Nathaniel esperaba una respuesta.
Tal vez quería que gritara.
Tal vez quería que lo golpeara con palabras y le recordara todo lo que había hecho.
Pero solo lo miré en silencio.
Y ese silencio fue lo que más miedo le dio.
—Lina… dime algo.
Bajé la mirada hacia mi mano vendada.
—¿Qué quieres que diga, Nathaniel?
Él abrió la boca, pero no encontró una respuesta.
Porque por primera vez no estaba intentando convencerme.
Estaba intentando recuperar a la mujer que había dejado de luchar por él.
Los médicos dijeron que necesitaba descansar durante varias semanas. Mi cuerpo estaba herido, pero lo peor no estaba en mis huesos.
Estaba en el lugar donde antes guardaba la confianza.
Nathaniel comenzó a aparecer todos los días en el hospital.
Traía flores.
Traía comida.
Traía las mismas promesas que antes me habrían hecho sonreír.
—Voy a arreglarlo todo.
Yo solo asentía.
—Está bien.
—Lina, Clara ya se fue de la ciudad. No volverá a interferir entre nosotros.
—Está bien.
—Podemos empezar de nuevo.
Lo miré.
—Nathaniel, algunas cosas no se rompen en un día. Se rompen cada vez que alguien decide no elegirte.
Por primera vez, vi dolor en sus ojos.
Pero ya era demasiado tarde.
Cuando salí del hospital, no regresé a la casa que compartíamos.
Fui directamente al estudio donde guardaba mis documentos.
El contrato de la gira internacional estaba sobre la mesa.
Dos años.
Dos años lejos de todo lo que me había convertido en alguien que suplicaba por atención.
Esa noche, Nathaniel llegó y encontró mis maletas preparadas.
Su expresión cambió.
—¿Qué significa esto?
—Me voy.
—¿A dónde?
—A la gira.
Se quedó quieto.
—¿Y nosotros?
Tomé los papeles de divorcio y los dejé frente a él.
—Nosotros terminamos cuando me llevaste a una celda después de perder a nuestro hijo.
Nathaniel palideció.
—Lina, eso fue por tu seguridad.
Sonreí tristemente.
—No. Fue porque decidiste creerle a ella antes que a mí.
Él negó con la cabeza.
—Yo estaba cumpliendo mi deber.
—Siempre tuviste un deber, Nathaniel.
Lo miré directamente.
—Pero nunca olvidaste proteger a Clara.
Silencio.
Un silencio que respondió por él.
Antes de irme, tomé la vieja caja donde guardaba mis recuerdos.
Dentro estaba el amuleto que había encontrado alrededor del cuello de Clara aquel día.
Lo dejé sobre la mesa.
—Esto era lo último que me quedaba de la mujer que te esperaba.
Nathaniel lo reconoció.
Sus dedos comenzaron a temblar.
—¿Por qué nunca me dijiste que sabías?
Cerré la maleta.
—Porque quería ver cuánto tiempo tardabas en darte cuenta.
Al día siguiente, abordé el avión.
Nathaniel llegó corriendo al aeropuerto cuando ya estaban anunciando mi vuelo.
—¡Lina!
Me detuve.
Durante un segundo, pensé en la chica que lo amó durante tantos años.
La chica que esperaba que él regresara.
Pero esa chica ya no estaba allí.
—Nathaniel.
Él se acercó desesperado.
—No puedo perderte.
Lo miré con calma.
—Ya me perdiste.
Subí al avión sin mirar atrás.
Tres meses después, recibí una noticia inesperada.
Clara Morgan había sido detenida.
Y los documentos encontrados en su casa revelaban algo que nadie esperaba.
Ella no había aparecido en la vida de Nathaniel por casualidad.
Había estado planeando acercarse a él desde mucho antes de mi rescate.
Pero había algo más.
Una fotografía antigua encontrada entre sus archivos mostraba a Clara junto a alguien de mi propia familia.
Alguien que sabía exactamente cómo destruir mi matrimonio.
Y ahora Nathaniel tendría que enfrentar la verdad que yo ya había aceptado:
No perdió a su esposa cuando ella se fue.
La perdió mucho antes, cuando decidió no verla.