—Antes de que vuelvas a acercarte a mis hijos —dijo Marina—, hay algo que debes saber.
Damir levantó la mirada.
—Dime.
Marina apretó los dedos alrededor de la correa de su bolso.
—Aquella noche no desaparecí porque quisiera abandonarte.
Él permaneció inmóvil.
—Tú me dijiste que no volviera. Dijiste que si quería seguir viva, debía olvidarte.
—Lo sé.
—No. No lo sabes.
Marina respiró profundamente.
—Porque nunca te conté lo que encontré en tu apartamento.
La expresión de Damir cambió.
Por primera vez desde que la había encontrado, parecía realmente preocupado.
—¿Qué viste?
—Una carpeta.
Silencio.
—Tenía fotografías mías. De mi trabajo. De mi familia. Incluso de la casa donde vivía mi hermana.
Damir se puso de pie.
—¿Quién te la mostró?
—Nadie. La encontré yo.
—Marina, esa carpeta no debía estar allí.
—¿Entonces sabías que existía?
Damir no respondió.
Ella sintió que el viejo miedo regresaba, pero esta vez no retrocedió.
—Me dijiste que desapareciera porque estabas protegiéndome, ¿verdad?
Él bajó la mirada.
—Sí.
—¿De quién?
Damir tardó varios segundos en contestar.
—De mi hermano.
Marina se quedó helada.
—¿Tu hermano murió hace cuatro años?
—Eso es lo que todos creen.
El viento levantó algunos papeles del parque.
Marina sintió que el corazón comenzaba a golpearle con fuerza.
—¿Está vivo?
Damir asintió.
—Y durante estos cinco años ha estado buscando a la mujer que desapareció justo después de descubrir demasiado sobre nuestra familia.
Marina miró hacia la escuela.
Pensó en Egor.
En Lilya.
En la vida tranquila que había construido.
—¿Por qué aparecería ahora?
Damir sacó lentamente su teléfono.
Había un mensaje recibido esa misma mañana.
Una fotografía.
Marina la miró.
Era su cafetería.
Tomada desde la acera.
Debajo había una frase:
“Encontré a la madre de los niños.”
El rostro de Marina perdió color.
Damir guardó el teléfono.
—Por eso no puedo irme.
Ella dio un paso atrás.
—Entonces no viniste a encontrarme.
Damir la miró fijamente.
—No.
—¿Viniste porque ellos ya nos encontraron?
Antes de que pudiera responder, el teléfono de Marina comenzó a sonar.
Era la escuela.
Contestó.
—¿Sí?
La voz de la directora temblaba.
—Señora Kovalenko… necesito que venga inmediatamente.
Marina se quedó inmóvil.
—¿Qué ocurrió?
Hubo un silencio.
Luego la directora susurró:
—Alguien vino a recoger a los niños.

—¿Quién?
La respuesta hizo que Marina dejara de respirar.
—Dijo que era su padre.