eso.
Su expresión se endureció.
—¿Qué quieres decir?
Antes de responder, las puertas de la habitación se abrieron.
Nora entró con dos paramédicos detrás.
Todos se quedaron inmóviles.
Teresa dio un paso atrás.
—¿Quién autorizó esto?
Nora ni siquiera la miró.
—Yo.
Se acercó a mí y revisó mis signos.
Después miró la comida sobre la mesa.
Su rostro cambió.
—¿Qué comiste?
—Arroz con apio.
El silencio fue inmediato.
Nora levantó la vista.
—Ella es alérgica al apio.
Gabriel miró a su madre.
Por primera vez aquella noche, pareció confundido.
—Mamá lo sabía.
Teresa abrió la boca.
—Yo… pensé que exageraba.
Nora sacó su teléfono.
—Tengo registrada su alergia desde hace años.
Después miró a Gabriel.
—¿Usted no lo sabía?
Gabriel quedó callado.
Claro que lo sabía.
Yo se lo había contado el día después de nuestra boda.
También le dije que siempre llevaba medicamentos conmigo.
También le dije que tenía miedo de morir por una reacción accidental.
Pero ahora fingía haberlo olvidado.
Los paramédicos comenzaron a atenderme.
Mientras me sentaban en la camilla, vi cómo Camila observaba la escena.
Ya no parecía enferma.
Parecía preocupada.
Pero no por mí.
Por el plan.
—Gabriel…
Su voz era débil.
—Mi trasplante…
Ahí estaba.
La verdadera prioridad.
No mi vida.
No mi alergia.
Su trasplante.
Gabriel giró hacia ella.
Y durante una fracción de segundo, olvidó ocultarlo.
Su mirada fue primero hacia Camila.
Después hacia mí.
Ese pequeño movimiento fue suficiente.
Ya no necesitaba más pruebas.
La ambulancia llegó.
Antes de salir, miré a Teresa.
—Mamá.
Ella se tensó al escuchar esa palabra.
—Gracias por la comida.
Su rostro mostró una pequeña satisfacción.
Hasta que añadí:
—Ahora todos sabrán qué había dentro.
La sonrisa desapareció.
Tres horas después, estaba en una habitación de observación.
Nora se sentó frente a mí con una carpeta.
—Valeria, encontré algo.
La miré.
—¿Qué?
Abrió el expediente médico de Camila.
—Su compatibilidad para trasplante no fue una casualidad.
Sentí que mis dedos se enfriaban.
—Explícate.
Nora sacó varios documentos.
—Hace meses comenzaron a preparar pruebas de compatibilidad entre familiares cercanos de Gabriel y Camila.
Mi respiración se detuvo.
—Pero Camila no es familia.
Nora negó.
—Exacto.
Hizo una pausa.
—Porque la persona que autorizó esas pruebas no fue Camila.
Fue Gabriel.
Miré los papeles.
Allí estaba su firma.
La misma firma que en mi vida anterior apareció en el consentimiento falso de donación.
Pero esta vez había una diferencia.
Yo estaba viva.
Y tenía pruebas.
Mi teléfono vibró.
Era un mensaje de Gabriel.
“Tenemos que hablar.”
Lo abrí.
Solo había una frase.
“¿Por qué le dijiste a Nora que llamara una ambulancia?”
Sonreí.
No preguntó si estaba bien.
No preguntó si iba a sobrevivir.
Preguntó por qué arruiné su plan.
Entonces respondí:
“Porque esta vez mi cuerpo no será tu regalo para otra mujer.”
Tres segundos después apareció:
“¿Qué quieres decir?”
Miré la pantalla.
Y por primera vez desde que regresé, sentí que el miedo había cambiado de lado.
Escribí una última respuesta.
“Pregúntale a tu madre por qué intentó matarme.”
En ese momento, la puerta de la habitación se abrió.
Gabriel entró.

Pero no venía solo.
Detrás de él estaba Teresa.
Y por la expresión de ambos entendí algo.
Ya sabían que la verdad estaba a punto de salir.