No dormí aquella noche.
No porque tuviera miedo de morir.
Sino porque por primera vez entendí que el hombre que dormía a pocos metros de mí había planeado mi desaparición con la misma tranquilidad con la que alguien planea unas vacaciones.
A las 12:45 de la madrugada, Sebastián volvió al camarote.
Entró sonriendo.
La misma sonrisa que había usado cuando me pidió matrimonio frente al lago.
La misma sonrisa que había engañado a todos.
—¿Te sientes mejor, amor?
Lo miré desde la cama fingiendo debilidad.
—Un poco.
Se acercó y me acarició el cabello.
Si no hubiera escuchado sus palabras unas horas antes, habría pensado que era un esposo preocupado.
—Mañana veremos el amanecer juntos —susurró.
Casi me reí.
Mañana.
Él hablaba del mañana como si yo fuera a existir en él.
Esperé hasta que salió del camarote.
Entonces miré a Lucía.
—Necesito salir viva de este barco.
Ella asintió.
—Y necesitamos pruebas suficientes para que ninguno pueda escapar.
Abrí mi computadora.
Durante los últimos meses había trabajado con mi padre en la expansión de nuestra empresa familiar. Sabía cómo proteger información importante, cómo crear respaldos y cómo dejar rastros imposibles de borrar.
Lo que Sebastián no sabía era que yo no era una esposa rica e ingenua.
Era la hija de un hombre que me enseñó desde pequeña a desconfiar de los contratos demasiado perfectos.
Revisé nuevamente los documentos de su teléfono.
Había transferencias.
Había nombres.
Había cuentas ocultas.
Pero había algo más.
Una carpeta llamada:
“Proyecto Mendoza”.
Sentí que el corazón se me detuvo.
Dentro había fotografías de mi padre.
De mi madre.
De nuestra casa.
Habían estado investigándonos durante meses.
No querían solamente mi dinero.
Querían controlar todo nuestro patrimonio familiar.
Lucía miró la pantalla.
—Dios mío…
Seguí revisando.
Encontré mensajes entre Sebastián y Ricardo.
“Después de Valeria, el padre será fácil de presionar”.
“Si el accidente ocurre en carretera, parecerá mala suerte”.
Mi respiración se volvió fría.
No era un asesinato impulsivo.
Era un plan.
Un negocio.
Una estrategia.
A las 1:40 envié el último archivo al correo programado.
Destino:
Mi padre.
Mi abogado.
Un periodista de investigación que había trabajado con nuestra familia años atrás.
Si algo me pasaba, todo saldría automáticamente.
Entonces escuchamos un ruido.
Pasos.
Sebastián.
Lucía apagó la pantalla rápidamente.
La puerta se abrió.
—¿Con quién estabas hablando?
Su voz había cambiado.
Ya no era dulce.
Ya no fingía.
Era la voz de un hombre que creía tener el control.
—Con nadie.
Se acercó.
Me miró fijamente.
Durante unos segundos pensé que sabía todo.
Pero entonces sonrió.
—Es hora de salir a cubierta.
Sentí un escalofrío.
Era el momento.
La misma hora que habían elegido para terminar conmigo.
Me levanté lentamente.
—Necesito tomar aire.
Sebastián sonrió satisfecho.
—Eso pensé.
Subimos las escaleras.
El mar estaba completamente oscuro.
El viento golpeaba fuerte.
Ricardo esperaba junto a la barandilla.
Elena estaba detrás de él.
Los tres me miraban como si ya estuviera muerta.
—Qué noche tan bonita —dijo Elena.
La observé.
La mujer que me había llamado hija.
La mujer que me había servido sopa mientras escondía medicamentos en mi comida.
—¿Sabes algo, Elena?
Ella levantó una ceja.
—¿Qué?
Sonreí.
—Siempre me pregunté por qué una familia con tanto dinero necesitaba robarle a una persona que acababa de casarse.
El rostro de Sebastián cambió.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
—¿Qué dijiste?
Saqué mi teléfono del bolsillo.
El silencio cayó sobre la cubierta.
—Dije que escuché todo.
Ricardo dio un paso hacia mí.
—No sabes lo que estás haciendo.
—Sí lo sé.
Presioné un botón.
La grabación comenzó a reproducirse.
La voz de Elena llenó la cubierta.
“Si despierta cuando la tires, no la dejes gritar…”
El color desapareció del rostro de todos.
Sebastián se quedó inmóvil.
Por primera vez lo vi asustado.
Pero entonces hizo algo que nunca esperaba.
Miró hacia Lucía.
Y sonrió.
—Creo que tenemos otro problema.
Me giré.
Lucía estaba junto a la puerta.
Y detrás de ella había dos hombres de la tripulación.
Mi corazón se hundió.
Porque entendí algo terrible.
Sebastián no había descubierto mi grabación.
Había descubierto a Lucía.
Y ahora ella estaba rodeada.
—Valeria —dijo Sebastián lentamente—. Creo que deberías escuchar la otra parte de la historia.
Sacó un teléfono del bolsillo.
Abrió una fotografía.
Y me la mostró.
Era una imagen de mis padres.
Entrando a un automóvil.
El mismo automóvil que él había mencionado.
La fecha era de esa misma mañana.
Mi sangre se congeló.
—¿Qué les hiciste?
Sebastián sonrió.
—Nada todavía.
Se acercó.
—Pero ahora depende de ti.
El mar golpeaba contra el barco.
La grabación seguía sonando.
Y en ese momento comprendí que mi batalla no era solo sobrevivir a una familia de criminales.
Era salvar a las dos personas que me habían enseñado a luchar.
Mis padres.
Sebastián guardó el teléfono.
—Apaga esa grabación, Valeria.
—O mañana no tendrás a quién volver a ver.