El anciano permaneció unos segundos en silencio.
El viento movía las flores secas sobre la tumba de Camila mientras el panteón seguía casi vacío.
—¿Qué recado? —pregunté, sintiendo que la voz apenas me salía.
El sepulturero volvió a colocarse el sombrero.
—No me mire así. Yo tampoco creo en estas cosas. Llevo más de treinta años trabajando aquí. He visto miles de entierros y jamás me había pasado algo parecido.
Se acercó despacio.
—El día que la enterraron, cuando todos ya se habían ido, encontré esto sobre la tierra.
Metió la mano en el bolsillo de su chamarra y sacó un pequeño sobre blanco, ligeramente húmedo por la lluvia.
Reconocí la letra antes incluso de leer el nombre escrito al frente.
“Para Diego.”
Sentí que el corazón dejaba de latir por un instante.
—Eso… eso es imposible.
—Eso mismo pensé yo.
El hombre me entregó el sobre.
—Nadie se acercó a la tumba después del entierro. Cuando regresé a cerrar el panteón, estaba ahí.
Mis manos temblaban mientras rompía el sello.
Dentro había una hoja doblada.
Era una lista.
La misma clase de listas que Camila hacía para todo.
Solo tenía cuatro líneas.
“Vestido.”
“Anillos.”
“Flores.”
Y al final, una frase escrita con más fuerza que las demás:
“No fue un accidente.”
Levanté la vista de golpe.
—¿Quién puso esto aquí?
El sepulturero negó lentamente.
—Ojalá pudiera responderle.
Volví a mirar el papel.
La caligrafía era inconfundible.
Había visto esas letras cientos de veces en las notas que Camila dejaba pegadas al refrigerador, en las tarjetas de cumpleaños y en la libreta donde organizaba cada detalle de nuestra boda.
No podía ser una casualidad.
Pero tampoco podía entender cómo había llegado hasta allí.
—Hay algo más —dijo el anciano.
Sacó una pequeña bolsa de plástico transparente.
Dentro había un delicado broche plateado con forma de flor.
Lo reconocí al instante.
Era el broche que sujetaba el velo de novia de Camila durante la última prueba del vestido.
—Lo encontré junto al muro de la casa de sus padres la mañana después de la caída. Pensé que algún familiar vendría a reclamarlo, pero nadie lo hizo.
Lo tomé con cuidado.
En uno de los pétalos había una diminuta mancha oscura.
No parecía tierra.
Parecía pintura.
O tal vez…
grasa de maquinaria.
Mi respiración se aceleró.
En la azotea no había ningún vehículo.
No había motores.
No había herramientas del taller.
Entonces, ¿cómo había llegado aquella sustancia hasta el broche?
Guardé la bolsa en el bolsillo sin decir una palabra.
El sepulturero me observó con seriedad.
—Muchacho… hay personas que descansan en paz.
Y hay otras que dejan preguntas porque alguien todavía les debe la verdad.
Antes de marcharse, señaló la tumba con un leve movimiento de cabeza.
—Si de verdad la amó, no cargue solo con la culpa.
Averigüe primero qué fue lo que pasó aquel día.
Me quedé completamente solo frente a la lápida.
Por primera vez desde el funeral, una idea atravesó el dolor.
¿Y si durante siete días todos habíamos llorado una tragedia… sin preguntarnos si realmente conocíamos la historia completa?
Apreté el sobre contra el pecho.
En ese momento sonó el teléfono público que estaba junto a la entrada del panteón.

El sepulturero ya se había alejado.
No había nadie más.
El timbre insistía una y otra vez.
Cuando descolgué, una voz de hombre susurró apenas unas palabras:
—No busques en la azotea.
Busca a quien subió con ella.