—Ábrela —ordenó Ronald al cerrajero.
Me quedé mirando la pantalla de mi teléfono.
Aquel ático no pertenecía a Ronald.
Ni a su madre.
Ni siquiera formaba parte de los bienes que habíamos compartido durante el matrimonio.
La propiedad estaba registrada a nombre de una sociedad que nadie en la familia Cobb conocía.
Mi sociedad.
Respiré profundamente y llamé a mi abogado.
—Despierta al equipo. Ronald está intentando entrar en una propiedad que no le pertenece.
—¿Quieres que llame a la policía?
Miré la cámara.
—Todavía no.
Había llegado el momento de que supieran por qué había podido pagar aquella vida de lujo durante cinco años.
Volví a la transmisión.
Priscilla golpeaba la puerta.
—¡Lexie! ¡Sé que estás ahí! ¡Esta casa pertenece a mi hijo!
Sonreí.
Abrí el sistema de audio de la entrada.
—No, Priscilla. Nunca perteneció a tu hijo.
Los dos se quedaron inmóviles.
Ronald levantó la cabeza.
—Lexie.
—Te aconsejo que apartes al cerrajero de mi puerta.
—Tenemos derecho a entrar.
—No.
Hice una pausa.
—Y si vuelves a intentar forzar la entrada, el siguiente sonido que escucharás será el de las esposas.
Ronald miró a su madre.
Por primera vez, ambos parecían realmente asustados.
Pero todavía no entendían.
Yo había pasado cinco años dejando que creyeran que dependía de ellos.
Durante nuestro matrimonio, Ronald pensaba que mi pequeño negocio de inversiones apenas generaba lo suficiente para mantener mi estilo de vida.
Nunca supo que aquella empresa había comprado participaciones silenciosas en más de veinte compañías tecnológicas.
Nunca supo que las acciones que él consideraba “mis ahorros” eran sólo una fracción de mi patrimonio.
Y jamás supo que, dos semanas antes de nuestra boda, había adquirido el fondo que controlaba la mayor parte de Cobb Holdings.
—¿Por qué hiciste esto? —preguntó Ronald.
—Porque necesitaba saber cuánto tardarían en mostrarme quiénes eran sin mi dinero.
Priscilla palideció.
—¿Qué estás diciendo?
—Que los cinco años de lujo que disfrutaste fueron una prueba.
En ese instante llegó mi abogado.
Pero no vino solo.
Traía una carpeta negra y dos agentes de seguridad.
Ronald retrocedió.
—¿Qué hay en esa carpeta?
Mi abogado la abrió frente a la cámara.
—La documentación que demuestra que Lexie posee actualmente el 61% de las acciones con derecho a voto de Cobb Holdings.
El rostro de Ronald perdió todo color.
—Eso es imposible.
Sonreí.
—No, Ronald.
Miré la pantalla una última vez.
—Lo imposible era que siguieras creyendo que te habías casado con una mujer rica.
Hice una pausa.
—Te casaste con la mujer que podía destruir tu empresa.
Entonces mi abogado levantó otro documento.
—Y hay algo más.
Ronald dejó de respirar.
—¿Qué?
—La auditoría encontró transferencias millonarias realizadas por Priscilla durante los últimos cinco años.
Priscilla dio un paso atrás.
—Eso es mentira.
Mi abogado negó con la cabeza.
—No. Y varias de esas transferencias terminaron en una cuenta que está a nombre de Ronald.
El silencio fue absoluto.

Yo apagué la cámara.
Por primera vez desde que conocí a aquella familia, no necesitaba escuchar sus explicaciones.
Porque el divorcio había terminado.
Pero su verdadera pesadilla acababa de comenzar.