Larisa salió del consultorio caminando lentamente.
Ya no pensaba en la cuna.
Pensaba en todos los meses que había pasado ignorando señales que ahora parecían demasiado claras.
La presión.
El abdomen cada vez más grande.
El cansancio.
Aquella sensación de movimiento que había interpretado como las patadas de un bebé.
Al llegar a casa, dejó la referencia médica sobre la mesa y se quedó mirando la pequeña cuna que había comprado.
Entonces sonó su teléfono.
Era el médico.
—Larisa, conseguí una cita para estudios adicionales mañana por la mañana.
—¿Es grave?
Hubo un silencio breve.
—Todavía no lo sabemos. Y precisamente por eso necesitamos estudiarlo cuanto antes.
Al día siguiente regresó al hospital.
Le realizaron nuevas imágenes y análisis. Esta vez había varios especialistas alrededor de la pantalla.
Larisa observaba sus rostros.
Nadie sonreía.
Finalmente, una médica se sentó frente a ella.
—Hemos encontrado una masa abdominal de gran tamaño.
Larisa tragó saliva.
—¿Es cáncer?
—No podemos afirmarlo todavía.
La especialista explicó que necesitaban conocer exactamente de dónde procedía la formación y qué características tenía antes de decidir el tratamiento.
Larisa permaneció en silencio.
—¿Y por qué sentía movimientos?
—Una masa grande puede ejercer presión sobre otros órganos y provocar sensaciones extrañas. Lo que sentiste fue real, aunque no fueran movimientos de un bebé.
Aquella explicación no le devolvió los nueve meses que había pasado creyendo que estaba embarazada.
Pero por primera vez entendió que su cuerpo no la había engañado.
Ella simplemente había interpretado aquellas señales de otra manera.
Los médicos recomendaron continuar con las pruebas y no retrasar la evaluación.
Esa noche, Larisa regresó a casa y abrió la caja donde guardaba las cosas del supuesto bebé.
Sacó los pequeños calcetines.
Los sostuvo durante varios segundos.
Después los guardó nuevamente.
No quería tirarlos.
Todavía no.
A la mañana siguiente, una nueva prueba reveló algo inesperado.
La formación parecía estar desplazando varios órganos y era mucho más grande de lo que habían calculado inicialmente.
El cirujano miró las imágenes una última vez.
—Necesitamos intervenir, pero antes quiero que comprenda algo. El objetivo es determinar exactamente qué tenemos delante y tratarlo de la manera más segura posible.
Larisa respiró profundamente.
—¿Podré volver a caminar normalmente después?
—Eso dependerá del procedimiento y de lo que encontremos.
Ella asintió.
—Entonces hágalo.
Antes de entrar a la siguiente consulta, recibió una llamada de su hija mayor.
—Mamá, ¿qué está pasando?
Larisa miró la puerta del hospital.
Durante meses había contado a todos que iba a tener otro hijo.
Ahora no sabía cómo explicarles que nunca había existido un embarazo.
—Encontraron algo dentro de mí —respondió finalmente—. Y necesito que estés conmigo.
Su hija llegó una hora después.
Cuando vio los estudios, se quedó inmóvil.
—Mamá…
Larisa le tomó la mano.
—No tengas miedo antes de tiempo.
Pero entonces una enfermera apareció en la puerta.
—Señora Larisa, el cirujano quiere hablar con usted antes de que se vaya.
La mujer entró con una carpeta.
La abrió sobre la mesa.
—Hay algo en las nuevas imágenes que no esperábamos encontrar.
Larisa sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—¿Qué cosa?
La doctora señaló una zona de la imagen.
—La masa no parece estar sola.
Larisa miró la pantalla.

Y esta vez fue ella quien dejó de respirar.
Había una segunda formación mucho más pequeña junto a la primera.
La doctora cerró lentamente la carpeta.
—Necesitamos averiguar qué es antes de tomar cualquier decisión.