No respondí a su abrazo.
Durante tres años había imaginado exactamente ese momento: Alexander regresando a casa, arrepentido, abrazándome como si nunca hubiera existido otra mujer.
Pero ahora que lo tenía delante, solo sentía cansancio.
—¿Cuánto tiempo? —pregunté.
Alexander se quedó inmóvil.
—¿Cuánto tiempo llevas prometiéndole a Ivy que algún día me dejarías?
Su rostro cambió.
—Natalie…
—No necesito una mentira mejor. Necesito una fecha.
Guardó silencio.
Ese silencio fue suficiente.
Me levanté de la cama y caminé hacia el armario.
Alexander me siguió.
—¿Qué haces?
Saqué una pequeña caja metálica que llevaba tres años escondida detrás de mis documentos.
La coloqué sobre la mesa.
Dentro estaban las copias de sus transferencias, los recibos de Milán, los registros de viajes y fotografías que jamás había tenido intención de mostrarle.
Alexander las miró una por una.
Su expresión se volvió cada vez más pálida.
—¿Quién te dio esto?
—Nadie.
Cerré la caja.
—Lo descubrí sola.
Entonces saqué otro documento.
—Y esto llegó esta mañana.
Era una notificación legal.
Alexander la tomó.
Leyó la primera página.
Luego la segunda.
Sus dedos comenzaron a temblar.
—¿Vendiste la casa?
—No.
Lo miré directamente.
—La puse a mi nombre.
Su respiración se detuvo.
Aquella propiedad había sido comprada con dinero que yo había aportado antes de nuestro matrimonio. Durante años, Alexander había asumido que todo lo que teníamos era suyo porque él aparecía en las fotografías de la empresa.
Pero había olvidado algo.
Yo también había firmado los documentos.
Y yo también tenía abogados.
—Natalie, podemos hablar de esto.
—Ya hablamos.
—Puedo arreglarlo.
—No.
Me acerqué a la ventana.
—Lo que puedes arreglar es tu vida con Ivy.
Alexander apretó la mandíbula.
—¿Quieres destruir nuestro matrimonio por una mujer?
Sonreí.
—No.
—Tu matrimonio lo destruiste tú.
En ese momento, su teléfono vibró.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
Alexander miró la pantalla.
El nombre de Ivy apareció iluminado en la oscuridad.
No contestó.
Entonces llegó un mensaje.
Lo leyó.
Su rostro perdió todo el color.
—¿Qué pasa? —pregunté.
No respondió.
Tomé el teléfono de su mano.
No intentó detenerme.
El mensaje era corto:
“Alexander, tenemos un problema. Tu padre acaba de descubrir quién soy realmente.”
Levanté la mirada.
—¿Quién es ella?
Alexander tragó saliva.
Por primera vez desde que había regresado, parecía realmente asustado.
—Natalie… no sabes en qué te estás metiendo.
—Entonces explícame.
Su teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era una llamada.
Su padre.
Alexander miró la pantalla durante varios segundos antes de contestar.
—Papá…
La voz del otro lado era tan fuerte que incluso yo pude escucharla.
—¿Dónde está Ivy?
Alexander cerró los ojos.
—En Europa.
—¿Y tú?
—En casa.
Hubo un silencio.
Después su padre dijo:
—No vuelvas a hablar con esa mujer hasta que yo llegue.
La llamada terminó.
Alexander se quedó mirando el teléfono.
Yo crucé los brazos.
—Parece que Ivy no era simplemente tu amante.
Él levantó la mirada.
Y entonces dijo algo que jamás esperaba escuchar:
—Ella vino a nuestra familia con otro nombre.
Mi corazón dio un vuelco.

Porque de pronto comprendí que los tres años de viajes de negocios no habían sido solamente una historia de infidelidad.
Alexander había estado ocultándome algo mucho más peligroso.
Y ahora alguien había empezado a descubrirlo.
Incluido su propio padre.