PARTE 2: LA DUEÑA ABRIÓ LA PUERTA

Los golpes no cesaban.

—¡Abre ahora mismo! —gritó Mónica desde el pasillo—. ¡No puedes esconderte después de lo que hiciste!

Camila respiró hondo antes de retirar la cadena.

La puerta se abrió apenas unos centímetros.

Mónica entró sin pedir permiso, seguida por Arturo, que parecía haber envejecido diez años en solo unas horas.

—¿Dónde están los documentos? —espetó Mónica—. ¡Revierte esa transferencia inmediatamente!

Camila cerró la puerta con calma.

—Buenas noches para ustedes también.

—¡No juegues conmigo! —Mónica dio un paso al frente—. Ese hotel es de Arturo. Tú manipulaste a un abogado para robarle.

Camila dejó la carpeta sobre la mesa del comedor.

—¿Robar?

—Exactamente.

—Entonces mañana mismo puedes denunciarme.

El silencio cayó unos segundos.

Mónica esperaba lágrimas, disculpas o miedo.

No esperaba serenidad.

—No te hagas la inteligente —continuó—. Mauricio siempre trabajó para esta familia. Lo obligaste a falsificar documentos.

Camila tomó su teléfono y pulsó un botón.

La pantalla mostró la videollamada entrante.

—Buenas noches, licenciada Camila —saludó Mauricio desde su despacho—. Ya quedó inscrita la sustitución del fideicomiso. El Registro confirmó la actualización de la administración patrimonial y la cancelación de los poderes anteriores.

Mónica palideció.

—¿Qué… qué está diciendo?

Mauricio respondió con absoluta tranquilidad.

—Que desde las nueve dieciséis de esta noche la única administradora con facultades plenas es la señora Camila Serrano.

La llamada terminó.

Durante unos segundos solo se escuchó el zumbido del refrigerador.

Mónica volvió lentamente la mirada hacia Arturo.

—Dile que eso no puede hacerse.

Arturo no respondió.

Porque sabía que sí podía.

Él mismo había firmado aquel fideicomiso hacía casi treinta años, cuando Elena insistió en proteger el patrimonio familiar “por si algún día alguien olvidaba por qué se construyó este hotel”.

Nunca imaginó que esas palabras terminarían apuntándolo a él.

—Arturo… habla.

El hombre se dejó caer en una silla.

—Elena nunca confió completamente en mí después del accidente financiero del noventa y nueve.

Camila levantó la vista.

Era la primera vez que su padre admitía aquello.

—Por eso creó el fideicomiso —continuó él con la voz quebrada—. Yo podía administrar el negocio… pero cuando tú cumplieras veintiocho años, todo pasaría legalmente a tus manos.

Mónica abrió los ojos con incredulidad.

—¿Lo sabías?

Arturo tardó varios segundos en contestar.

—Sí.

El apartamento quedó completamente en silencio.

Camila sintió algo peor que la rabia.

Decepción.

—Entonces sabías que esta noche podían echar a la verdadera propietaria del hotel delante de todo el mundo…

Arturo bajó la cabeza.

—…y no dijiste una sola palabra.

No hubo respuesta.

Porque no existía ninguna que pudiera justificarlo.

Mónica comenzó a caminar nerviosa por la sala.

—Esto tiene solución.

Sacó una silla y se sentó frente a Camila.

Su tono cambió de golpe.

La arrogancia desapareció.

—Mira… las dos empezamos mal. Somos familia. Podemos hablar como adultas.

Camila casi sonrió.

Hacía veinte minutos la llamaba ladrona.

Ahora la llamaba familia.

—No necesito discutir —respondió Camila—. Los documentos ya están inscritos.

—Pues los firmas otra vez.

—No.

—¿Quieres dinero?

—No.

—¿Un porcentaje mayor?

Camila negó con la cabeza.

—No estoy negociando.

Mónica golpeó la mesa.

—¡No puedes destruir todo por un malentendido!

—¿Un malentendido?

Camila la miró fijamente.

—Me sacaste de un hotel que pertenecía a mi madre.

Hizo una breve pausa.

—Delante de cientos de personas.

Nadie habló.

—No fue un malentendido.

Fue una decisión.

Las palabras pesaron como piedra.

Mónica volvió a perder el control.

—¡Ese hotel funciona gracias a mí!

—¿De verdad?

Camila abrió lentamente la carpeta de cuero.

Sacó varias hojas.

Las dejó frente a ambos.

Arturo reconoció inmediatamente los documentos.

Eran informes internos.

Estados financieros.

Auditorías.

Contratos.

—Llevo un año revisando cada operación del grupo —dijo Camila—. Mamá no solo me dejó el hotel.

También me dejó acceso a todos los archivos históricos.

Arturo empezó a pasar las hojas con manos temblorosas.

Había pagos duplicados.

Contratos inflados.

Consultorías inexistentes.

Transferencias a empresas recién creadas.

Todas autorizadas durante los últimos cuatro años.

Todas relacionadas con la misma persona.

Mónica.

Ella intentó arrebatarle los papeles.

—¡Eso está fuera de contexto!

Camila retiró la carpeta antes de que pudiera tocarla.

—No. Solo es el primer informe.

Y todavía faltan tres.

El rostro de Arturo perdió todo color.

Por primera vez desde que había llegado al apartamento, dejó de mirar a Camila.

Y comenzó a mirar a la mujer con la que llevaba doce años casado.

Como si acabara de descubrir que la persona en quien más había confiado era también la que podía hacerlo perder absolutamente todo.

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