Flynn se quedó mirando la imagen de la ecografía.
Durante varios segundos, el hombre que siempre parecía tener una respuesta para todo no pudo decir una sola palabra.
El doctor Reed habló con calma.
—Mabel estaba embarazada.
La habitación quedó en silencio.
—Y no era un solo bebé.
Flynn bajó lentamente la mirada hacia la imagen.
Dos vidas.
Dos razones más para protegerme.
Dos razones que él había puesto en peligro sin siquiera saberlo.
—Eso no es posible… —susurró.
El doctor lo miró con decepción.
—Lo era hace tres días. Cuando ella llegó aquí, su condición era crítica. Si no hubiera recibido atención a tiempo, la historia habría sido diferente.
Flynn apretó los puños.
Por primera vez, no parecía un hombre poderoso.
Parecía alguien que acababa de descubrir que había destruido todo lo que decía amar.
Pero yo no sentí alegría.
Solo vacío.
Porque mientras él miraba aquella ecografía, yo recordaba algo mucho más importante.
Su voz.
Su confesión.
“Ella se ha ido. Yo lo hice, Selina. Somos libres.”
Creía que nadie lo había escuchado.
Pero mi reloj sí.
Cuando Flynn salió de la habitación, el detective que estaba esperando afuera entró con una expresión seria.
—Señora Vance, necesitamos hablar con usted.
Miré al doctor.
Luego al detective.
—¿Sobre qué?
Él colocó una pequeña bolsa sobre la mesa.
Dentro estaba mi reloj inteligente.
—El hospital nos informó que contenía una grabación automática de emergencia.
Mi corazón se aceleró.
—¿La escucharon?
El detective asintió.
—Sí.
Cerré los ojos.
Durante años había pensado que mi silencio era mi debilidad.
Pero esa noche, tirada en aquella alfombra, había hecho una última cosa por mí misma.
Había dejado una prueba.
—También encontramos algo más —continuó el detective.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
Sacó unas fotografías.
No eran de Flynn y Selina juntos.
Eran documentos.
Transferencias.
Mensajes.
Pruebas de que Selina había estado preparando esa mentira mucho antes de aparecer en mi puerta.
Entonces entendí la verdad.
Ella no había venido a separarnos.
Había venido a reemplazarme.
Dos horas después, Flynn volvió a la habitación.
Esta vez no llevaba flores.
Llevaba miedo en los ojos.
—Mabel…
Lo miré sin responder.
—Necesito explicarte.
Una vez, esas palabras habrían significado esperanza.
Ahora solo significaban que finalmente había descubierto la verdad.
—No necesito una explicación, Flynn.
Su rostro cambió.
—Entonces, ¿qué necesitas?
Miré hacia la ventana.
—Necesito que entiendas algo.
Hice una pausa.
—El día que intentaste destruirme no perdiste a tu esposa.
Lo miré directamente.
—Perdiste a la única persona que todavía estaba dispuesta a creerte.
Flynn se quedó inmóvil.
Pero antes de que pudiera responder, su teléfono comenzó a sonar.
Era Selina.
La pantalla se iluminó entre nosotros.
Y junto al nombre de ella apareció una notificación que hizo que Flynn palideciera.
Un mensaje nuevo.
“Tenemos un problema. Mabel sobrevivió.”
Y debajo había una segunda frase.
“Ahora tenemos que ocuparnos del reloj.”