PARTE 2: LA VERDAD DETRÁS DEL FUNERAL QUE PREPARARON PARA MÍ

Durante unos segundos nadie se movió.

Mi frase quedó suspendida en el apartamento como una amenaza imposible.

Vanessa fue la primera en reír.

Una risa nerviosa, demasiado fuerte.

—¿Arrestarnos? —repitió—. Adrian, ¿escuchaste eso? Está completamente loca.

Adrian seguía mirándome con esa expresión fría que había usado durante toda la noche.

Como si yo fuera el problema.

Como si la sangre en mi brazo fuera una exageración.

—Morgan, deja de actuar así —dijo—. Nadie va a arrestar a mi familia por una discusión antes de la boda.

Lo miré.

Por primera vez desde que lo conocí, no sentí decepción.

Solo claridad.

Había pasado años estudiando comportamientos humanos en situaciones de presión. Había aprendido que las personas no mostraban quiénes eran cuando todo estaba bien.

Lo mostraban cuando creían tener el control.

Y Adrian acababa de mostrarme exactamente quién era.

—No es una discusión —respondí—. Es una agresión dentro de una propiedad privada, con manipulación de seguridad, testigos y pruebas físicas.

Vanessa dejó de sonreír.

—¿Pruebas?

Bajé la mirada hacia mi muñeca.

El reloj negro que llevaba puesto seguía encendido.

Una pequeña luz roja parpadeaba.

La cámara integrada.

El silencio fue inmediato.

Uno de los guardias dio un paso atrás.

—¿Estaba grabando?

Asentí.

—Desde que entré al apartamento.

Vanessa perdió el color.

—Eso es ilegal.

—No cuando soy la propietaria de la vivienda y estoy documentando una situación de seguridad.

Adrian miró el reloj.

Por primera vez pareció comprender que la situación no estaba bajo su control.

—Apágalo.

Lo miré con incredulidad.

—¿Todavía crees que puedes darme órdenes?

No respondió.

Entonces escuchamos los ascensores.

Una vez.

Dos veces.

Después, varias voces llenaron el pasillo.

—¡Equipo de seguridad nacional! ¡Nadie abandona el lugar!

La expresión de Vanessa cambió completamente.

Ya no parecía una mujer segura.

Parecía alguien que acababa de recordar un error muy caro.

La puerta se abrió.

Entraron tres agentes con identificación oficial.

El hombre al frente me reconoció inmediatamente.

—Doctora Morgan.

Hizo un gesto de respeto.

—¿Está herida?

—Necesito atención médica, pero primero quiero que aseguren la escena.

El agente miró alrededor.

Las coronas funerarias.

Las velas.

Mi fotografía.

Después observó mi brazo.

Su mandíbula se tensó.

—¿Quién hizo esto?

No respondí.

Solo señalé a Vanessa.

Ella levantó las manos.

—Fue un accidente. El perro se asustó.

El agente miró hacia el animal.

Luego hacia la grabación del reloj.

—Entonces será sencillo comprobarlo.

Vanessa dio un paso atrás.

—Adrian, haz algo.

Él abrió la boca.

Pero esta vez nadie lo estaba escuchando.

Uno de los agentes tomó una carpeta y habló:

—Doctora Morgan, también encontramos algo durante la revisión de seguridad previa.

Me entregó un sobre sellado.

—Estaba escondido dentro del armario principal de la vivienda.

Lo abrí lentamente.

Dentro había documentos.

No eran de decoración.

Eran copias de informes internos.

Mis movimientos.

Mis misiones.

Mis horarios.

Información que solo unas pocas personas dentro de mi organización podían conocer.

Sentí un frío distinto recorrerme.

No era miedo.

Era rabia.

—¿Cómo obtuvieron esto?

El agente miró a Adrian.

Después a Vanessa.

—Eso es precisamente lo que vamos a investigar.

Adrian dio un paso hacia mí.

—Morgan, espera. Yo no sabía nada de eso.

Lo observé durante varios segundos.

—Pero sabías que ella entró a mi casa.

Silencio.

—Sabías que preparó un funeral con mi rostro.

Silencio.

—Sabías que me golpearon y aun así me pediste disculpas.

Su expresión cambió.

Porque no tenía respuesta.

El agente recibió una llamada por radio.

Escuchó unos segundos.

Después miró hacia mí.

—Doctora Morgan, tenemos otra información.

—¿Cuál?

Bajó la voz.

—La fotografía utilizada en esta decoración no fue tomada de sus redes sociales.

Fruncí el ceño.

—Entonces, ¿de dónde salió?

El agente abrió una segunda carpeta.

Dentro había una imagen ampliada.

Una foto mía dormida durante una operación médica meses atrás.

Una foto que nunca había sido pública.

Una foto que solo existía en archivos clasificados.

Mi corazón se detuvo.

Porque eso significaba que el funeral no era una simple humillación.

Alguien había planeado que yo desapareciera.

Miré a Adrian.

Por primera vez, él parecía realmente asustado.

Entonces mi superior entró al apartamento acompañado por otro oficial.

Me miró directamente.

—Doctora Morgan, tenemos que hablar.

—¿Sobre qué?

Su expresión era seria.

—Sobre por qué su prometido acaba de aparecer relacionado con una investigación de seguridad nacional.

Adrian palideció.

Vanessa dejó de respirar.

Y yo entendí que la boda que debía celebrarse al día siguiente no iba a ser una ceremonia.

Iba a convertirse en una operación para descubrir quién había intentado enterrarme antes de tiempo.

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