Durante varios minutos me quedé mirando aquella cláusula.
Una línea pequeña.
Casi invisible.
Pero capaz de cambiar completamente mi vida.
Si la esposa da a luz, el esposo conserva el derecho unilateral de hacer el matrimonio permanente.
Leí la frase una y otra vez.
No podía creerlo.
Cuando firmé aquel contrato hacía un año, solo vi los números.
Diez millones de dólares.
La posibilidad de empezar una nueva vida.
Pensé que estaba vendiendo un año de mi tiempo.
Nunca imaginé que también estaba entregando mi libertad.
—¿Qué pasa?
La voz de Gabriel me hizo levantar la mirada.
Él estaba parado frente a la puerta del despacho.
No parecía sorprendido.
Y eso fue lo que más me dolió.
—¿Desde cuándo sabes de esta cláusula?
Su expresión cambió ligeramente.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
—Mia…
—Respóndeme.
El silencio llenó la habitación.
Finalmente caminó hacia mí.
—La cláusula estaba en el contrato desde el principio.
Solté una pequeña risa.
Sin humor.
—Entonces lo sabías.
—Sabías que si quedaba embarazada no podría irme.
Gabriel frunció el ceño.
—No era así.
—¿No?
Levanté el documento.
—Entonces explícame qué significa esto.
Él no respondió.
Porque no había explicación.
Durante un año había aceptado vivir con un hombre que me trataba como una obligación.
Pero al menos pensaba que al final tendría una salida.
Ahora incluso eso quería quitarme.
—Quiero rescindir el contrato.
Mi voz salió firme.
Gabriel se quedó inmóvil.
—Mia.
—No.
Lo interrumpí.
—Este matrimonio comenzó como un acuerdo.
—Y los acuerdos deben respetarse.
—Yo cumplí mi parte.
—Estoy embarazada.
—Te daré tus hijos.
—Pero mi vida sigue siendo mía.
Por primera vez vi algo diferente en sus ojos.
No era frialdad.
Era miedo.
—¿Quieres irte después de tener a nuestros hijos?
La pregunta sonó extraña.
Como si realmente no entendiera por qué quería marcharme.
Lo miré.
—Gabriel.
—Nunca quisiste una esposa.
—Querías una madre para tu heredero.
Sus labios se apretaron.
—Eso cambió.
Negué lentamente.
—No cambió.
—Solo cambió porque ahora hay cuatro bebés.
Él quiso responder.
Pero un dolor repentino atravesó mi abdomen.
Me quedé sin aire.
—Mia.
Gabriel reaccionó inmediatamente.
Me sostuvo antes de que cayera.
Por primera vez, sus manos no parecían las de un hombre cumpliendo un contrato.
Parecían las de alguien realmente preocupado.
—¿Dónde te duele?
Intenté responder.
Pero otro dolor más fuerte me hizo cerrar los ojos.
La doctora había advertido que un embarazo de cuatro bebés podía cambiar en cualquier momento.
Y ese momento llegó demasiado pronto.
Sentí un calor extraño.
Después escuché un sonido que hizo que Gabriel palideciera.
—¿Mia?
Bajé la mirada.
Su rostro cambió completamente.
—No.
Su voz salió rota.
—No puede ser.
Mi respiración se volvió rápida.
—Gabriel…
Él ya estaba llamando a emergencias.
—Necesitamos una ambulancia ahora.
Mientras me llevaban fuera de la mansión, escuché a la doctora del teléfono decir:
—Señor Vance, debe prepararse.
—Un parto prematuro de cuatro bebés puede ser extremadamente peligroso.
Gabriel tomó mi mano.
La misma mano que durante meses apenas había tocado.
—Mia.
Lo miré débilmente.
—Si algo les pasa…
No terminó la frase.
Porque por primera vez entendí algo.
El hombre que parecía no tener corazón estaba aterrorizado.
Pero también entendí algo más.
El miedo de perderme no significaba que realmente me hubiera elegido.
Al llegar al hospital, los médicos comenzaron a prepararme.
Entonces apareció Victoria Vance.
Mi suegra.
Pero no vino preocupada.
Traía un documento en la mano.
—Mia.
Su voz era fría.
—Antes de que ocurra el parto, debes firmar esto.
La miré confundida.
—¿Qué es?
Ella sonrió.
—Una modificación del contrato.
Mi corazón se hundió.
—¿Ahora?
—Es necesario.
Me acercó el documento.
—Si los niños nacen, la familia Vance debe asegurarse de que permanezcas casada con Gabriel.
Sentí que toda la sangre abandonaba mi rostro.

Entonces entendí.
No solo habían preparado una cláusula.
Habían preparado una prisión.
Pero justo cuando iba a responder, la puerta de la sala se abrió de golpe.
Gabriel entró.
Miró el documento.
Después miró a su madre.
Y por primera vez escuché su voz llena de verdadera furia:
—¿Qué estás intentando hacer con mi esposa?
Victoria se quedó congelada.
Porque nadie esperaba que Gabriel eligiera un lado.
Ni siquiera yo.
Pero entonces él tomó el contrato de sus manos, lo rompió delante de todos…
y dijo una frase que cambiaría completamente nuestro futuro.
—Mia nunca fue una propiedad de la familia Vance.
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