PARTE 2: LA PÁGINA TRES

La doctora dejó la hoja sobre la mesa.

Emilio la tomó con manos temblorosas.

Leyó la primera línea.

Después la segunda.

Su rostro perdió todo el color.

—No… —susurró.

Sofía se acercó.

—¿Qué dice?

Emilio no respondió.

Le arrebaté la hoja.

No entendía los términos médicos, pero sí comprendí una palabra que aparecía resaltada en la parte inferior.

Incompatibilidad.

La doctora Herrero habló con calma.

—La muestra genética de Lucía no coincide con la del señor Navarro como padre biológico.

Mi madre dejó de sonreír.

Sofía palideció.

—Eso es imposible.

—No lo es —respondió la doctora—. Repetimos el análisis tres veces.

Emilio levantó la mirada.

—¿Está diciendo que Lucía no es mi hija?

—Estoy diciendo que los resultados no respaldan esa paternidad.

El silencio fue absoluto.

Entonces Lucía, que había permanecido junto a su madre, comenzó a llorar.

—Mamá…

Sofía se arrodilló frente a ella.

—No pasa nada, cariño.

Pero sus manos temblaban.

Emilio retrocedió lentamente.

Me miró.

—Rocío…

No dije nada.

Él dejó caer la hoja.

—Yo nunca supe esto.

La doctora abrió nuevamente la carpeta.

—Hay algo más.

Todos volvieron a mirarla.

—La muestra utilizada para el estudio de compatibilidad no solo permitió confirmar que Rocío era una donante adecuada.

Hizo una pausa.

—También reveló una discrepancia en la información genética registrada anteriormente en el expediente de Lucía.

Sofía levantó la cabeza.

—¿Qué significa?

—Que alguien proporcionó información médica incorrecta.

Mi madre dio un paso atrás.

Por primera vez parecía asustada.

Emilio miró hacia ella.

—Mamá…

Ella negó con la cabeza.

—No me mires así.

Sofía comenzó a llorar.

—¿Qué hiciste?

—¡Nada!

Su grito hizo que la enfermera que esperaba fuera de la habitación entrara inmediatamente.

La doctora Herrero cerró la carpeta.

—La investigación corresponde a las autoridades y al hospital. Nosotros solo podemos documentar lo que encontramos.

Entonces miró a Emilio.

—Pero hay algo que debería hacer antes de firmar esos papeles.

Él levantó la vista.

—¿Qué?

La doctora señaló el divorcio.

—No firme nada hasta que consulte a un abogado.

Emilio se quedó inmóvil.

Yo tomé lentamente el sobre y lo aparté de mi cama.

—Ya no voy a firmarlo.

Mi madre abrió los ojos.

—Rocío…

La miré.

—Doné parte de mi médula para salvar a una niña que creía que era mi sobrina.

Miré a Sofía.

—Y mientras yo estaba conectada a máquinas, ustedes preparaban mi divorcio.

Sofía bajó la cabeza.

—Yo no sabía que…

—No.

La interrumpí.

—Tú sabías exactamente lo que estabas haciendo.

Emilio intentó acercarse.

—Ro, por favor.

—No me llames así.

Se detuvo.

Nunca había visto lágrimas en sus ojos.

Pero tampoco me importó.

La doctora recogió la carpeta.

—Necesito hablar con ustedes fuera.

Mi madre intentó seguirla.

Antes de salir, la doctora se volvió hacia mí.

—Rocío, hay una última cosa.

—¿Qué?

—La página cuatro contiene los resultados de la segunda prueba genética.

Frunció el ceño.

—Y esos resultados son todavía más importantes que los de la página tres.

La puerta se cerró detrás de ellos.

Me quedé sola.

Por primera vez desde que entraron, pude respirar.

Entonces mi teléfono vibró.

Era un número desconocido.

Abrí el mensaje.

Solo decía:

“Rocío, no confíes en Emilio. Él no es el único que te ha mentido.”

Debajo había una fotografía.

Era una imagen tomada once años atrás.

Aparecían Sofía, Emilio y mi madre.

Los tres estaban frente a una clínica.

Y detrás de ellos había un hombre que reconocí inmediatamente.

Mi padre.

El hombre que todos me habían dicho que había muerto ocho años antes.

Mi mano comenzó a temblar.

Entonces llegó otro mensaje.

“Tu padre sigue vivo.”

Y debajo, una dirección.

Una clínica privada en las afueras de Madrid.

Miré la pantalla durante varios segundos.

Mi marido acababa de descubrir que la niña no era suya.

Mi hermana acababa de quedar atrapada en una mentira que podía destruirla.

Y ahora yo acababa de descubrir que mi propia familia llevaba ocho años ocultándome que mi padre seguía con vida.

La venganza ya no era suficiente.

Quería saber toda la verdad.

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