Las sirenas se detuvieron frente al edificio.
Richard retrocedió un paso.
Por primera vez desde que lo conocía, parecía asustado.
—Ava… escucha. Podemos arreglar esto.
No respondí.
La puerta principal se abrió y varias voces llenaron el pasillo.
—¡Policía militar! ¡Aléjese de ella!
Richard levantó las manos.
Yo permanecí en el suelo, respirando con dificultad mientras los agentes entraban y lo apartaban de mí.
Uno de ellos se arrodilló a mi lado.
—Teniente Reynolds, ¿puede oírme?
Asentí.
—Su señal llegó directamente a nuestro centro de emergencias. Hicieron bien en activarla.
Miré hacia Richard.
Dos agentes lo esposaban mientras él repetía que todo había sido un malentendido.
—Ella es mi hijastra —decía—. Solo quería hablar con ella.
Uno de los agentes encontró mi teléfono debajo de la mesa.
La transmisión seguía activa.
Todo había quedado registrado.
Richard dejó de hablar.
Pero entonces recordé algo.
—Esperen.
El agente se volvió.
—¿Qué ocurre?
Señalé a Richard.
—No vino solamente a verme.
Su expresión cambió.
—¿Qué quiere decir?
Richard bajó la mirada.
Demasiado rápido.
Y entonces lo entendí.
Tres años evitando a ese hombre me habían hecho creer que su obsesión conmigo era personal.
No lo era.
Cuando revisaron su teléfono, encontraron mensajes enviados esa misma noche.
No hablaban de mí.
Hablaban de mi madre.
Y de una cuenta bancaria que llevaba mi nombre.
El agente leyó uno de los mensajes y levantó lentamente la mirada.
—Teniente… ¿su madre está involucrada en esto?
Sentí un escalofrío.
Mi madre había sido la única persona que me pidió que perdonara a Richard durante todos aquellos años.
La única que insistió en que él había cambiado.
La única que sabía exactamente dónde vivía.
Miré a Richard.
Ya no parecía furioso.
Parecía desesperado.
—Ava —dijo—, tienes que escucharme.
Me incorporé con ayuda del agente.
—Ahora sí voy a escucharte.
Richard tragó saliva.
—Tu madre nunca te contó por qué realmente me fui de casa aquella noche.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué noche?
Richard cerró los ojos.
Y entonces dijo algo que hizo que todo mi pasado volviera a encajar de una manera aterradora:
—La noche en que pensaste que yo había intentado hacerte daño… alguien me pagó para que cargara con la culpa.
Sentí que el mundo se quedaba en silencio.

Porque si Richard decía la verdad, significaba que la persona de la que había confiado durante toda mi vida podía haber sido la misma que había destruido mi infancia.
Y esa persona todavía tenía acceso a mi madre.