PARTE 2: MI EX ESPOSO FALSO DESCUBRIÓ LA VERDAD QUE OCULTÉ CINCO AÑOS

Lucas no volvió a hablar durante todo el trayecto hasta mi antiguo apartamento.

Pero podía sentir su enojo.

No era el enojo de un hombre celoso.

Era algo más complicado.

Como si estuviera molesto consigo mismo por no haber estado allí.

Cuando estacionó frente al edificio, bajó primero y abrió mi puerta.

—No camines rápido.

Lo miré sorprendida.

—¿Desde cuándo eres médico?

—Desde que una mujer embarazada de seis meses decidió que subir tres pisos con cajas era una buena idea.

No pude evitar sonreír.

Durante cinco años había imaginado muchas veces cómo sería volver a verlo.

Pensé que sentiría dolor.

Rencor.

Quizá incluso indiferencia.

Pero nunca imaginé que Lucas Grant sería exactamente igual.

Excepto por una cosa.

Antes me miraba como un hombre enamorado.

Ahora me miraba como alguien intentando protegerme.

Y eso era mucho más peligroso.


Mi apartamento era pequeño.

Demasiado pequeño para dos personas.

Lucas entró y miró alrededor.

La mesa vieja.

El sofá desgastado.

La cuna plegable que había comprado de segunda mano.

Se quedó mirando un pequeño par de zapatos de bebé encima del mueble.

—¿Los compraste tú?

Asentí.

—Sí.

Los tomó con cuidado.

Durante unos segundos, su expresión cambió.

Parecía triste.

—¿El padre sabe que vas a tener un hijo?

Mi corazón se detuvo.

La pregunta había llegado.

La esperaba desde el momento en que acepté casarme con él.

Aun así, dolió.

—No.

Lucas levantó la mirada.

—¿No sabe?

Negué.

—No sabe.

Esperé una reacción.

Una pregunta.

Un reproche.

Pero solo dejó los zapatos donde estaban.

—Entonces es un cobarde.

Bajé la cabeza.

Porque no sabía qué decir.

El verdadero padre no era un extraño.

No era alguien que había huido.

Era él.

Y yo era la única culpable de haberle robado cinco años de verdad.


Mientras empacábamos, Lucas encontró una caja vieja en el fondo del armario.

—¿Qué es esto?

Mi cuerpo se tensó.

—Nada.

Demasiado rápido.

Lucas me miró.

—Emma.

Extendió la mano.

Yo me adelanté.

Pero él ya había visto una esquina de la fotografía.

Una fotografía antigua.

Nosotros dos.

Cinco años atrás.

En la universidad.

Antes de que todo terminara.

Antes de que yo desapareciera de su vida.

Lucas tomó la foto lentamente.

Su expresión se volvió fría.

—Pensé que habías tirado todo.

No respondí.

—Yo sí lo hice.

La frase me sorprendió.

Lo miré.

Él seguía observando la imagen.

—Después de que te fuiste, intenté odiarte.

Tragué saliva.

—¿Funcionó?

Una sonrisa amarga apareció en sus labios.

—No.

Silencio.

Luego dejó la foto dentro de la caja.

—Vamos.

No preguntó más.

Y eso me dolió más que si hubiera preguntado.


Llegamos al departamento de Hawthorne Avenue una hora después.

No era un departamento.

Era una casa.

Amplia.

Moderna.

Con ventanas enormes y una vista completa de la ciudad.

Me quedé parada en la entrada.

—Lucas…

—¿Qué?

—Dijiste departamento.

—Lo es.

Lo miré.

—Esto parece un hotel de lujo.

Se encogió de hombros.

—Es normal.

Solté una risa.

—Para ti.

Él no respondió.

Porque quizá olvidaba algo.

Cinco años atrás, cuando estábamos juntos, Lucas tampoco era pobre.

Solo fingía serlo.

Siempre decía que quería saber si una persona podía quererlo sin saber su apellido.

Ahora entendía por qué esa frase me resultaba familiar.

Porque yo había hecho exactamente lo mismo.


Esa noche cenamos en silencio.

Bueno.

Yo comí.

Lucas prácticamente solo me observaba.

—¿Qué?

Levanté la mirada.

—Nada.

—Me estás mirando raro.

Apartó los ojos.

—Estoy intentando entender algo.

—¿Qué?

Tardó unos segundos.

—Cómo alguien pudo dejarte sola en este estado.

No respondí.

Porque la respuesta era demasiado complicada.

Porque ese alguien era él.

Pero no por las razones que él pensaba.


A las once de la noche, mientras guardaba ropa en el armario, mi teléfono vibró.

Un mensaje.

Un número que no veía desde hacía meses.

El padre de mi bebé.

Mi exnovio.

El hombre por quien había terminado huyendo de Lucas.

El mensaje solo tenía una frase:

“Emma, sé que estás con Lucas Grant. Tenemos que hablar antes de que él descubra la verdad”.

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

Lucas apareció detrás de mí.

—¿Todo bien?

Bloqueé la pantalla rápidamente.

—Sí.

Pero era demasiado tarde.

Porque Lucas había visto el nombre.

No el mensaje.

Solo el nombre.

Y su expresión cambió.

—¿Quién es Daniel Hayes?

Me quedé inmóvil.

Porque había una verdad que ya no podía esconder.

Y antes de que pudiera responder, Lucas tomó mi teléfono de la mesa.

No para revisarlo.

No para espiarme.

Solo lo sostuvo entre sus dedos y dijo:

—Emma.

Su voz era baja.

Dolida.

—Dime la verdad.

El bebé que llevas seis meses protegiendo…

¿Es mío?

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