Andrés conectó la vieja tarjeta de memoria a la computadora sin decir una palabra.
Yo permanecía de pie detrás de él, incapaz de respirar con normalidad.
La cámara del timbre llevaba meses descompuesta.
O eso creíamos.
La imagen apareció borrosa al principio.
Después se estabilizó.
Fecha: 7:42 p. m., dos noches antes de que encontrara a mis padres.
Mi mamá abrió la puerta con una sonrisa.
No era un desconocido.
No era un ladrón.
Era alguien a quien dejó entrar sin hacer una sola pregunta.
Sentí que el corazón se me detenía.
—No… —susurré.
La pantalla mostraba claramente a Javier, mi primo.
El hijo mayor de mi tía Rosa.
Entró cargando una olla de barro envuelta en un mantel.
Mi madre lo abrazó.
Mi padre le dio una palmada en el hombro.
Los tres desaparecieron hacia la cocina.
No hubo gritos.
No hubo forcejeos.
Solo confianza.
Quince minutos después, Javier salió solo.
Miró dos veces hacia la calle.
Cerró la puerta con cuidado.
Y se fue.
El video terminaba ahí.
Andrés pausó la imagen.
—¿Tus papás esperaban esa visita?
Negué lentamente.
—No me dijeron nada.
Tomé el teléfono y marqué a Javier.
Contestó al tercer tono.
—Prima.
—Necesito saber por qué fuiste a ver a mis papás el martes.
Silencio.
—Solo les llevé mole.
La frase me heló la sangre.
Miré el plato que la policía había fotografiado sobre la mesa.
El mismo plato cuyo contenido estaba siendo analizado por el laboratorio.
—¿Quién preparó ese mole?
Javier respondió demasiado rápido.
—Mi mamá.
Colgué.
No porque creyera que él era culpable.
Sino porque algo no encajaba.
Mi tía Rosa jamás cocinaba mole.
Siempre decía que prefería comprarlo hecho porque “nunca le salía bien”.
Andrés me observó.
—¿En qué estás pensando?
—En que alguien está mintiendo.
Al día siguiente fui al hospital.
Mi mamá ya estaba despierta.
Seguía débil, pero podía hablar.
Me senté junto a su cama.
—Mamá… ¿recuerdas quién llevó el mole?
Ella cerró los ojos unos segundos.
—Javier.
—¿Lo comieron juntos?
Negó lentamente.
—No.
—¿Entonces?
—Dijo que tenía prisa… dejó la olla… y se fue.
Sentí un escalofrío.
—¿Papá también lo recuerda?
—Sí.
Hizo una pausa.
—Pero hay algo más.
La miré.
Mi madre bajó la voz.
—Antes de irse… Javier hizo una llamada desde el jardín.
—¿Escuchaste con quién hablaba?
Asintió muy despacio.
—No reconocí la voz…
…pero sí escuché una frase.
Apreté su mano.
—¿Cuál?
Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro.

—”Ya está hecho.”
El cuarto quedó completamente en silencio.
No sabía si Javier había participado por decisión propia.
O si alguien lo estaba utilizando.
Pero una cosa quedó clara en ese instante.
El sedante no había llegado por accidente.
Había entrado a la casa disfrazado de un gesto de cariño.
Y quien lo llevó sabía exactamente que mis padres jamás desconfiarían de una comida preparada por alguien de la familia.