Tres días después, Luke entró en mi habitación del hospital sonriendo.
Celina venía detrás de él con una bolsa de flores vacía y Barron caminaba lentamente apoyándose en su bastón.
—Mírala —dijo Celina—. Todavía tiene fuerzas para fingir que está enferma.
Luke se acercó a mi cama.
—¿Ya aprendiste la lección?
No respondí.
Tenía el teléfono sobre las piernas y una pequeña grabadora escondida debajo de la manta.
Habían cometido un error.
Creían que yo había escapado de aquella casa por casualidad.
No sabían que, antes de que me encontraran, había conseguido enviar una copia de la grabación a mi abogado.
Luke sonrió.
—Cuando salgas de aquí, vas a renunciar a tu trabajo. No volverás a manejar tus propias cuentas y vivirás con mis padres.
Celina soltó una carcajada.
—Exactamente. Una esposa obediente no necesita dinero propio.
Barron miró hacia la puerta.
—¿Y si alguien pregunta cómo se rompió la pierna?
Luke respondió sin siquiera bajar la voz:
—Se cayó por las escaleras. Todos diremos lo mismo.
Toqué discretamente la pantalla del teléfono.
La grabación continuó.
Entonces llamé a mi abogado.
—Ya puedes entrar.
La puerta se abrió.
Luke se giró.
Mi abogado apareció acompañado de dos agentes de policía.
Detrás de ellos había otro grupo de agentes.
Luke perdió la sonrisa.
—¿Qué significa esto?
Mi abogado levantó una carpeta.
—Significa que tenemos una grabación en la que usted admite haber ordenado que ocultaran la lesión de su esposa y falsificaran la versión de los hechos.
Celina palideció.
—Eso es mentira.
—No —respondí por primera vez—. Está grabado.
Luke me miró con incredulidad.
—¿Tú?
Asentí.
—Yo.
Uno de los agentes se acercó a él.
—Luke Morgan, queda detenido para ser interrogado por las lesiones causadas a su esposa y por posible obstrucción de la investigación.
Celina comenzó a gritar.
—¡No pueden hacer esto! ¡Somos una familia!
Mi abogado abrió otra carpeta.
—También tenemos registros bancarios, mensajes y fotografías que demuestran que llevaban meses planeando controlar las cuentas de la señora Clover.
Luke dejó de hablar.
Pero entonces uno de los agentes recibió una llamada.
Escuchó durante unos segundos y luego miró a su compañero.
—Encontraron algo en la casa.
Mi corazón se aceleró.
—¿Qué?
El agente miró a Luke.
—Una habitación cerrada con llave.
—¿Qué había dentro? —pregunté.
El hombre dudó.
—Documentos.
—¿Qué documentos?
Me miró directamente.
—Contratos preparados para transferir todas sus propiedades a nombre de Luke y de su madre.
Sentí un frío distinto al de aquella cocina.
No querían solamente controlarme.
Querían quedarse con mi vida entera.
Luke bajó la cabeza.
Por primera vez, parecía comprender que había perdido.
Pero mi abogado aún tenía una última carpeta.
La dejó sobre mi cama.
—Clover, hay algo más.
La abrí.
Dentro había una fotografía que no reconocía.
Era de Luke.
Y estaba acompañado por una mujer que jamás había visto.
En el reverso había una fecha de seis meses antes.
Mi abogado habló en voz baja:
—Ella fue quien financió parte del plan.
Levanté la mirada.

—¿Quién es?
Mi abogado tragó saliva.
—La mujer que Luke llevaba meses preparando para ocupar tu lugar.