Alejandro retrocedió como si acabara de recibir un golpe.
—Eso no puede ser real.
Mateo apagó el grabador.
—La policía ya tiene una copia.
Alejandro miró hacia mí.
—Mariana, yo no sabía nada de esto.
—Lo sé.
Mi voz salió tranquila.
—Ese es precisamente el problema. Nunca preguntaste.
Valeria había conseguido que él creyera una mentira durante años. Y él había estado tan desesperado por protegerla que ni siquiera se detuvo a preguntarme qué había ocurrido.
Alejandro se arrodilló junto a mi cama.
—Voy a arreglarlo.
—No.
—Puedo contratar a los mejores abogados.
—No quiero tus abogados.
—Entonces dime qué quieres.
Lo miré directamente.
—Que te apartes de mí.
Por primera vez, Alejandro entendió que ya no podía convencerme con dinero.
Mateo salió de la habitación para hablar con los investigadores.
Unos minutos después, escuché voces en el pasillo.
Una de ellas era de Valeria.
—¡Alejandro! ¡No puedes creerle!
La puerta se abrió.
Valeria apareció llorando, pero esta vez nadie corrió a consolarla.
Alejandro la observó durante varios segundos.
—¿Qué significa “ya está hecho”?
Ella se quedó inmóvil.
—Yo… no sé de qué hablas.
—¿Y el médico?
Su rostro perdió el color.
—Ale, estás confundido.
—¿Pagaste a alguien para que perjudicara a Mariana?
Valeria negó rápidamente.
—¡No!
Pero entonces un investigador entró detrás de ella.
—Señorita Ríos, necesitamos que nos acompañe.
Valeria miró a Alejandro.
—Diles que están equivocados.
Él no respondió.
Ella empezó a llorar.
—Después de todo lo que hice por ti…
Alejandro cerró los ojos.
—Eso es exactamente lo que quiero saber.
Cuando se la llevaron, el silencio volvió a la habitación.
Yo miré hacia la ventana.
Había perdido a mis hijos.
Había perdido mi matrimonio.
Pero todavía estaba viva.
Y ahora tenía algo que antes no tenía.
La verdad.
Mateo regresó con una carpeta.
—Mariana, hay una última cosa.
Me entregó un informe.
—Los investigadores encontraron movimientos bancarios entre Valeria y una empresa vinculada a tu esposo.
Fruncí el ceño.
—¿Qué empresa?
Mateo señaló el documento.
Sentí que mi corazón se detenía.
Era una de las compañías que Alejandro había heredado de su padre.
—Esto comenzó mucho antes de tu matrimonio.
Pasé las páginas lentamente.
Había transferencias.
Contratos falsos.
Cuentas ocultas.
Y una lista de propiedades.
Entonces encontré mi nombre.
No como beneficiaria.
Como propietaria.
Levanté la mirada.
—¿Qué significa esto?
Mateo respiró profundamente.
—Significa que quizá tu matrimonio con Alejandro nunca fue lo que creías.
En ese momento, Alejandro seguía en el pasillo.
Y cuando Mateo abrió la última página, descubrimos una firma que cambió todo.
La firma de mi difunto padre.

Debajo había una frase escrita a mano:
“Cuando Mariana descubra la verdad, asegúrense de que Alejandro nunca pueda tocar lo que realmente le pertenece.”
Miré a Alejandro a través del cristal de la puerta.
Él también había leído la frase.
Y esta vez fue él quien pareció tener miedo.