La sonrisa de Edric desapareció en el momento en que escuchó la voz de Chloe.
Durante meses había creído que tenía todo bajo control.
Había convencido a mi madre de que callar era la única forma de proteger a la familia. Había hecho que los vecinos dudaran de nosotros. Había construido una versión perfecta donde él era el padrastro paciente y nosotros éramos dos adolescentes problemáticas.
Pero había cometido un error.
Nos había dejado sobrevivir.
El Dr. Cooper regresó acompañado por dos agentes de policía y una trabajadora social. Edric cambió inmediatamente su expresión.
De monstruo a hombre preocupado.
—Doctor, esto es ridículo —dijo con una falsa calma—. Son mis hijas. Solo están confundidas.
Mis hijas.
Esa frase casi me hizo reír.
Nunca nos había llamado así cuando nadie miraba.
Chloe apretó los dedos contra la sábana y me miró. Ambas sabíamos que había llegado el momento.
—Hay algo que deben escuchar —susurró ella.
El agente se acercó.
—¿Qué cosa?
Miré hacia la puerta.
—Mi teléfono.
Edric se quedó inmóvil.
Fue apenas un segundo, pero lo vi.
Ese pequeño miedo en sus ojos.
Porque por primera vez entendió que quizá no había destruido todas las pruebas.
El agente revisó la cuenta que le dimos y encontró los archivos subidos automáticamente. Decenas de grabaciones. Meses enteros de conversaciones.
La voz de Edric.
Sus amenazas.
Sus insultos.
La forma en que hablaba de nosotros cuando pensaba que nadie podía escucharlo.
Mi madre se llevó una mano a la boca.
No porque estuviera sorprendida.
Sino porque sabía que ya no podía mentir.
—Brenda Morgan —dijo el agente mirándola seriamente—, tendrá que explicar por qué ocultó esto.
Ella empezó a llorar.
—Yo tenía miedo…
Chloe la miró con una tristeza que dolía más que cualquier golpe.
—Nosotras también.
La habitación quedó en silencio.
Edric intentó acercarse.
—Faye, Chloe, saben que esto puede arruinar a toda la familia.
Lo miré fijamente.
—No, Edric.
Respiré profundamente.
—Lo que arruinó a esta familia fue creer que nunca hablaríamos.
Cuando la policía lo esposó, él dejó de fingir.
Su rostro cambió.
Volvió a ser el hombre que conocíamos.
El hombre que disfrutaba viendo miedo.
Pero esta vez el miedo estaba en sus propios ojos.
Antes de salir de la habitación, el detective recibió una llamada y su expresión cambió por completo.
Se acercó al Dr. Cooper y le entregó un documento.
Luego miró hacia nosotras.
—Chicas… hay algo más que deben saber sobre su padre.
Mi corazón se detuvo.
Porque el informe no hablaba de Edric.
Hablaba de David Morgan.
Y de un secreto que nuestro padre había dejado preparado antes de morir.
Un secreto que podía cambiar todo lo que creíamos saber sobre nuestra familia.
Continuará en la PARTE 3…