PARTE 2: LA HORA QUE NADIE PODÍA EXPLICAR

La trabajadora social cerró la puerta detrás de Mariana y se sentó frente a mí.

—Alejandra, necesito que me cuentes exactamente qué ocurrió desde que Sofía llegó a tu casa.

Respiré hondo.

—Llegó a las 10:42. Mariana me dijo que había dormido mal y que probablemente le estaban saliendo los dientes. A las 11:02 empezó a llorar de una manera que nunca había escuchado.

La mujer tomó notas.

—¿La dejaste sola en algún momento?

—Ni un segundo.

—¿La dejaste sobre una cama, sofá o cambiador?

—No. La llevé directamente al cambiador cuando noté que algo no estaba bien.

Entonces le conté lo del hematoma.

La trabajadora social levantó la mirada.

—¿Mariana te dijo algo antes de que ella y Rodrigo se fueran?

Dudé.

—Me dijo: “Tú decides si necesita un médico”.

La mujer dejó de escribir.

—¿Exactamente esas palabras?

—Sí.

Hubo unos segundos de silencio.

Entonces preguntó:

—¿Había alguna otra persona en tu casa antes de que llegara Sofía?

—No.

—¿Y después?

—Tampoco.

La entrevista terminó unos minutos después.

Pero cuando salí al pasillo, vi a Rodrigo hablando con un agente.

Me quedé a distancia.

No pude escuchar todo.

Solo una frase.

—Ella estuvo sola con la bebé casi una hora antes de llevarla al hospital.

Me quedé helada.

No era cierto.

Yo había llevado a Sofía al hospital apenas descubrí la lesión.

Y de repente comprendí por qué Mariana me había pedido que dijera que encontré el hematoma después de que ellos se marcharon.

Estaban construyendo una historia.

Una historia en la que yo era la última persona que había tenido a Sofía antes de que apareciera la lesión.

Pero había algo que ellos no sabían.

Mi teléfono tenía una cámara de seguridad conectada al timbre de mi casa.

Abrí la aplicación.

El historial mostraba la hora exacta en que Mariana y Rodrigo habían llegado.

10:41.

Y la hora exacta en que se fueron.

10:42.

Solo había un problema.

Cuando amplié la grabación, vi algo que no había notado aquella mañana.

Antes de entregarme a Sofía, Mariana había abierto su bolso y sacado una pequeña manta.

La envolvió alrededor de la bebé.

Después miró hacia Rodrigo.

Él hizo algo que la cámara no captó completamente.

Se inclinó sobre Sofía.

Y luego ambos se quedaron inmóviles durante varios segundos.

Guardé la grabación.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

En ese momento, la trabajadora social regresó.

—Alejandra, necesitamos hablar otra vez.

—¿Pasó algo?

Me mostró una fotografía tomada durante el examen médico.

—Encontraron otra lesión que no coincide con una caída accidental.

Sentí que el estómago se me cerraba.

—¿Qué significa eso?

—Significa que necesitamos revisar cuidadosamente toda la historia de Sofía.

Entonces miró su carpeta.

—Y hay algo más.

—¿Qué?

—Mariana nos dijo que Sofía nunca había tenido una lesión previa.

La miré sin entender.

—¿Y?

La trabajadora social bajó la voz.

—El pediatra de Sofía registró una visita de urgencia hace nueve días.

Me quedé inmóvil.

—¿Por qué?

—Según el expediente, Mariana dijo que la bebé se había lastimado durante un cambio de pañal.

Sentí un escalofrío.

Nueve días atrás.

Otra lesión.

Otra explicación.

Y ahora una fractura.

Miré hacia la puerta donde mi hermana esperaba con Rodrigo.

Por primera vez desde que llegamos al hospital, ya no sentí solamente miedo.

Sentí que la verdad empezaba a aparecer.

Entonces mi teléfono vibró.

Era un mensaje de un número desconocido.

Solo decía:

“NO CONFÍES EN MARIANA. ELLA NO FUE QUIEN LASTIMÓ A SOFÍA.”

Debajo había una fotografía.

La imagen mostraba a Rodrigo entrando solo en mi casa aquella misma mañana.

Pero eso era imposible.

Yo estaba segura de que nunca había regresado.

Amplié la fotografía.

Y reconocí lo que llevaba en la mano.

Era la misma manta que Mariana había colocado sobre Sofía antes de entregármela.

Entonces llegó otro mensaje:

“Revisa la cámara del pasillo.”

Abrí la grabación.

Y lo que apareció en pantalla cambió por completo la historia.

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