Daniel permaneció frente a la puerta durante varios minutos.
No se movió.
No llamó.
Solo escuchó.
Tump.
Tump.
Tump.
Cada latido atravesaba la madera y golpeaba algo dentro de él que llevaba dos meses intentando mantener muerto.
Martin se acercó lentamente.
—Señor Hayes…
Daniel levantó una mano.
—No.
—Tenemos que irnos.
—¿Ella sabía que estaba embarazada cuando firmó?
Martin guardó silencio.
Daniel giró la cabeza.
—Te hice una pregunta.
—No lo sé, señor.
—Averígualo.
Dentro de la sala, la doctora continuaba con la ecografía.
—Clara, todo parece normal. El bebé está creciendo muy bien.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
No por Daniel.
Por mí.
Por todas las noches en las que había imaginado cómo sería escuchar ese corazón junto al hombre que amaba.
—¿Puedo verlo?
La doctora giró ligeramente el monitor.
Y entonces lo vi.
Mi bebé.
Pequeño, inquieto, completamente ajeno al desastre que había provocado su existencia.
Sonreí.
—Hola, pequeño.
La doctora sonrió.
—¿Quieres saber el sexo?
Asentí.
—Es un niño.
Me llevé una mano a la boca.
Un niño.
El hijo que Daniel y yo habíamos hablado tantas veces de tener algún día.
Sentí una lágrima bajar por mi mejilla.
Pero antes de poder decir nada, escuché voces detrás de la puerta.
—Señor Hayes, no puede entrar.
La voz de Daniel respondió:
—Es mi hijo.
Me quedé inmóvil.
La doctora me miró.
—¿Es cierto?
Respiré profundamente.
—No lo sé.
Pero sí lo sabía.
La fecha coincidía.
Exactamente.
La concepción había ocurrido antes de que Daniel me pidiera el divorcio.
La doctora bajó la voz.
—Entonces deberías hablar con él.
Negué con la cabeza.
—No todavía.
La puerta se abrió.
Daniel entró.
Su rostro había cambiado.
Ya no parecía el hombre frío que había firmado nuestro divorcio.
Parecía alguien que acababa de descubrir que había cometido el peor error de su vida.
Sus ojos fueron directamente al monitor.
Vio a nuestro hijo.
Y se quedó sin palabras.
—¿Es mío?
Esta vez no había arrogancia.
Solo miedo.
Miré el monitor.
Luego a él.
—Sí.
Daniel cerró los ojos.
Una sola lágrima cayó por su mejilla.
Nunca lo había visto llorar.
Ni siquiera cuando murió su padre.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Solté una risa amarga.
—Porque cuando firmamos, tú me dijiste que querías una vida sin mí.
—No sabía que estabas embarazada.
—Yo tampoco cuando firmé.
Se acercó un paso.
—Clara…
—No.
Levanté una mano.
—No puedes aparecer ahora y decidir que quieres ser padre.
—No quiero decidirlo ahora.
Su voz se quebró.
—Quiero serlo desde el momento en que supe que existía.
Lo miré fijamente.
—Llegaste dos meses tarde.
Daniel bajó la mirada.
Entonces su teléfono comenzó a sonar.
Miró la pantalla.
Era Martin.
Contestó.
—¿Qué?
Escuchó durante unos segundos.
Su expresión cambió.
—¿Estás seguro?
Silencio.
—No le digas a nadie.
Colgó.
Lo miré.
—¿Qué pasó?
Daniel levantó lentamente los ojos hacia mí.
—Encontraron algo en los documentos del divorcio.
—¿Qué?
—La persona que preparó nuestro acuerdo cambió una página después de que yo lo firmara.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué página?
Daniel sacó el teléfono.
—La cláusula sobre hijos.
Me quedé helada.
—¿Qué decía?
Su mandíbula se tensó.
—Que no teníamos hijos ni esperábamos tenerlos.
La doctora nos miró confundida.
Daniel guardó el teléfono.
—Alguien sabía que estabas embarazada.
El aire pareció desaparecer de la habitación.
—Y quería asegurarse de que yo nunca lo supiera.
Entonces Daniel recibió otro mensaje.
Lo leyó.
Esta vez perdió completamente el color del rostro.
Me mostró la pantalla.
Solo había una frase:

“Si quieres saber quién destruyó tu matrimonio, pregunta por Isabella Walsh.”
Daniel levantó la mirada.
Y por primera vez desde que lo conocía, parecía verdaderamente asustado.