Mariana permanecía sentada en la banca cuando el celular vibró.
Miró la pantalla.
Número desconocido.
Pensó en ignorarlo.
Contestó solo porque ya no esperaba nada de aquel día.
—¿Señora Mariana Ríos?
—Sí.
—Habla Laura Cárdenas, de Aerolíneas Ejecutivas del Centro. Disculpe la hora. Necesitamos confirmar un detalle sobre el vuelo de mañana.
Mariana frunció el ceño.
—Creo que se equivocó.
Hubo un breve silencio.
—¿No es usted la autorizada para aprobar las operaciones del jet XA-MRL?
Ella sintió un pequeño vuelco en el estómago.
Ese código le resultaba familiar.
Muy familiar.
—¿Puede repetir la matrícula?
La mujer lo hizo.
No había duda.
Era el avión privado que Rodrigo utilizaba para viajar con inversionistas.
Mariana respiró despacio.
—¿Por qué me llaman a mí?
—Porque desde hace cuatro años usted figura como contacto principal para cualquier autorización extraordinaria.
Ella cerró los ojos unos segundos.
Rodrigo jamás había cambiado aquel registro.
—¿Qué necesitan?
—El señor Montiel solicitó un vuelo a Miami mañana a las siete de la mañana.
Pero existe un saldo pendiente muy importante.
Sin su autorización no podemos liberar la aeronave.
Mariana permaneció completamente inmóvil.
—¿Qué saldo?
La empleada consultó el expediente.
—Una deuda acumulada por servicios de mantenimiento, combustible y horas de vuelo.
Monto total: dieciocho millones cuatrocientos mil pesos.
Mariana no respondió.
Escuchó únicamente el ruido del tráfico alrededor.
Dieciocho millones.
Rodrigo siempre repetía que todo estaba pagado.
Que la empresa jamás tenía deudas.
La voz del otro lado volvió a escucharse.
—¿Señora?
—Sí.
—¿Desea autorizar el vuelo?
Mariana hizo una sola pregunta.
—¿Quién firmó esos contratos?
—Un momento.
La mujer revisó el sistema.
—Según el expediente…
Los firmó el señor Rodrigo Montiel.
Pero existe una garantía adicional registrada a nombre de la señora Mariana Ríos.
Ella sintió que el corazón latía con fuerza.
—¿Una garantía?
—Sí.
Por eso debemos comunicarnos con usted antes de iniciar cualquier procedimiento de cobro.
Mariana agradeció la llamada.
No autorizó nada.
Colgó lentamente.
Permaneció varios minutos mirando la pantalla apagada.
No entendía cómo podía aparecer su nombre en una garantía que jamás recordaba haber firmado.
Entonces recordó.
Tres años atrás.
Rodrigo le había pedido firmar un paquete de documentos antes de salir hacia Monterrey.
“Son papeles rutinarios de la empresa.”
Ella había confiado.
Como tantas otras veces.
En ese momento volvió a sonar el teléfono.
Esta vez aparecía un nombre conocido.
Arturo Benítez.
El abogado que había trabajado durante años con la empresa familiar de Mariana.
Contestó.
—Licenciado.
—Por fin respondes.
Te he estado buscando desde la mañana.
—¿Qué ocurre?
El hombre habló con un tono inusualmente serio.
—¿Ya firmaste el divorcio?
Mariana guardó silencio unos segundos.
—Sí.
—Necesito que me escuches con mucha atención.
No firmes ningún documento más.
Y no aceptes ninguna negociación privada con Rodrigo.
Ella frunció el ceño.
—¿Por qué?
El abogado respiró hondo.
—Porque acabo de descubrir algo que cambia completamente tu situación.
Mariana apretó el teléfono.
—¿Qué descubriste?
—Durante doce años tú apareciste como aval solidaria de varias operaciones financieras.
Ella sintió un escalofrío.
—Nunca acepté eso.
—Lo sé.
Por eso revisé los expedientes.
Hubo otra pausa.
—Mariana…
Hay firmas tuyas que no coinciden con las originales.
El silencio fue absoluto.
—¿Estás diciendo que…
—Sí.
Existe la posibilidad de que hayan falsificado tu firma en varios contratos.
Mariana apoyó lentamente la cabeza contra el respaldo de la banca.
Por primera vez desde que salió del edificio de Santa Fe dejó escapar una sonrisa.

No de alegría.
De comprensión.
Rodrigo creía haberla dejado en la calle con 38,740 pesos y sin llaves.
Lo que no sabía era que, si aquellas firmas resultaban falsas…
El problema ya no sería un divorcio.
Sería explicar ante un juez quién había utilizado durante años el nombre de su propia esposa para respaldar deudas millonarias que ahora estaban empezando a salir a la luz.