Quería quedarse con la casa.
Pero todavía no entendía por qué necesitaba que yo desapareciera tan rápido.
A las 6:14 de la mañana llamé a una abogada especializada en patrimonio que mi abuela me había recomendado años atrás.
—Necesito que revises algo con urgencia —dije.
Le envié fotografías de la escritura.
Cinco minutos después me llamó.
—Clara, ¿tu esposo ha firmado alguna vez documentos relacionados con esta propiedad?
—Que yo sepa, no.
Hubo silencio.
—Entonces no puede venderla ni hipotecarla sin tu autorización.
Me quedé mirando la fotografía de Leo.
—¿Y si ya intentó hacerlo?
La respuesta tardó apenas un segundo.
—Entonces tenemos un problema mucho más grande.
A las ocho, estaba sentada en su oficina.
Sacó registros públicos, documentos bancarios y varias solicitudes recientes.
Entonces encontró algo.
—Aquí está.
Me mostró una solicitud presentada tres semanas antes.
Mi nombre aparecía como propietaria.
Pero debajo figuraba una autorización para utilizar la casa como garantía de un préstamo empresarial.
La firma parecía mía.
Pero no lo era.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—Yo nunca firmé esto.
Mi abogada levantó la mirada.
—Lo sé.
—¿Quién lo presentó?
Deslizó otra página.
El intermediario era una empresa recién creada.
El administrador figuraba como… Julián.
Pero había algo peor.
La empresa estaba vinculada a una segunda persona.
Chloe.
Me quedé completamente inmóvil.
Entonces comprendí.
El embarazo no era el verdadero motivo por el que Julián quería echarme.
Necesitaba que yo desapareciera antes de que descubriera que estaba intentando apropiarse de una propiedad que nunca le perteneció.
Pero todavía faltaba una pieza.
—¿Cuánto dinero pidió?
Mi abogada giró la pantalla hacia mí.
Vi la cifra.
Se me heló la sangre.
Era suficiente para comprar varias casas.
—¿Para qué necesitaba tanto?
Ella señaló la última página.
—Según estos documentos, para adquirir una participación mayoritaria en una empresa.
Miré el nombre de la empresa.
No era la de Julián.
Era la de Chloe.
La misma mujer que había anunciado estar embarazada de él.
Entonces mi teléfono vibró.
Número desconocido.
Contesté.
No escuché una voz masculina.
Era Chloe.
Y estaba llorando.
—Clara… tienes que escucharme.
Me quedé en silencio.
—Julián me dijo que la casa era suya.
Mi corazón golpeó con fuerza.
—¿Qué?
—Me dijo que después del divorcio la venderíamos y comenzaríamos una nueva vida.
Cerré los ojos.
—¿Quiénes somos “nosotros”, Chloe?
Ella empezó a sollozar.
—Yo… él… y el bebé.
Mi abogada levantó la mirada.
Entonces Chloe dijo algo que cambió completamente el caso:
—Pero hay algo que no te contó.
—¿Qué?
—El bebé no es suyo.
La habitación quedó en silencio.
—Entonces, ¿de quién es?
Chloe respiró entrecortadamente.
—Ese es el problema, Clara.

—Julián lo sabe.
—Y está intentando hacerte desaparecer antes de que descubras quién es el verdadero padre.