El mensaje desconocido permaneció en mi pantalla durante varios minutos.
“No debería haber podido acceder a sus datos.”
Sentí un escalofrío.
No por Ethan.
Sino porque, después de tres años, alguien seguía intentando entrar en una parte de mi vida que ya no le pertenecía.
Bloqueé el teléfono y guardé mis cosas.
Pensé que si algo había aprendido durante aquellos años lejos de casa era una cosa:
Nunca más permitiría que alguien decidiera por mí.
Pero esa misma noche recibí otra llamada.
Era del hospital.
—Señora Foster, necesitamos confirmar algunos datos sobre su historial médico.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
Hubo una pausa incómoda.
—Porque una persona autorizada por el señor Reed solicitó información sobre sus pruebas.
Mi mano se cerró alrededor del teléfono.
Ethan.
Tres años sin preguntarme si estaba viva.
Tres años sin saber nada de mí.
Y ahora quería saber sobre mi embarazo.
Al día siguiente fui directamente al hospital.
No para verlo.
Para protegerme.
La recepcionista se puso nerviosa cuando mencioné la filtración de información.
Después de insistir, descubrí algo que jamás imaginé.
Grace había intentado acceder a mis documentos.
No Ethan.
Ella.
Cuando salí del hospital, mi teléfono comenzó a sonar.
Era él.
No contesté.
Volvió a llamar.
Otra vez.
Y otra.
Finalmente respondí.
—¿Qué quieres?
Del otro lado hubo silencio.
Nunca había escuchado a Ethan quedarse sin palabras.
—Natalie…
Su voz ya no sonaba fría.
Sonaba cansada.
—Necesito hablar contigo.
Me reí suavemente.
—¿Ahora?
—Después de tres años.
—¿Después de abandonar una boda frente a todos?
Él respiró profundamente.
—No sabes toda la verdad.
Cerré los ojos.
La misma frase.
Siempre la misma frase.
Los hombres que hacen daño siempre tienen una explicación preparada después.
—No necesito saber nada más, Ethan.
—Vi suficiente aquel día.
Colgué.
Pero esa noche alguien llamó a mi puerta.
Cuando abrí, él estaba allí.
Sin traje.
Sin la arrogancia que recordaba.
Solo un hombre agotado frente a mí.
—Vete.
No se movió.
—Natalie, Grace nunca estuvo embarazada de mí.
Mi expresión cambió ligeramente.
—¿Qué?
Bajó la mirada.
—El día de nuestra boda recibí una llamada porque ella había tenido un accidente.
—Era mi responsabilidad como su superior ayudarla.
Solté una risa amarga.
—¿Y por eso abandonaste a tu prometida frente a cientos de personas?
No respondió.
Porque sabía que no había excusa suficiente.
—Después descubrí que ella había mentido sobre muchas cosas.
Sus ojos se fijaron en mi vientre.
—Pero lo que más me duele…
Hizo una pausa.
—Es saber que mientras yo intentaba descubrir la verdad, tú estabas sola pasando por todo esto.
Retrocedí un paso.
—No hables como si te importara.
Sus ojos se llenaron de culpa.
—Me importas más de lo que imaginas.
Negué con la cabeza.
—No.
—Si te hubiera importado, habrías regresado.
Silencio.
Esa frase lo golpeó más que cualquier insulto.
Porque era verdad.
Ethan podía explicar la llamada.
Podía explicar a Grace.
Podía explicar cualquier cosa.
Pero no podía explicar por qué no volvió por mí.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Una voz llegó desde el pasillo.
—Ethan.
Era Grace.
Estaba allí.
Y ya no parecía la mujer débil de la ecografía.
Su rostro estaba lleno de rabia.

—¿Vas a contarle todo?
Ethan se giró.
—Grace…
Ella sonrió.
Una sonrisa fría.
—Entonces dile también quién es realmente el padre de mi hijo.
Mi corazón se detuvo.
Ethan quedó completamente inmóvil.
Y por primera vez en tres años…
vi miedo en sus ojos.
Porque entendí que aquella historia tenía un secreto mucho más grande que una simple traición.
Y ese secreto podía destruirlo todo.