Nathan no entró.
Se quedó detrás de la puerta mientras el latido llenaba la habitación.
La doctora miró la pantalla.
—Dieciséis semanas. Todo parece evolucionar bien.
Vi cómo Nathan hacía el cálculo.
Dieciséis semanas.
Nos habíamos divorciado hacía ocho.
Su rostro perdió el poco color que le quedaba.
Cuando terminé, lo encontré esperándome en el pasillo.
—Es mío.
No era una pregunta.
—Biológicamente, probablemente sí.
Sus ojos se endurecieron.
—¿Probablemente?
—Ser padre requiere algo más que matemáticas, Nathan.
Intentó hablar, pero una mujer salió de la consulta donde lo había visto antes.
Era Claire.
El nombre que Nathan había pronunciado aquellas noches.
Se me helaron las manos.
Claire me observó y luego miró mi vientre.
—Así que eres Emma.
Nathan se interpuso inmediatamente.
—Claire, ahora no.
Solté una pequeña risa.
—No hace falta. Ya entendí.
Me marché.
Esta vez Nathan no me detuvo.
Esa noche recibí una llamada de Lucas.
—Señorita Carter, hay algo que debería saber.
Quise colgar.
Entonces dijo:
—El señor Shaw no pidió el divorcio por Claire.
Me quedé inmóvil.
Lucas explicó que Claire era la hermana menor de Nathan.
Media hermana.
La familia había ocultado su existencia durante años debido a un antiguo conflicto familiar.
—Entonces ¿por qué decía su nombre cuando estaba conmigo?
Lucas guardó silencio.
—Porque Claire estuvo desaparecida durante meses. El señor Shaw la estaba buscando.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Y por qué nunca me lo dijo?
—Porque alguien le hizo creer que usted había filtrado información sobre ella.
Abrí lentamente los ojos.
—¿Quién?
Antes de responder, escuché golpes en mi puerta.
Nathan.
Traía una carpeta.
—Emma, necesito enseñarte algo.
Dentro estaban los documentos de nuestro divorcio.
Pero debajo había otro expediente.
Una investigación privada fechada seis meses antes de nuestra separación.
En la primera página aparecía mi fotografía.
Y una acusación:
“Emma Carter proporcionó información sobre Claire Shaw a terceros.”
—Yo nunca hice eso.
—Ahora lo sé.
Nathan pasó varias páginas hasta mostrarme una transferencia electrónica.
La cuenta desde donde supuestamente se había pagado por aquella información estaba registrada a mi nombre.
Pero la firma de autorización no era mía.
Reconocí aquella letra inmediatamente.
Había visto esa firma cientos de veces durante nuestro matrimonio.
Levanté la mirada.
—Nathan…
Él cerró los ojos.
—Sí.

La persona que había convencido a Nathan de que yo había traicionado a su familia era alguien que tenía acceso a nuestras cuentas, nuestra casa y nuestros documentos.
Su propia madre.