PARTE 2: EL VIDEO QUE CAMBIÓ TODO

Me quedé inmóvil durante varios segundos.

Mi hijo dormía sobre mi pecho mientras el teléfono permanecía sobre la cama.

No podía volver a reproducir el video.

Todavía no.

Lo había visto una sola vez y había sido suficiente para entender que la historia de Mark no coincidía con la realidad.

Respiré profundamente y recogí el teléfono.

Entonces noté algo que no había visto al principio.

En una esquina del video aparecía la fecha.

Era anterior a la hora en que Mark aseguró que yo había sido trasladada a cirugía.

Y detrás de una puerta de cristal se veía a Mark hablando con un hombre que yo no reconocía.

No parecía angustiado.

No parecía un padre que acababa de perder a uno de sus hijos.

Estaba tranquilo.

Demasiado tranquilo.

Luego apareció Judy en la grabación.

Se acercó a ellos y les entregó una carpeta.

Mark la abrió.

Y en ese momento escuché una frase que hizo que todo mi cuerpo se quedara frío.

—Si ella despierta, no puede saber que el segundo bebé estuvo registrado con otro nombre.

El video terminó.

Miré a mi hijo.

Después miré la puerta.

¿Qué significaba aquello?

¿Por qué mi bebé aparecía con otro nombre?

¿Y por qué Mark había permitido que me dijeran que uno de nuestros hijos había muerto?

Antes de poder pensar en una explicación, escuché pasos en el pasillo.

Guardé el teléfono debajo de la almohada.

La puerta se abrió.

Mark entró con dos cafés.

—¿Cómo estás?

Lo miré.

El mismo hombre que había llorado junto a mí.

El mismo hombre que me había sostenido la mano.

El mismo hombre que ahora fingía no saber nada.

—Mejor —respondí.

Sonrió.

—Eso es bueno.

Se acercó a la cuna.

—Nuestro pequeño necesita descansar.

Yo asentí.

Pero entonces hice una pregunta que no había planeado.

—Mark, ¿cómo se llamaba el bebé que perdimos?

Su expresión cambió apenas.

Solo un instante.

Pero lo vi.

—¿Qué?

—Nuestro hijo. El que no sobrevivió.

Mark bajó la mirada.

—No sé por qué preguntas eso ahora.

—Quiero recordarlo.

Se quedó en silencio.

Después respondió:

—Ethan.

Ethan.

Ese nombre no aparecía en ninguno de los documentos que había visto durante mi embarazo.

Y entonces recordé algo.

Durante las ecografías, Mark había insistido en que todavía no eligiéramos nombres.

¿Por qué ahora tenía una respuesta tan inmediata?

—¿Quién te dijo ese nombre?

Mark levantó la cabeza.

—¿Qué importa?

—A mí sí.

Su sonrisa desapareció.

—Estás confundida por los medicamentos.

Me tomó la mano.

Yo se la dejé tomar.

Pero ya no sentía amor.

Sentía miedo.

Y necesitaba respuestas.

Esa noche fingí dormir.

Esperé hasta que Mark salió de la habitación para hablar por teléfono.

Entonces escribí un mensaje a Judy.

“Necesito saber toda la verdad.”

La respuesta llegó casi inmediatamente.

“Tu esposo no sabe que te envié el video.”

Después apareció otro mensaje.

“Pero hay algo que todavía no te mostré.”

Sentí que el corazón se me aceleraba.

“¿Qué?”

Los tres puntos aparecieron.

Desaparecieron.

Volvieron a aparecer.

Finalmente llegó una fotografía.

Era un documento hospitalario.

Mi nombre aparecía en la parte superior.

Debajo había dos registros de nacimiento.

Dos bebés.

Dos números de identificación.

Pero junto al segundo registro aparecía una palabra que me hizo olvidar cómo respirar.

“Transferido.”

No “fallecido”.

Transferido.

Antes de que pudiera preguntar qué significaba, Judy escribió:

“Tu segundo hijo está vivo.”

Me llevé una mano a la boca.

Miré hacia la puerta.

Entonces escuché la voz de Mark en el pasillo.

—¿Con quién estás hablando?

Bloqueé el teléfono.

—Con nadie.

La puerta se abrió.

Mark entró lentamente.

Me miró.

Luego miró mi teléfono.

Y por primera vez desde que desperté en aquel hospital, vi algo completamente distinto en sus ojos.

No era tristeza.

Era miedo.

—¿Qué te dijo Judy? —preguntó.

No respondí.

Mark dio un paso hacia mí.

—Necesito que me escuches.

—¿Dónde está mi hijo?

Su rostro perdió todo el color.

Y en ese instante comprendí que la pregunta no era si Judy decía la verdad.

Era por qué mi esposo había hecho todo lo posible para que yo creyera que mi propio hijo había muerto.

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