La sala se llenó de movimientos.
Enfermeras.
Monitores.
Órdenes rápidas.
Yo apenas podía mantener los ojos abiertos.
Matías permanecía al otro lado de la sala, obligado a observar cómo otro médico se hacía cargo de mi parto.
Por primera vez desde que lo conocía, parecía completamente perdido.
Entonces la doctora Moreau levantó la mirada.
—Isabela, necesitamos tu autorización para proceder.
Asentí.
—Hagan lo que sea necesario para salvar a mi hija.
Matías cerró los ojos por un instante.
Mi hija.
No “nuestro bebé”.
Mi hija.
Quizá esas dos palabras fueron las que finalmente hicieron que entendiera cuánto tiempo había perdido.
Minutos después, escuché el primer llanto.
Fuerte.
Claro.
Vivo.
Se me quebró el pecho.
—¿Está bien?
La enfermera sonrió.
—Es una niña preciosa.
Comencé a llorar.
No por dolor.
Por alivio.
Entonces vi a Matías acercarse un paso.
Se detuvo.
—¿Puedo verla?
Lo miré.
Durante nueve meses había imaginado ese momento de mil maneras.
En ninguna él aparecía con los ojos llenos de lágrimas.
—Sí.
La enfermera acercó a la bebé.
Matías se quedó inmóvil.
Miró su pequeño rostro.
Después sus manos.
Y finalmente sus ojos.
Los mismos ojos grises que él tenía.
Se llevó una mano a la boca.
—Dios mío…
No tocó a la niña.
Como si temiera que alguien pudiera decirle que no tenía derecho.
—¿Cómo se llama?
Tragué saliva.
—Alma.
Repitió el nombre lentamente.
—Alma.
Entonces la bebé abrió los ojos.
Matías soltó una risa rota.
—Tiene mis ojos.
—Lo sé.
Me miró.
—¿Lo sabías desde el principio?
Asentí.
—En la primera ecografía.
Su rostro se contrajo.
—¿Y aun así decidiste no decirme?
—Pensé que ya habías decidido no tener una familia conmigo.
—¡No!
Su respuesta salió demasiado rápido.
La doctora Moreau levantó la vista.
Matías bajó la voz.
—No, Isabela. Yo decidí divorciarme porque estaba furioso. No porque dejara de quererte.
Aparté la mirada.
—Firmaste.
—Tú también.
—Porque tú lo pediste.
Silencio.
Esa frase cayó entre nosotros con más fuerza que cualquier grito.
Matías miró a Alma otra vez.
—Seis meses.
—¿Qué?
—Llevo seis meses pensando que perdí a la mujer que amaba.
Su voz se quebró.
—Y durante esos mismos seis meses tú estabas criando a mi hija sola.
No respondí.
Él se acercó finalmente a la cama.
—Isabela, no quiero que vuelvas conmigo por culpa de Alma.
Lo miré sorprendida.
—¿Entonces qué quieres?
Sus ojos encontraron los míos.
—Quiero conocer a mi hija.
Pausa.
—Y si algún día me permites volver a conocerte a ti, quiero hacerlo desde cero.
Antes de que pudiera responder, alguien golpeó suavemente la puerta.
Una enfermera entró con un sobre.
—Señora Isabela, esto llegó para usted mientras estaba en trabajo de parto.
Lo tomé.
No reconocí el remitente.
Matías también lo vio.
—¿Quién lo envió?
Abrí el sobre.
Dentro había una fotografía.
Era de seis meses atrás.
Yo aparecía entrando a una clínica.
Y detrás de mí había alguien que reconocí inmediatamente.
La madre de Matías.
En el reverso solo había una frase:
“Él no fue quien pidió el divorcio.”
Levanté lentamente la mirada.
Matías palideció.
—¿Qué significa eso?
No lo sabía.
Pero entonces recordé algo que llevaba seis meses intentando olvidar.
El día que firmamos el divorcio, Matías había llegado tarde.

Me había dicho que no tenía alternativa.
Ahora entendía que quizá nunca había tenido la oportunidad de contarme cuál era realmente esa alternativa.
Y mientras Alma dormía entre nosotros, comprendí que el nacimiento de mi hija acababa de abrir una historia que quizá nunca debió terminar.