A la mañana siguiente, Gabriel llegó a casa antes de las ocho.
Yo ya había terminado de empacar.
No mis vestidos.
No mis joyas.
No las cosas que él había comprado.
Solo documentos, fotografías familiares y todo aquello que había llevado conmigo antes de convertirme en la señora Moore.
Gabriel se quedó en la puerta del dormitorio.
—¿Qué estás haciendo?
—Me voy unos días.
—¿Por qué?
Lo miré.
—Porque necesito recordar cómo era mi vida antes de convertirme en el fondo de la tuya.
Su expresión se endureció.
—Por una cena no puedes destruir siete años de matrimonio.
—No fue una cena.
Cerré la maleta.
—Fue la primera vez que dejaste de ocultar lo que realmente piensas.
Gabriel guardó silencio.
Entonces se acercó.
—Amelia no significa nada.
—Nunca dije que significara algo.
—Entonces, ¿por qué estás así?
—Porque tú sí.
Aquello lo dejó sin respuesta.
Tomé la maleta y pasé junto a él.
Pero antes de salir, Gabriel me sujetó suavemente del brazo.
—Laura.
Me detuve.
—No te vayas.
Era la primera vez en mucho tiempo que su voz sonaba insegura.
—¿Por qué?
—Porque eres mi esposa.
Sonreí.
—Exactamente.
Retiré mi brazo.
—Tu esposa.
—No la mujer que amas.
Gabriel palideció.
No discutió.
No pudo.
Salí de la casa.
Pensé que aquella sería la última vez que tendría que explicarle algo.
Me equivoqué.
Esa tarde recibí una llamada de mi abogada.
—Laura, necesito que vengas a la oficina.
—¿Pasó algo?
—Encontré algo en los documentos financieros de tu matrimonio.
Fui inmediatamente.
Sobre su escritorio había una carpeta.
Dentro estaban los movimientos de una cuenta conjunta que Gabriel siempre había descrito como “ahorros familiares”.
Mi abogada señaló varias transferencias.
—Durante los últimos dieciocho meses, tu esposo ha estado enviando dinero a una sociedad registrada a nombre de Amelia Clarke.
Me quedé mirando las cifras.
No era una cantidad pequeña.
Era casi todo el dinero que Gabriel me había dicho que estaba reservando para comprar nuestra segunda propiedad.
—¿Para qué?
Mi abogada negó con la cabeza.
—Eso es lo que todavía no sabemos.
Entonces vio otra hoja.
Su expresión cambió.
—Laura… mira esto.
Era un contrato.
Una empresa.
Un proyecto inmobiliario.
Y en la última página aparecía la firma de Gabriel junto a la de Amelia.
Pero había algo peor.
La fecha.
El contrato había sido firmado tres meses antes de que Amelia regresara al país.
Comprendí entonces que su regreso no había sido una casualidad.
Amelia no había vuelto para recordar viejos tiempos.
Había vuelto porque Gabriel la estaba esperando.
Mi teléfono vibró.
Un mensaje de Gabriel.
“Necesito hablar contigo. Por favor, vuelve a casa.”
Lo leí una vez.
Después otra.
Y finalmente respondí:
“Ahora ya no quiero saber a quién amas.”
Pasaron treinta segundos.
Llegó otro mensaje.
“Entonces dime qué quieres.”
Miré la carpeta sobre el escritorio.
Respondí:
“Quiero saber cuánto de nuestro matrimonio fue una mentira.”
Y esa vez, Gabriel tardó mucho en contestar.

Cuando finalmente llegó su respuesta, solo había seis palabras:
“Laura, no sabes lo que descubriste.”
Entonces comprendí que aquello era mucho más grande que Amelia.
Y que Gabriel tenía miedo de que yo descubriera la verdad completa.