Clara esperó hasta que el salón ancestral quedó vacío.
Entonces se levantó lentamente.
Sus rodillas temblaban después de siete días arrodillada, pero no pidió ayuda.
Entró en la habitación, sacó una carpeta escondida bajo el colchón y colocó sobre la mesa los documentos del divorcio.
Después añadió otro sobre.
El informe médico.
Cáncer cerebral.
Pronóstico: pocas semanas.
No quería que Adrián lo supiera todavía.
No porque lo amara.
Sino porque había decidido que él no tendría derecho a convertir sus últimos días en otra escena de su familia.
A la mañana siguiente, Clara llegó al despacho del abogado.
—Quiero divorciarme.
El abogado revisó los documentos.
—¿Su esposo sabe que está aquí?
—No.
—¿Quiere pedir compensación?
Clara negó con la cabeza.
—Solo quiero recuperar mi libertad.
Entonces sacó una fotografía.
Era de su hijo.
—Y quiero cambiar la inscripción de su tumba.
El abogado levantó la mirada.
—¿La inscripción?
Clara señaló la última línea.
“Adrián Foster, padre”.
—Quiero que desaparezca.
Mientras tanto, en la mansión Foster, Adrián desayunaba con Irene.
Ella hablaba de su viaje a Islandia como si hubiera sido unas vacaciones románticas.
Entonces un empleado entró apresuradamente.
—Señor Foster, la señora Clara salió temprano.
Adrián frunció el ceño.
—¿Adónde?
—Al despacho del abogado.
La taza se detuvo en su mano.
—¿Por qué?
El empleado tragó saliva.
—Llevaba documentos de divorcio.
Irene palideció.
Adrián se levantó de golpe.
—Imposible.
Tomó las llaves y salió.
Cuando llegó al despacho, Clara ya estaba bajando las escaleras.
Adrián la sujetó del brazo.
—¿Qué estás haciendo?
Clara lo miró.
Por primera vez, él vio algo diferente en sus ojos.
No había lágrimas.
No había reproches.
Solo cansancio.
—Divorciándome de ti.
—¿Por qué?
Clara soltó una pequeña risa.
—¿De verdad necesitas preguntarlo?
—Clara, nuestro hijo acaba de morir.
—Precisamente.
Adrián quedó inmóvil.
Ella sacó el certificado médico de su bolso y se lo entregó.
—No me queda mucho tiempo.
Él leyó la primera línea.
Luego la segunda.
Su rostro perdió todo el color.
—¿Desde cuándo?
—Antes de que nuestro hijo muriera.
Adrián levantó lentamente la cabeza.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Clara retiró su mano.
—Porque cuando mi hijo necesitó a su padre, tú estabas en Islandia.
—Y cuando yo necesité a mi esposo…
Hizo una pausa.
—Tú tampoco estabas.
Adrián no pudo responder.
Entonces Clara añadió en voz baja:
—Pero hay algo más.
Sacó otro documento.
—El informe del hospital de nuestro hijo.
Adrián lo abrió.
Su expresión cambió.
Porque había una firma.
La de Irene.
Y una nota que nunca había visto.
Clara lo miró directamente.
—Pregúntale a tu hermana qué ocurrió realmente la noche que nuestro hijo murió.
Luego se marchó.

Adrián permaneció inmóvil en la acera, sosteniendo los documentos con las manos temblorosas.
Por primera vez en siete años, tuvo miedo de descubrir la verdad.
Y por primera vez, Clara ya no estaba allí para protegerlo de ella.