Miré los cuatro números escritos en el papel.
—¿Qué hiciste, Julián?
Mi cuñado cerró la puerta del estudio detrás de él.
—Lo que debí hacer hace años.
Introduje la combinación.
La maleta se abrió con un clic.
Dentro había carpetas, fotografías antiguas, copias de registros bancarios y un pequeño sobre sellado con cera.
Pero lo que me dejó sin aire fue la primera fotografía.
Dos bebés.
Dos pulseras.
Y una mujer joven sosteniéndolas frente a la antigua casa familiar de los Salvatierra.
Reconocí inmediatamente a Beatriz.
A su lado había una mujer que nunca había visto.
En el reverso de la fotografía aparecía una fecha y una frase:
“Las gemelas Salvatierra. Una permanecerá en la familia. La otra desaparecerá”.
Levanté lentamente la mirada.
—¿Quién es ella?
Julián tragó saliva.
—Tu madre biológica.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Y Beatriz?
—Tu tía.
Entonces entendí por qué aquella mujer siempre me había despreciado.
No era porque yo fuera adoptada.
Era porque sabía exactamente quién era.
Abrí el sobre sellado.
Dentro había un documento notarial firmado treinta y siete años atrás.
El documento establecía que una de las dos niñas heredaría la mayoría de las acciones originales de Transportes Salvatierra al cumplir treinta años.
Mi nombre aparecía allí.
Isabella Salvatierra.
No Mendoza.
—Arturo lo sabía —susurré.
Julián asintió.
—Lo descubrió hace seis meses.
—¿Y por eso creó las empresas a mi nombre?
—No sólo eso.
Me entregó otra carpeta.
Dentro estaban las transferencias bancarias.
Durante años, Arturo había desviado dinero de la compañía hacia cuentas controladas por Beatriz.
La supuesta quiebra no era una consecuencia.
Era el plan.
Querían hacerme responsable de las deudas y quedarse con todo antes de que yo descubriera mi derecho sobre la empresa.
Entonces mi teléfono vibró.
Renata.
Contesté.
—Isabella, escucha con atención. Acabo de revisar el registro mercantil.
Hizo una pausa.
—Hay algo que necesitas saber.
—¿Qué?
—La empresa no está legalmente en manos de Arturo.
Miré el documento de la maleta.
—¿Entonces de quién?
Renata bajó la voz.
—Tuya.
Me quedé inmóvil.
Pero antes de poder responder, escuché un ruido detrás de mí.
Beatriz estaba en la puerta.
Ya no parecía una mujer arrogante.
Parecía aterrada.
—No abras la última carpeta —susurró.
La miré.
—¿Por qué?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Porque ahí está la prueba de que Arturo no fue quien comenzó todo esto.
—¿Quién fue?
Beatriz apretó los labios.
Y entonces dijo un nombre que jamás había escuchado.
—Tu hermana.
Sentí que el aire abandonaba la habitación.
—¿Mi hermana está viva?
Beatriz retrocedió un paso.
—Y lleva quince años intentando recuperar lo que cree que le pertenece.
En ese instante, mi teléfono recibió un mensaje de un número desconocido:

“Isabella, ya sabes demasiado. Ahora ven sola a El Salto.”
Debajo había una fotografía.
Era mi rostro.
Pero la mujer que aparecía a mi lado en la imagen tenía exactamente mis mismos ojos.