PARTE 2: MI PROMETIDA NO ERA QUIEN YO CREÍA

Salí de la sala de seguridad sin decir una palabra.

Héctor intentó seguirme.

—Señor, espere.

—No.

Me detuve frente a él.

—Quiero que nadie sepa que regresé. Todavía.

—¿Ni siquiera las niñas?

Negué con la cabeza.

—Primero necesito saber cuánto tiempo lleva ocurriendo esto.

Volví a mirar las pantallas.

Marisol estaba arrodillada frente a Sofía, intentando tranquilizarla.

Valeria seguía abrazando a su hermana.

Y Renata ya estaba hablando por teléfono como si nada hubiera ocurrido.

Entonces escuché algo que me hizo detenerme.

—No te preocupes —decía Renata—. Alejandro no sospecha nada.

Mi sangre se heló.

Héctor subió el volumen.

—El viernes firmará los documentos —continuó ella—. Después de la boda, la casa quedará prácticamente bajo mi control.

Silencio.

Renata escuchó a la persona al otro lado.

Después sonrió.

—Sí. Las niñas son el único problema.

Miré a Héctor.

—Graba eso por separado.

Renata siguió hablando.

—Si Marisol abre la boca, la haré parecer una ladrona. Y si las niñas siguen diciendo que no quieren que me case con su padre…

Hizo una pausa.

—Encontraremos otra solución.

Sentí un vacío en el estómago.

—¿Qué significa “otra solución”? —susurró Héctor.

—Todavía no lo sé —respondí—. Pero quiero descubrirlo.

Durante las siguientes dos horas revisamos grabaciones de las últimas seis semanas.

Cada archivo hacía que la imagen de Renata se volviera más oscura.

Había obligado a Valeria a mentir sobre pequeñas cosas.

Había castigado a Sofía por llamar “mamá” a una fotografía de su madre fallecida.

Había revisado documentos privados de la familia.

Y, lo peor, había intentado convencer a las niñas de que Marisol quería reemplazarla.

Pero entonces apareció una grabación que ninguno de los dos esperaba.

Marisol estaba sola en la cocina.

Miró directamente hacia una de las cámaras.

Luego sacó un pequeño teléfono de su bolsillo.

—Señora, ya no puedo seguir ocultándolo.

Me acerqué a la pantalla.

Una voz respondió desde el teléfono.

No reconocí el número.

—¿Qué pasó?

Marisol bajó la voz.

—Renata descubrió que las niñas saben demasiado.

Héctor me miró.

—¿Saben qué?

Marisol respiró profundamente.

—Lo que ocurrió la noche del accidente de su madre.

Sentí que el mundo se detenía.

Mi esposa había muerto dos años antes en un accidente automovilístico.

Siempre pensé que había sido una tragedia.

Nada más.

—¿Qué accidente? —susurré.

Marisol continuó:

—Valeria estaba en el coche.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué acaba de decir?

Héctor rebobinó la grabación.

Marisol repitió:

—Valeria estaba en el coche. Y ella vio quién estaba allí.

La persona del teléfono preguntó:

—¿La niña recuerda?

Marisol respondió:

—Recuerda a Renata.

Sentí que la respiración se me cortaba.

Renata no había conocido a mi esposa después del accidente.

O eso me había dicho.

Siempre me aseguró que había llegado a mi vida meses después.

Pero si Valeria la recordaba…

Entonces alguien me había mentido desde el principio.

En ese momento, una puerta se cerró en la grabación.

Marisol levantó la cabeza.

—Tengo que irme.

La llamada terminó.

Miré a Héctor.

—Encuentra quién era esa persona.

—Sí, señor.

Tomé mi teléfono.

—Y llama a la policía.

Héctor asintió.

—¿Qué les digo?

Miré las imágenes de mis hijas.

—Que tenemos nuevas pruebas relacionadas con la muerte de mi esposa.

Entonces escuchamos un golpe en la puerta de la sala de seguridad.

Los dos nos quedamos inmóviles.

Una voz llegó desde el otro lado.

—Alejandro.

Era Renata.

Sonaba tranquila.

Demasiado tranquila.

—Sé que estás ahí.

Héctor apagó inmediatamente las pantallas.

Renata volvió a hablar.

—Y si ya viste las grabaciones…

Una pausa.

—Entonces supongo que también descubriste lo que pasó aquella noche.

Sentí que el corazón se me detenía.

Renata soltó una pequeña risa.

—Abre la puerta, Alejandro.

—Tenemos mucho de qué hablar.

Y por primera vez entendí que quizá ella sabía que yo había regresado mucho antes de que encendiera las cámaras.

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