PARTE 2: EL HOMBRE QUE CREYÓ QUE YO SEGUIRÍA ESPERANDO

La reunión terminó dos horas después.

Todos comenzaron a salir lentamente, pero yo no me moví.

Guardé mis documentos con calma, uno por uno.

No tenía prisa.

Después de siete años aprendí algo importante.

Cuando una persona pierde algo que daba por seguro, lo primero que busca no es recuperarlo.

Busca entender cuándo dejó de tenerlo.

—Elena.

La voz de Julián llegó detrás de mí.

No me sorprendió.

Sabía que tarde o temprano intentaría hablar.

Me giré.

—¿Sí?

Él parecía incómodo.

Algo extraño en un hombre que podía dirigir cientos de soldados sin dudar.

—¿Podemos hablar?

Miré el reloj.

—Tengo una reunión en veinte minutos.

—Solo serán unos minutos.

Acepté con un gesto.

Caminamos hasta el pasillo exterior del edificio.

El viento movía ligeramente las banderas militares.

Durante unos segundos, ninguno habló.

Finalmente Julián dijo:

—Escuché que trabajas para el Departamento de Investigación Estratégica.

—Sí.

—Ascendiste rápido.

—Trabajé mucho.

Asintió.

Como si esa respuesta confirmara algo que ya sabía.

—Siempre supe que eras capaz.

Sonreí ligeramente.

—Curioso.

Frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Que durante ocho años me pediste esperar porque decías que mi carrera no podía ir primero.

Su expresión cambió.

—Eso no es justo.

—¿No?

Lo miré.

—Cuando quería aceptar una misión internacional, me dijiste que una futura esposa de un oficial debía pensar en la familia.

Silencio.

—Cuando quería estudiar una especialización, me dijiste que no era el momento porque afectaría nuestra relación.

—Elena…

—Pero cuando Camila necesitó protección, encontraste tiempo para casarte con ella.

Sus labios se apretaron.

—Ya te expliqué esa situación.

—Sí.

Asentí.

—La explicaste tantas veces que casi lograste convencerme de que yo era la egoísta.

Julián bajó la mirada.

Por primera vez en mucho tiempo parecía no tener una respuesta preparada.

—Pensé que entenderías.

Esa frase.

Siempre esa frase.

Pensé que entenderías.

Como si amar a alguien significara aceptar cualquier cosa.

Como si mi paciencia fuera una obligación.

—Julián.

Levanté la vista.

—¿Sabes qué fue lo más doloroso?

Él me miró.

—No fue el certificado.

—No fue Camila.

—No fue el dinero.

Hice una pausa.

—Fue descubrir que tú sí eras capaz de elegir a alguien.

El silencio cayó entre nosotros.

—Durante ocho años pensé que no estabas listo para casarte.

Mi voz permaneció tranquila.

—Pero sí estabas listo.

—Solo no conmigo.

Julián abrió la boca.

Pero no salió nada.

Entonces escuchamos pasos.

Una voz femenina apareció detrás de nosotros.

—General Álvarez.

Ambos nos giramos.

Camila Soto estaba allí.

Uniforme impecable.

Cabello recogido.

La misma mujer de la fotografía de aquel certificado.

Me miró.

Luego miró a Julián.

—¿Interrumpo algo?

—No —respondí antes que él.

Camila me observó unos segundos.

Luego sonrió suavemente.

—Elena.

—He escuchado mucho sobre ti.

Levanté una ceja.

—Espero que haya sido algo bueno.

Su sonrisa desapareció apenas.

—Julián siempre dijo que eras la persona que más lo entendía.

Qué frase tan interesante.

La persona que más lo entendía.

No la persona que más amaba.

No la persona con quien quería estar.

Solo la que entendía.

—Me alegra que haya tenido a alguien que pudiera ayudarlo —dije.

Camila pareció confundida.

Quizá esperaba enojo.

Celos.

Una escena.

No encontró nada.

Porque la mujer que ella tenía delante ya no era la chica que esperaba una propuesta número cien.

Era alguien que había aprendido a caminar sola.

—Elena —dijo Julián de repente—, ¿de verdad nunca pensaste en volver?

La pregunta me sorprendió.

No porque fuera difícil.

Porque era absurda.

—¿Volver?

Él asintió.

—Después de que te fuiste, pensé que necesitabas tiempo.

Solté una pequeña risa.

—Julián.

Lo miré directamente.

—Yo no me fui para que me buscaras.

—Me fui porque entendí que ya no quería quedarme.

Su rostro perdió algo de color.

—Pero todos estos años…

—¿Qué?

No terminó la frase.

Yo sí.

—¿Pensaste que seguía esperando?

Silencio.

Y su silencio respondió por él.

Había vivido siete años creyendo que yo estaba congelada en el mismo lugar donde me dejó.

Que algún día volvería.

Que cuando terminara de salvar a otra persona, yo seguiría allí.

Esperando.

—Lo siento.

Fue la primera vez que escuché esas palabras de su boca.

Pero llegaron demasiado tarde.

—No necesitas disculparte.

Guardé mi carpeta.

—Solo necesitas aceptar que algunas personas dejan de esperar.

Me di la vuelta.

Di dos pasos.

Entonces Julián habló otra vez.

—Elena.

Me detuve.

—¿Estás casada?

La pregunta salió más rápido de lo que él esperaba.

Lo miré por encima del hombro.

—Sí.

Su rostro cambió.

Fue apenas un instante.

Pero lo vi.

Sorpresa.

Dolor.

Incredulidad.

—¿Cuándo?

—Hace tres años.

—¿Quién es él?

Sonreí.

No porque quisiera herirlo.

Sino porque por primera vez la respuesta no tenía nada que ver con él.

—Alguien que no necesitó noventa y nueve propuestas para saber que quería elegirme.

Me fui.

No escuché qué respondió.

No necesitaba hacerlo.

Porque siete años antes, cuando cerré la puerta de aquella casa militar, pensé que estaba perdiendo al hombre de mi vida.

Ahora entendía la verdad.

No había perdido a Julián Álvarez.

Me había recuperado a mí misma.

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